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Dissabte, 06 de agost de 2005

'Jabez O'brien' de Robert Arthur

Dentro de la literatura fantástica, ocupa un lugar destacado la temática de las fantasías marinas. Barcos fantasma, sirenas, apa­riciones terroríficas o encantadoras surgidas del océano...

Esta es la historia de un hombre sencillo que sólo pretendía ser «ricosabiofamosofeliz», y que fue a buscar el logro de sus aspiraciones al fondo del mar.

Tal vez alguien me dirá que este relato debería empezar con la imagen de Jabez O'Brien remando en su bote a la medianoche, inmerso en la niebla, camino de la más asombrosa aventura de un hombre en el mar. Pero si comenzara así ¿cómo sabríais quién era Jabez O'Brien y de que modo llegó allí?

No, no me parece apropiado. Por lo tanto, si me excusáis, empezaré con Jabez O'Brien, y cuando lo crea oportuno, continuaré con la aventura.
Jabez O'Brien era un pescador nato. Ya su padre y el padre de su padre habían sido pescadores, y la tradición se remontaba hasta el primero de los O'Brien. E incluso hasta el primer pez que existió.

Su lado Jabez era sólido, rocoso a la manera de Nueva Inglaterra, práctico e industrioso. Por su lado O'Brien era irlandés. Con seguridad, el día de su nacimiento en la Isla del Pescado, frente a la costa de Maine, se hallaba presente un espíritu errabundo con ánimo perturbador. Quizá se tratara de un duende extraviado que buscaba cómo regresar a Irlanda. Sea lo que fuere, infundio en Jabez un alma soñadora.

Como resultado, a medida que crecía, las facetas Jabez y O'Brien de su temperamento fueron divergiendo. Jabez navegaba con firmeza en el mar de la vida, mientras que el otro no llevaba rumbo preciso.
Así que decidió trabajar, el joven Jabez se transformó en la mano siempre bienvenida en cualquiera de los barcos pesqueros que faenaban en las aguas de Nueva Inglaterra. Su dilema se hacía patente cuando el lado Jabez intentaba em­prender alguna cosa –poseer su barquito propio, por ejemplo– y el lado O'Brien parecía obedecer a órdenes contrarias. En tales ocasiones divagaba ensoñadoramente, y entonces no importaba si su barco se estrellaba contra un arrecife, o si estaba a punto de ahogarse. Eso aconteció una vez, pero no volvió a suceder porque nunca consiguió aho­rrar lo suficiente para comprar otra embarcación.

Los ensueños de Jabez abarcaban muy diversos asuntos. A veces se imaginaba sabio y famo­so. O pensaba embelesado en ser rico y feliz. O también soñaba en las cuatro cosas simultánea­mente. Lo que demuestra cuan poco práctico po­día llegar a ser al proponérselo.

De todos modos, generalmente el joven Jabez soñaba sucesos relacionados con la más antigua navegación. Se le antojaba que en el siglo XX había decaído el aura romántica del mar, aunque seguía siendo inmenso, misterioso y preñado de peligros. Jabez se remontaba a los días en que el fabuloso sir Francis Drake era el primer inglés que circunnavegó la Tierra, venciendo más tarde a la poderosa Armada española cuando pretendió invadir Inglaterra en 1588.

Continuaba con el capitán Cook, otro insigne navegante, descubridor de numerosos territorios, si bien en uno de sus viajes acabó muerto y devorado por los caníbales.

Ah, los viejos días se henchían de gloria en la imaginación de Jabez. Con la mente, viajaba acompañando a Cook hacía lo desconocido, combatía a los españoles junto a Drake, o asaltaba carga­mentos de oro con el célebre pirata Barbanegra.

La consecuencia era... Bueno, podéis suponer­lo sin dificultad si os digo que los habitantes del lugar en que vivía Jabez llamaban a su pueblo Pueblo del Pescado, y a la isla, Isla del Pescado. Me refiero a los nombres que usan los nativos, no a los que figuran en los mapas consultados por los turistas veraniegos.

Comprenderéis que la gente prosaica que denomina Isla del Pescado y Pueblo del Pescado a su suelo natal, no prestaría mucha atención a las ensoñaciones acerca del pasado. De manera que su actitud con respecto a Jabez –alto y fornido como era– denotaba la compasión que se siente hacia las personas maltratadas por el in­fortunio.

Incluso las muchachas de la Isla del Pescado compartían ese sentimiento, a despecho de los ojos alegres y el negro y rizado cabello de Jabez. Porque las muchachas –esto es un secreto– sue­len ser criaturas muy prácticas, a pesar de sus lánguidas miradas. Al menos, así eran las de la Isla del Pescado. Y ninguna de ellas estaría dis­puesta a marchar al altar con un hombre capaz de sumirse en sus divagaciones mientras su barca se destroza y él se ahorca dejándola viuda.

