Descripción minuciosa de los desagradables momentos vividos por Obdulio el día en que se le hizo tarde
Obdulio se despertó con un sobresalto, como si supiera lo que iba a suceder después. Así fue como verificó la desgracia: el despertador, programado para sonar a las 6:45 AM, se había trabado. Es decir que no funcionó, por lo que tampoco sonó con el sonido que caracteriza a los despertadores. Esto hizo que Obdulio se despertara a las 7:59 AM (el lector astuto habrá comenzado a sospechar aquí que estamos hablando del día al que se refiere el título).
Obdulio, aterrorizado al principio, se enojó después (estar enojado no le gustaba, pero aterrorizarse le daba un poco de miedo). Respondiendo a su ira, levantó el reloj de la mesa de luz haciéndolo describir un veloz semicírculo cuyo radio (por si alguien requiere que los hechos le sean explicados con un criterio matemático) era igual a la extensión del brazo de Obdulio. Liberado en el momento justo ("justo" es el momento que hasta los bobos pueden intuir) el artefacto voló casi en línea recta ("casi", porque la ley de gravedad se caga en la inercia de los relojes) hacia la pared. La golpeó y estalló, diseminando en todas direcciones sus brillantes tripas de reloj. Obdulio no tuvo tiempo de disfrutar tan miserable victoria. De hecho, después se sentiría más infeliz que de costumbre por haberse aprovechado de un pobre despertador indefenso.
Y no pudo disfrutar (como decía) porque un minúsculo engranaje, separándose del efímero ejército de piezas voladoas paridas por el mencionado estallido, fue (diríase vengativo, si esta expresión tuviera sentido referida a los pedazos de un reloj estrolado contra la pared) a golpear a Obdulio en las adyacencias del lagrimal izquierdo, sobre el globo ocular del mismo lado. Un agudo chispazo de dolor le cacheteó las terminales nerviosas de la rama sensitiva en la zona de desastre, por lo que se activó de inmediato la rama motora o motriz: tapándose el ojo con ambas manos (un verdadero desperdicio de recursos), saltó de la cama y se dirigió presuroso al baño sin siquiera vestirse, pese a la bajísima temperatura registrada en esos momentos por el Servicio Meteorológico Nacional dependiente de la Fuerza Aérea. Emprendió, decíamos, veloz carrera a ciegas (ya que, tal vez por distracción, leyes de la inercia y de la gravedad se aplicaban a él mismo tanto como al reloj. Por ende, el golpe contra la silla detuvo su pie, pero no el resto de su cuerpo, que se empecinaba rumbo al baño.
Veamos la foto de este instante: Obdulio desnudo, parado en un solo pie, mientras con ambas manos se toma un ojo y el otro pie. El cuerpo presenta una inclinación (usted ya lo ha adivinado: se inclina en dirección al baño) que hace que la vertical que pasa por el centro de gravedad de Obdulio caiga fuera de su base de sustentación. Es decir que la foto nos muestra a Obdulio en una pose ridícula, a punto de irse al carajo. En una maniobra desesperada, tendiente a recuperar el equilibrio (extraviado tal como observáramos en la foto), Obdulio continuó saltando sobre el pie sano, siempre en la misma dirección (y siempre, también, con la misma inclinación) movido por la obsesión de ingresar triunfalmente hacia el lavatorio. En rigor de verdad, debe reconocerse que tal ingreso se produjo. Mas no entre vítores y aplausos, dado que Obdulio estaba solo y no podía aplaudir (tenía las manos ocupadas en sostener el ojo y el pie) ni vitorear (estaba todo él ocupado en cosas más urgentes).
