'El pecado de la carne' de Eduardo Galeano
Él hizo el conteo, como era costumbre. Sus hombres no sabían sumar, o sumaban mintiendo. Repitió la operación, confirmó: le faltaba un ternero.
Atrapó al peón sospechoso, lo amarró a una cuerda, montó a caballo y de arrastras se lo llevó lejos.
Desollado por los pedregales, el peón llegó más muerto que vivo, pero don Carmen Itriago se tomó su tiempo y lo estaqueó con esmero. Clavó las horquetas, una por una, y a cada horqueta ató, con tientos húmedos, las manos, los pies, la cintura, y el pescuezo del condenado.
Los restos del peón lloraban:
- Yo le pago el ternero, don Carmen. Le doy lo que sea. La vida le doy.
- Por fin encuentro a alguien que está de acuerdo conmigo- dijo el patrón, desde lo alto del caballo, y se alejó trotando en el polvo.
Testigos no hubo, más que el caballo, que ya es muerto.
Del peón, comido por las hormigas y los soles, no se guardó ni el nombre: sólo quedaron los huesos, con los brazos en cruz, sobre la tierra roja. Y don Carmen no era hombre de andar hablando de estas cuestiones, porque la propiedad privada forma parte de la vida privada, y la vida privada es cosa de uno.
Sin embargo, Alfredo Armas Alfonzo lo contó. Él estuvo sin estar, y vio sin ver, como vio cuanta cosa ocurrió, desde que el mundo es mundo, en el vasto valle que el río Unare parte por la mitad.
Alma al aire
Según dicen algunas antiguas tradiciones, el árbol de la vida crece al revés. El tronco y las ramas hacia abajo, las raíces hacia arriba. La copa se hunde en la tierra, las raíces miran el cielo. No ofrece sus frutos, sino su origen. No esconde bajo tierra lo más entrañable, lo más vulnerable, sino que lo arriesga a la intemperie: entrega sus raíces, en carne viva, a los vientos del mundo.
-Son cosas de la vida- dice el árbol de la vida.
Árbol que recuerda
Siete mujeres se sentaron en círculo.
Desde muy lejos, desde su pueblo de Monostenango, Humberto Ak’abal les había traído unas hojas secas, recogidas al pie de un cedro.
Cada una de las mujeres quebró una hoja, suavemente, contra el oído. Y así se abrió la memoria del árbol:
Una sintió el viento soplándole la oreja.
Otra, la fronda que suavecito se hamacaba.
Otra, un batir de alas de pájaros.
Otra dijo que en su oreja llovía.
Otra escuchó algún bichito que corría.
Otra, un eco de voces.
Y otra, un lento rumor de pasos.
Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)