Así lo comprobó Jabez cuando se declaró a Susan Chávez, la más hermosa de la isla. Susan dijo que no, sin vacilar.

Después propuso casamiento a Nancy Lamb, la segunda en belleza. Nancy le hizo esperar un poco, y también le respondió que no.

Finalmente habló con María Wellman, la ter­cera belleza de la isla. Aunque le mantuvo a la espera más que las otras dos, la respuesta de María fue igualmente no.

Tras el tercer rechazo, Jabez se puso a pen­sar. Había otras chicas en la isla, pero ninguna le entusiasmaba. Se daba cuenta que Nora Farrington, de cabellos rojizos y sonrisa como de plata, era presa fácil en los bailes de la Sociedad de Pescadores. Pero, en su opinión, la boca de Nora era demasiado ancha, y tenía los ojos muy separados.

Evidentemente, debería conseguir que Susan, Nancy o María cambiaran de idea. Y con tal fin, precisaba cambiar su propia vida, convertirse en un hombre de consideración en la Isla del Pesca­do. Llegaría a su meta enriqueciéndose, lo que parecía imposible, o adquiriendo fama, algo no menos utópico.

De tal modo, al término de largas cavilaciones, se trazó un plan de acción.

Decidió capturar a una sirena. Eso le daría fama, puesto que nadie había pes­cado antes una sirena. La exhibiría ante los vera­neantes, interesándolos hábilmente, y así mejoraría poco a poco su posición en la vida. Y enton­ces Susan, o Nancy, o al menos María, quizá se volvieran a pensar y trocaran su «no» en «sí».

El plan de Jabez no era tan ilusorio como pu­diera parecer. En la Isla del Pescado existía una cueva donde, según se decía, una sirena solía aparecer de vez en cuando. Nadie la había visto, pero audaces marinos, en su mayoría contraban­distas, la habían oído cantar por la noche. Y es bien sabido cuan melodiosa es la voz de las si­renas.

Un viejo pescador, José Sebastián, juraba que no sólo la había oído cantar, sino que lo hacía en español. Sucedió en una noche brumosa, en tiempos de la ley seca, cuando, como es notorio, el contrabando era intenso, mientras descargaba secretamente ciertos vinos raros en la cueva de la sirena. Al oír el canto huyó tan precipitada­mente que perdió todo su cargamento; por eso recordaba con precisión la fecha.

Se comprenderá por qué, en la Isla del Pesca­do, nadie ponía en duda las apariciones de una sirena, aunque fuese de vez en cuando. De acuer­do con los informes obtenidos, los más viejos pescadores calculaban que ella acudía allí una vez cada diez años.

La Cueva de la Sirena era peligrosa e inacce­sible, aun para los contrabandistas. Altos y escar­pados farallones la hacían casi inabordable, a me­nos de servirse de una embarcación muy pequeña. Allí se desataban a la menor ocasión situaciones imprevistas. La sensatez aconsejaba a los hom­bres de la Isla del Pescado permanecer alejados de ese lugar, y así lo hacían.

Naturalmente, no hablo de Jabez O'Brien. Jabez había visitado más de una vez la Cueva de la Sirena. Una noche de junio, después de arriesgarse por los acantilados, en la obscuridad, oyó una canción que cabalgaba sobre la brisa marina, desde la cueva. Cantaba la melodía una voz dorada. Aquello confirmaba el juramento de José Sebastián.
La densa tiniebla le impidió ver a la sirena, pero la escuchó. Sabía que estaba allí.

Jabez recordaba con nitidez que fue la noche de su decimotercer cumpleaños, pues su padre le regañó por regresar tarde a casa.

Ahora, de súbito, se le ocurrió una idea. Lue­go de una atolondrada visita a José Sebastián, tomó de sus estantes unos viejos almanaques náu­ticos y, con creciente excitación, constató algu­nas fechas. Al terminar, jadeaba.

El había oído a la sirena transcurridos exacta­mente treinta años desde el día que José Sebas­tián también la oyera. Con tal evidencia, no le cupo duda de que la sirena aparecía en la cueva la noche del 15 de junio, con intervalos de diez años.

La aceleración de su pulso se debía a la cer­teza de que su vigésimo tercer cumpleaños habría de ser el 15 de junio siguiente, una semana más tarde. Precisamente a diez años de la noche en que oyera a la sirena. Con arreglo a la lógica, ella se presentaría nuevamente la semana próxi­ma, y si Jabez iba provisto de la red apropiada, podría apresarla. Nada más simple.