Fue una entrada carente de garbo y sin el menor asomo de elegancia, dado que las trayectorias calculadas para dos pies que corren son inútiles cuando de repente pasa a disponerse de un solo pie que, para colmo de males, sirve nada más que para saltar. Fue así que la clavícula de Obdulio (_con más propiedad, una de todas sus clavículas, que eran dos) fue a dar contra el marco de la puerta del baño. El choque entre hueso y y madera provocó escoriaciones en la piel que cubría a uno de ambos, mientras que el otro se mantuvo incólume. El cuerpo, por su parte (pero fundamentalmente por el golpe) sufrió un giro de noventa grados en sentido contrario a las manecillas de un reloj cuyas agujas giren para allá. El desplazamiento pareció detenerse un instante, y luego tornó a emprender el camino de la oblicuidad. Mientras la línea imaginaria que une el cerebelo con los genitales buscaba rauda la posición horizontal, se produjo la entrada en escena del antes ansiado y nunca como ahora tan odiado lavatorio, que alcanzó a interceptar la fugaz trayectoria del olécranon o "codo", como se le llama en algunas regiones de América latina.Un nuevo dolor se sumó a los anteriormente adquiridos, y Obdulio tuvo un instante para pensar que era una lástima tener que soltar el ojo o el pie para acariciar ansiosamente la nueva lesión. No obstante, así lo hizo. Pero mientras carpo, metacarpo y falanges buscaban su destino, Obdulio tomó conciencia repentinamente de que el movimiento no había concluido: por el contrario, se había acelerado aún más, acercando su cráneo al borde de la bañera a velocidades de vértigo. Ante tal perspectiva la mano, obediente, cambió de rumbo en mitad del recorrido y se lanzó a asir un punto de apoyo, que resultó ser el sector sur del botiquín. He aquí la segunda foto (para ésta Obdulio, si bien no posó, por lo menos se mantuvo inmóvil durante una fracción de segundo): El plano general del cuerpo guarda una desviación de 45 grados con respecto a la pared (y también respecto del piso), y una diferencia de 24 grados en relación con la temperatura ambiente. Una mano se aleja del cuerpo como para abandonarlo, mientras en cambio lo sostiene aferrándose al borde inferior del botiquín, que tal vez sea (lo es) la última esperanza.
La otra mano (la izquierda) acaricia simultánea y frenéticamente el codo del mismo lado, el pie derecho y un ojo. Los tornillos oxidados y ya entrados en años del botiquín emitieron un crujido agónico. El receptáculo espejado se separó de la pared. Pese a su absoluta carencia de proselitismo, decidieron acompañarlo cremas, desodorantes, máquinas de afeitar descartables pero no descartadas, lociones, sendos sachets de crema de enjuague solidarizándose con los de champú, etc. El grupo cayó sobre Obdulio tintineando alegremente. Un cardumen de enseres privados y cosméticos llovió sobre su adolorida humanidad, que se replegaba instintivamente e llevaba cerrado el ojo que no se estaba tapando), carrera precozmente truncada por la imperdonable intromisión de la pata de una silla en los asuntos internos de su pie derecho. La trayectoria del mismo (una trayectoria curva ascendente afiliada al Movimiento Uniformemente Acelerado) se interrumpió ante el brusco enfrentamiento de la ya mencionada pata con el ya mencionado pie. El dolor del ojo devino con rapidez una efímera molestia, ante ese novedoso fuego que avanzaba intolerable pierna arriba en dirección a la ingle, mientras la silla volaba a esperar la cuenta de diez en un rincón neutral. Aunque no había pensado en efectuar declaraciones, Obdulio no pudo evitar decir "ay". Tampoco pudo evitar la natural reacción de tomarse el pie contrariado con una mano, aunque sin soltar el ojo, que permaneció firmemente aferrado. Esto lo colocó al borde del estrangulamiento por contorsión, una de las formas de suicidio menos frecuentadas.
Aún hubo otra cosa inevitable: la comprobación por parte de Obdulio de que lan busca de un hipotético e inexistente paraguas protector. Acurrucado junto al bidet (y en gran parte detrás de él), Obdulio esperó a que cesara el chubasco de objetos. Más: esperó incluso a que la última tapa del último frasco hecho trizas terminara de girar junto al inodoro. Sólo entonces, con mucho cuidado y prudencia, se soltó el codo, el ojo y el pie, aunque no en ese orden. Le dolía todo. Con extrema cautela (para no estrenar heridas cortantes en aquel damero de sinsabores condolores en que se había convertido) emergió de la catástrofe hacia el dormitorio. El movimiento de sus piernas para caminar entre los vidrios (la rodilla muy arriba, apoyándose sólo en las puntas de los pies) lo convertían en algo parecido a una bailarina de televisión.
Obdulio observó la silla que, pateada por él mismo, reposaba desmañadamente junto a la pared opuesta (vista desde acá)."Es injusto", pensó al mirar su propio pie. "Por lo menos, la pata de ella también tendría que haberse puesto azul".La cortina de plástico que garantizaba la intimidad de la bañera cayó con sordo estrépito.