(A estas alturas, debo aclarar que el pensa­miento de Jabez era límpido y sutil. Había dado con la solución que nadie pudo hallar antes. Sin embargo, falto de una información completa, no alcanzó la verdad por una insignificancia. La ver­dad se mostraría aún más fascinante de lo que él imaginaba. Y si deseáis conocerla acabadamente, continuad leyendo.)
Así pues, he aquí a Jabez, en la medianoche del 15 de junio, remando hacia la Cueva de la Si­rena en un bote prestado, a la luz de la luna en creciente. A su lado, una gran red remendada con fibra sintética que, si le daba una resistencia capaz de soportar a una morsa, cuánto más a una delicada sirena. Bogaba deslizándose quedamen­te, respiraba con suavidad, y enfilaba hacia una extensa mancha de niebla extrañamente asentada en el centro de las quietas aguas de la cueva.

Ya cerca, ovó cantar. Una voz de mujer –o de sirena– surgía de la bruma. Jabez dio una úl­tima palada con los remos, los soltó y cogió la red.

El barquito se escurrió a través de la neblina, y los ojos de Jabez casi se desorbitaron. Porque a la luz de la luna no vio a una sirena sentada sobre una roca, sino un velero anclado apacible­mente. Era un galeón español de un modelo que no surcaba los mares desde más de dos siglos atrás.

Y allí permanecía con las velas recogidas, mien­tras el canto de mujer surgía de las amplias ven­tanas de la cabina del capitán. Y más allá del ru­mor de la canción, se oían otras voces, murmullos masculinos confundidos con un ruido de dados que golpeteaban –lo hubiera jurado– sobre una cubierta de madera.

Jabez, olvidando su objetivo, profirió un grito de asombro. En vez del brusco impacto que espe­raba al chocar su bote contra el costado del enor­me galeón, aquél penetró sin impedimento la es­tructura del navío como si éste fuese, no ya de niebla, sino de crema.

Unos momentos después, Jabez O'Brien se en­contraba en el interior del barco, desconcertado, entre bodegas y cabinas, observado impávidamen­te por marineros españoles que comían y bebían alegremente. Y luego, como si su grito hubiera sido una señal, el buque se hundió en derredor suyo precipitándose en las profundidades, opri­miéndole y a la vez rozándole de forma resbala­diza.

Y de repente, Jabez se encontró con su bote en la cabina del capitán, escrutado por un noble español que sostenía una copa de vino. Y tenía a su lado a un caballero ataviado como un antiguo oficial inglés, también con su vaso de vino en la mano. Y una hermosa joven, de largo cabello ne­gro recogido por una peineta, dejó de cantar para mirar a Jabez atónita y con expresión de repro­che.

Instantáneamente, Jabez comprendió la ver­dad. No existía tal sirena. Había oído cantar a un fantasma. Porque la muchacha, el capitán y el mismo barco no eran otra cosa que espectros re­vividos de tiempos remotos. Y en seguida su bote se sumergió. Al suspirar de asombro, se atragan­tó absorbiendo agua. Y, anegado por el mar, sin­tió que caía en la inconsciencia.

Cuando Jabez O'Brien abrió los ojos, preguntó lo que cualquiera de nosotros en su lugar: –¿Dónde estoy?

–¡Jo, jo, jo!–bramó una voz tonante. Los ojos de Jabez se dilataron aún más. Fren­te a él se encontraba un extraño sujeto, de más de dos metros de estatura, con hombros semejantes a ramas de cedro y piernas como el palo mayor de un buque. Sus ojos brillaban con el verde del mar donde es poco hondo, y su pelo era el azul del océano profundo. Usaba pantalones de pana, ceñidos a la cintura por una anguila viva.

Jabez vio una bandera americana tatuada en el recio pecho del individuo que se reía de él. Al reírse, los músculos de su tórax se estremecían agitando la «Vieja Gloria» como en medio de una tempestad.

–Bueno, joven –dijo el hombrón–. Está us­ted en la morada de Davy Jones. Y yo soy Davy Jones.

–Sinceramente, eso es lo que me temía –ex­clamó Jabez, sentándose–. Estaba seguro de en­contrarme con usted algún día, pero no supuse que fuera tan pronto, señor. Sin ánimo de ofen­der.

–No te preocupes. –Davy Jones dejó de reír–. Para ser preciso, Jabez O'Brien, has llegado de­masiado pronto. Con una antelación de sesenta y cinco años, cuatro meses y un día.

–Nunca fui bueno para las citas –explicó Ja­bez–. Pero por lo menos es usted americano. Es un consuelo.

–Bueno, Jabez –respondió Davy Jones–. No soy americano. No soy inglés, ni ruso, ni español, ni nada. Pertenezco al océano, y así es desde el primer hombre que se aventuró por aguas sala­das metido en un madero hueco. Para paliar el efecto de su estupor, cada hombre me ve como me ha imaginado. Si tú fueras un antiguo vikingo, me verías con un casco de cuernos sobre la ca­beza y con los hombros cubiertos por una piel de lobo.

–Entonces, ¿me he ahogado? –preguntó Ja­bez, con natural curiosidad.

Miró a su alrededor con interés, ya que no se sentía muerto. La habitación culminaba en una cúpula circular a muchos metros sobre su cabe­za. A medida que veía con más claridad, notó que el recinto era una gruta de roca con las paredes decoradas por millones de perlas, algunas del ta­maño de su puño. La iluminación procedía de per­las más grandes, esparcidas aquí y allá, cada una provista de un ojo titilante y fosforescente. Y la gran cama en la que se sentaba estaba cubierta por lo que podría haber sido seda marina o extra­ños encajes sumergidos tiempo ha.

Sin preguntarlo, Jabez supo que aquél era el aposento personal de Davy Jones.

–¿Si te has ahogado? –repitió Davy Jones–. Es una buena pregunta. Muy buena. Y por el mo­mento no estoy en condiciones de responderla.

–Entonces, ¿estoy vivo? –preguntó Jabez, pe­gando saltos–. ¿No estoy muerto?

–¡Serénate! –rugió Davy Jones–. Yo no lo afirmaría. Pero si estuvieras muerto habrías llega­do sesenta y cinco años más tarde, y si estuvieras vivo, no deberías encontrarte aquí. Es un caso muy delicado, joven Jabez O'Brien, y será nece­sario que lo estudie con detenimiento.

–¿Por qué tuviste que meterte en el espectro del galeón español Princesa? –preguntó el gigan­te, mirando de tal manera que encendió una do­cena de perlas–. Y para colmo, justo en la cabi­na de mi buen amigo don Alfredo Amández, que naufragó con su buque y su tripulación y su her­mosa hija y un cautivo inglés hace doscientos años. ¿Ó fue hace trescientos?

–¡Entonces es un barco fantasma! –exclamó Jabez–. Y es el fantasma de una muchacha quien cantaba. ¡Y yo pensando todo el tiempo que se tra­taba de la sirena que habría de capturar!

–¡Sirenas! –Davy Jones usó un tono despec­tivo–. No corresponden a mi departamento. So­lamente los barcos y las gentes que se hunden con ellos en el mar, y los que llegan por otros motivos a las profundidades, están bajo mi juris­dicción. Cuando te mezclaste con el fantasma del Princesa, don Alfredo no supo qué hacer contigo. De manera que se libró de tu bote y te condujo aquí, ya que igualmente debía venir para asistir a la reunión.

–¿La reunión? –preguntó Jabez, confuso.

–Sí, la reunión de los Cien Años –dijo Davy Jones–. Veo que he de explicarte algunas cosas que los demás aprenden poco a poco mientras los peces los mordisquean. Así pues, mantén los oídos atentos mientras te lo explico.

Y, ciertamente, lo que Davy Jones había de decir requería una lúcida atención para entender­lo, aunque una vez hubo concluido, a Jabez todo le pareció notablemente simple.

Cuando un barco se hundía y sus tripulantes y pasajeros quedaban bajo el control personal de Davy Jones, la totalidad del fondo del mar venía a ser su residencia; sin embargo, el paraje en donde ahora se encontraba Jabez, del cual la ha­bitación de Davy constituía la parte mínima, era un inmenso puerto sumergido bajo una isla volcá­nica: el centro de sus dominios. Una noche cada diez años, el espectro de un velero naufragado po­día emerger para que los fantasmas de tripulantes y pasajeros gozaran de la vista del mundo exte­rior. Durante una hora les era dado hacer lo que desearan, antes de volver a descansar en el seno de las aguas que los habían acogido.

Algunos cientos de años atrás, el galeón espa­ñol Princesa, mandado por don Alfredo Amández, que llevaba a bordo a su bella hija y un cargamento de oro, fue desviado de su ruta por una tempestad. Avistado por una fragata inglesa, se entabló combate entre ambos navíos. Las dos tripulaciones lucharon salvajemente cuerpo a cuer­po, hasta que una súbita tormenta se cernió sobre ellos. El buque inglés soltó su trapo para re­gresar a Inglaterra, dejando a su capitán, sir Andrew Blade, gravemente herido. El Princesa fue arrastrado a los riscos de la Cueva de la Sirena, y terminó naufragando la noche del 15 de junio de un año que Davy no recordaba.

Desde entonces, su espectro se manifestaba ca­da diez años, anclaba en la cueva y se daba licen­cia a la tripulación para que se divirtiera, bebiera y jugara a los dados. La fantasmal Isabela, la her­mosa hija del capitán, durante esa hora estuvo entonando las canciones que habían consolado a su padre en el largo viaje hacia el Nuevo Mundo, del que nunca retornaría. Y esta escena –Isabela cantando, su padre y sir Andrew Blade escuchándo­la y bebiendo vino– es la que interrumpió brusca­mente Jabez en su caza de la sirena.

–Al menos llevo razón al decir que eso sucede cada diez años, en la noche de mi cumpleaños –co­mentó Jabez–. Lo que no me explico, Davy Jo­nes, es por qué, tratándose de un barco fantas­ma, no lo atravesé totalmente. Es bien sabido que los fantasmas no son más corpóreos que un ban­co de niebla.

Davy respondió que dentro del mar los fantas­mas suelen adquirir una corporeidad más densa que el agua por la que deambulan. Jabez enten­dió, pero persistía una duda en él.

–Esa reunión –dijo–. Usted habló de una reunión de los Cien Años. Nunca oí hablar de eso.

–Ningún mortal lo ha oído –replicó Davy Jones–. Pero –recapacitó– sospecho que aún estás vivo, aunque podrías ser un ahogado. Debo estudiar el asunto. Bueno, con respecto a la reu­nión, una vez cada cien años todo barco, toda mujer, hombre o niño a los que haya tragado el mar se reúnen aquí, en el corazón de mis dominios, y celebran una fiesta. Quizá oíste hablar de Fiddler's Green, el paraíso de los marinos.

Jabez asintió, y Davy continuó:

–Fiddler's Green es la reunión de los Cien Años. Y los espíritus de hombres y barcos se dan cita en ella. En fin, te he concedido demasiado tiempo. Ahora saldrás para unirte a la reunión. Sir Andrew Blade será tu guía. Mientras tanto, comprobaré en mis libros si estás muerto o vivo, o ninguna de las dos cosas.

De un nicho cavado en el coral cogió un des­mesurado volumen. Como respondiendo a una se­ñal, entró el elegante caballero inglés que Jabez había visto en la cabina.

–Sir Andrew Blade, a su servicio –dijo el hombre, con una reverencia.
Jabez respondió con los mismos modales refi­nados:

–Jabez O'Brien, quien puede ser hombre, fan­tasma u otra cosa –dijo–. Si usted ha de ser mi guía, quizá tenga la amabilidad de presentarme a sir Francis Drake. Y al capitán James Cook, el gran navegante, y a Barbanegra, el igualmente gran pirata. Sucede que todos ellos son mis héroes. Aunque –agregó, recordando– el capitán Cook murió en tierra firme, ¿no es así? En Hawai fue capturado y devorado por los caníbales. De ma­nera que no puede estar aquí.

Sir Andrew negó con la cabeza.

–Está aquí. Sus huesos retornaron al mar, así que, de todos modos, vino a parar al dominio de Davy Jones. Venga conmigo.

Afuera, el joven se encontró en un enorme puerto emplazado, como había dicho Davy Jones, debajo de una isla volcánica. No podía hacerse idea de las dimensiones de aquel puerto, pero sabía que lo ocupaban muy diversas embarcacio­nes, provenientes de todas las latitudes del mun­do y del tiempo.

Se veían barcos vikingos con proas con forma de dragones, galeones españoles, juncos chinos para el comercio, antiguos y modernos buques de combate, y, a corta distancia, un barco a vapor con un gran agujero bajo la proa. Se acercó y leyó el nombre: Titanio.

–Por aquí –indicó su guía–. El capitán Cook se siente un tanto solitario y decaído, pues fue asesinado en tierra en vez de morir hundiéndose con su propio navío.

Sir Andrew condujo a Jabez hasta un mue­lle en el que reinaba la alegría. Unos marineros asaban pescado, mientras otros danzaban al son de violines y gaitas. Aquí y allá, grupos familia­res comían plácidamente en medio de la algara­bía. Un constante ir y venir de brazos de todo tipo agitaba el puerto.

Jabez contemplaba con ojos dilatados por el asombro a aquellos fantasmas, que disfrutaban de esa libertad que les era concedida de cien en cien años, procedentes de las tierras más extra­ñas y de los recónditos siglos de la historia. Una luz verdosa, como subacuática, proveniente de millones de ojos fosforescentes distribuidos en las paredes, iluminaba la caverna. En algunos sitios había lamparillas eléctricas, colocadas en candelabros tomados seguramente de los barcos hundidos. En un espacio plano del muelle así ilu­minado, Jabez vio a un grupo de oficiales ingleses absortos en un juego de bolos.

–Sir Andrew –exclamó el joven–. ¿No es aquel sir Francis Drake, jugando a los bolos, tal cual lo hacía antes de partir para enfrentarse a la Armada española?

–El mismo –respondió el guía–. Luego ha­blaremos con él. Aquí está Cook. Veremos si se aviene a hablar con usted.

Se acercó con Jabez a una figura solitaria que, sentada lejos de la diversión, miraba el puerto con aire ensombrecido.

–¡Buenos días, capitán Cook! –saludó sir Andrew–. ¿Me permite presentarle al joven Jabez O'Brien, que está de visita en la reunión y es un profundo admirador de usted?

Lenta, muy lentamente, el capitán Cook giró la cabeza. Unos ojos pequeños contemplaban agu­damente a Jabez por debajo de espesas cejas.

–Parece todo un hombre de mar –dijo el ca­pitán Cook–. Irlandés, ¿no es cierto?

–De ascendencia irlandesa, señor –aclaró educadamente Jabez–. Ahora vivimos en Maine.

–¿Maine? ¿El Main español? –frunció Cook el entrecejo.

–No, señor. Maine del Bajo Este.

–No creo haber oído hablar de él –dijo lacó­nicamente el capitán Cook–. Nunca descendí en ningún Main que no fuera el español.

–Se trata de un país de reciente fundación, capitán –explicó sir Andrew–. Cuenta unos dos­cientos años. ¿Quizá acceda usted a relatar a nues­tro joven amigo alguna anécdota de sus famosos viajes?

–Hay muy poco que decir –afirmó Cook–. En el último viaje, el barco regresó a casa. Yo, no. Cook era el capitán, y el capitán fue cocina­do. Joven, le daré un consejo. Nunca permita que lo devoren los caníbales. Lo lamentará toda su vida.

Dicho esto, se volvió, concentrándose en la contemplación de un puerto en el que ningún barco se encontraba bajo su mando. Sir Andrew tocó el codo a Jabez y se lo llevó de allí.

–Le ha tributado un gran cumplido al contar­le su chiste favorito. Ahora hablaremos con Drake. Está por terminar su juego. Unos momentos más y partirá para atacar a la Armada española. –¡Atacar a la Armada! –exclamó Jabez–. Pero si ya lo hizo, en 1588.

–Correcto, y lo hará nuevamente hoy –afirmó sir Andrew, conduciendo a Jabez hasta el grupo de jugadores, que aplaudían una jugada de Drake, que había derribado los nueve bolos de un solo golpe–. Ya ve, éste es el mayor entreteni­miento programado para la reunión. Para un marino, una batalla naval es una distracción equi­valente a un partido de cricket o de béisbol para las personas de tierra. En cada reunión se recrea una batalla naval distinta. Después de ella, hay baile y alegría. Es que tenemos entre nosotros muchas hermosas jóvenes, aunque no tantas como desearíamos.

–Siempre soñé vivir en aquella época para pelear junto a Drake contra los españoles –de­claró Jabez O'Brien–. Fue algo digno de verse.

–Quizá Drake pueda darle ahora un puesto en la tripulación de uno de sus barcos –sugirió el guía–. Algunos andan escasos de gente. No to­das las tripulaciones vinieron a parar a la Cueva de Davy Jones. Se lo preguntaremos.

Bueno, yo podría relatar largamente las aven­turas de Jabez O'Brien en el transcurso de la reu­nión de los Cien Años en el dominio de Davy Tones. Luchó a bordo de un buque inglés que tuvo que vérselas con dos barcos españoles simultá­neamente. Y aunque se trataba de una batalla fantasmagórica, demostró gran valentía, si se me permite la expresión, en medio del estruendo y los fogonazos casi realistas de los cañones.

Durante la batalla, Jabez fue herido por un disparo; luego perdió una mano cogida por un lazo: y, finalmente, una bala de cañón le partió en dos. Una vez finalizada la batalla, se le permi­tió reunir sus partes, y se sintió muy contento de que todo fuera una mera representación. Perdió todo gusto por la guerra, y nunca más volvió a soñar con los viejos tiempos de piratas y comba­tes navales.
 
Después tuvo lugar la fiesta, con la que disfru­tó mucho más. Sir Andrew le presentó, esta vez formalmente, a doña Isabela, a cuya voz se de­bía la creación de la leyenda de la sirena de la cueva. Doña Isabela, mirándolo a través de sus sugestivas pestañas, le reprendió por interrumpir tan inoportunamente su canción. Sin embargo, le perdonó y bailó con él.

Jabez hubiera bailado de buena gana toda la noche –¿o había transcurrido un tiempo más prolongado que el de una noche?– con doña Isa­bela. Pero de esos brazos le arrebataron los de otras muchachas espectrales, el destino de las cua­les había sido fondear en los dominios de Davy Jones. Entre ellas, rubias doncellas vikingas y bellezas morenas de los mares del Sur y tantas otras, todas ansiosas por danzar con él. Porque sé trataba de un extranjero bien parecido, y hasta tanto Davy Jones no tomara una decisión acerca de él, su apariencia era mucho menos fantasmal que la del resto de los presentes.

El tiempo se confundió por completo para Ja­bez O'Brien. Solamente recordaba un torbellino, de giros e inclinaciones, y las dulces naderías murmuradas en oídos deseosos de escucharlas.

Repentinamente, apareció Davy Jones, quien a su lado se puso a soplar un enorme silbato. En un abrir y cerrar de ojos, la multitud fantas­magórica abandonó el festejo, y cada cual marchó a su barco. Los navíos levaron anclas y se ale­jaron; los romanos acudiendo a sus remos, los de vela partieron empujados por una misteriosa brisa, los impulsados a vapor envueltos en su propio humo negro.

Parpadeó otra vez, y ya navegaban hacia una salida tan lejana que Jabez no alcanzaba a divi­sarla. Poco después, en el lugar, sólo quedaban Jabez y Davy.

–Todos los barcos retornan con sus tripula­ciones al sitio donde naufragaron –explicó Da­vy–. Allí descansan hasta la próxima reunión. Salvo, claro está, el intervalo en que, al cabo de diez años, a cada uno se le permite emerger al mundo exterior durante una hora. Pero... tú es­tás aquí aún, joven Jabez, y a decir verdad, me resultas un problema mayúsculo.

–Me apena oír eso –respondió Jabez–. No he querido molestarle, Davy Jones.

–Lo sé, lo sé. Tú te proponías capturar una sirena. Sea como fuera, he consultado en mis li­bros y que me cuelguen si consigo hallar un lugar para ti. Vivo o muerto, no perteneces a estos do­minios, y he de enviarte a casa nuevamente.

–Gracias, señor. ¿Vivo o muerto, señor?

–Eso es cosa tuya, Jabez, yo me desemba­razo de ti. Pero es todo lo que puedo hacer. Y ya que se te ha sometido a considerables molestias sin haber cometido falta alguna, te garantizaré la realización de un deseo antes de mandarte afue­ra. Si quedas vivo, podrás aprovecharlo En caso contrario, al menos habré hecho lo posible por compensarte.

–Suena bien –dijo Jabez, pensando ya en lo que pediría.

–De manera que pide, Jabez. Pronto. Tengo una cita con unos marineros en el mar del Nor­te. ¿Qué es lo que te gustaría?

–Bueno –dijo Jabez, sin respirar–, querría ser ricosabiofamosofeliz.

Al decirlo como si fuese una sola palabra, contaba con que se considerase como un solo de­seo.

–¡Jo, jo, jo! –Davy Jones se inclinó–. Rico, sabio, famoso y feliz, todo a la vez. Ah, bandido, ni siquiera el rey Salomón se las arreglaría con tanto. Pero –y al decir esto sacudió una de sus enormes manos sobre el hombro de Jabez ha­ciéndole temblar las rodillas–, veré de hacerlo. Sólo porque me has caído simpático.

–Gracias, señor –dijo Jabez.

–En lo que respecta a la riqueza –puntuali­zó Davy Jones–, ¿recuerdas la roca que se en­cuentra frente a tu casa, donde te sientas para mirar el mar y soñar despierto en vez de dedicar­te a la pesca honestamente?
Jabez, enrojeciendo, asintió.

–Debajo de esa roca hay cien doblones de oro escondidos por un superviviente del Princesa cuando se fue a pique en los arrecifes de la Cue­va de la Sirena. Esperan a que alguien aparte la piedra y los coja.

–Ningún pescador pediría mayor riqueza, se­ñor –reflexionó Jabez–. Siendo rico, podré ca­sarme con la muchacha más hermosa de la isla, o al menos con la que le sigue en belleza. O, en el peor de los casos, con la tercera. Entonces seré feliz. En lo que se refiere a ser sabio y famoso, supongo que puedo dejarlo de lado.

–¡Un momento! –bramó Davy Jones–. Aún no he terminado. Te he concedido la riqueza. Sí regresas con vida, te harás famoso. Y en cuanto a la sabiduría, hela aquí: no te cases con la mu­chacha más hermosa de la isla.

–¿Que no me case con Susan? –gritó estu­pefacto Jabez–. Bueno, me casaré con Nancy.

–Y ésta es la segunda fórmula de sabiduría: no te cases con la segunda belleza de la isla.

–¿Tampoco con Nancy? –preguntó Jabez en el colmo del asombro–. Al menos queda María.

–He aquí lo decisivo en cuanto a sabiduría: no te cases con la tercera en hermosura de la isla.

–¿Ni Susan, ni Nancy, ni María? –Jabez estaba absolutamente perplejo–. Perdone la auda­cia de mi pregunta, Davy Jones, pero ¿en qué consiste la sabiduría?

–La muchacha más bella de la isla –explicó Davy Jones– pasará todo el tiempo orgullosa de su hermosura y pidiéndote que tú se lo confir­mes y le compres chucherías para lucirse. Y cuan­do los años le hayan arrebatado la belleza, se sentirá miserable y te hará miserable a ti también.

–Humm –gruñó Jabez, que había notado en Susan cierta afición por los bonitos pendientes y chismes por el estilo.

–Y la segunda muchacha más hermosa vivirá la frustración de no ser la primera. Exigirá aún más regalos y prendas. Y en cuanto a la tercera, se pasará la mayor parte del tiempo ante el es­pejo, arreglándose el rostro y el cabello procu­rando eclipsar a las otras. Y querrá más abalorios para que la gente le preste atención. ¿Me sigues, Jabez?

Jabez comprendía. Indudablemente, lo que Davy Jones decía era sabio.

–¿Con quién debo casarme, pues? –pregun­tó–. ¿Cómo he de elegir a la muchacha adecua­da? Polly tiene un carácter endiablado y Lettie ha­bla demasiado, y Sally...

–Esta es la última dosis de sabiduría –con­cluyó Davy–. Cásate con la joven que piense que tú eres el hombre más guapo de la isla, que eres el más valiente y elegante y el mejor de todos. Entonces tendrás la certeza de que no te equivo­cas. Porque ella estará pensando constantemente en ti y no sólo en ella. Ahora, un último conse­jo: deberás tener el tino de capturar siempre los peces que necesites, no más, ni menos. Pero de­bes trabajar para hacerlo. ¡Ahora, puedes irte!
Diole a Jabez una poderosa palmada en la es­palda, y el muchacho salió volando hacia el agua.

Se sumergió y se sumergió hasta una profundi­dad incalculable. Finalmente, se vio imposibili­tado de retener su último aliento y toda concien­cia de vida le abandonó.

Me alegra poder deciros que ése no fue el fin de Jabez O'Brien. Es cierto que se le vio salir a la superficie frente a la playa de la Isla del Pescado transcurridos diez días desde su desapa­rición. Y sus vecinos que lo rescataron sabían perfectamente bien que cualquiera que permane­ce diez días bajo el agua, debe ser enterrado. De manera que cavaron una fosa, le metieron dentro de un ataúd, le llevaron al camposanto, y esperaron solemnemente que el pastor pronunciara las palabras postrimeras ante su cuerpo.

Jabez, empero –como se dedujo más tarde–, había estado recuperando el aliento. Una vez que se sentó, echó una mirada a su alrededor, salió de su ataúd y se negó a que le enterraran. Hubo de pelearse con varios hombres que le recrimina­ron su indebido comportamiento, pero después de arrojar a tres de ellos a la fosa recién abierta, hubieron de aceptar que estaba vivo, tal como él sostenía.

A fin de no desperdiciar esa ocasión, en la que todo el mundo viste sus mejores ropas, Ja­bez O'Brien ofreció una fiesta. El gasto fue cu­bierto con uno de los doblones de oro hallados precisamente donde indicó Davy Jones. Y duran­te el baile, primero Susan, después Nancy y, por fin, María, le susurraron sucesivamente que si que­ría volver a formular cierta pregunta, esta vez obtendría una respuesta diferente. Mas Jabez, sin decirles nada, se limitó a mirarlas irónicamente.

Nora Farrington, en cambio, habló en forma muy distinta. Le confió cómo había llorado al descubrirse que su bote había zozobrado y él de­saparecido. Y la alegría que la embargaba al ver­lo sano y salvo, ya que era el más honesto, el más hermoso y el mejor hombre de la isla. Y de repente, Jabez se percató de que la boca de ella no era sino de tamaño generoso para la risa y los besos. Y que sus ojos verdes guardaban la distancia correcta para ver el mundo con clari­dad, e incluso para apreciar mejor lo que veía. Su cabello rojizo se dio cuenta tenía su color pre­dilecto.

He aquí por qué eligió a Nora por esposa. Des­de aquel día trabajó duramente como pescador, recogiendo peces siempre según la justa propor­ción de sus necesidades. Nora cuidaba de su for­tuna, asegurando que no fuese dilapidada. Y Ja­bez se hizo famoso en toda Nueva Inglaterra por ser el hombre que se había incorporado en su ataúd después de permanecer diez días bajo el agua... ya que nada dijo de su encuentro con Davy Jones, pues no deseaba que le llamaran men­tiroso.
Es cierto que a veces se pregunta ahora si todo aquello acaeció realmente Podría probarlo visitando la Cueva de la Sirena cada diez años, en la noche de su aniversario, para oír el fan­tasma de doña Isabela cantando. Pero ocurre que con Nora y los niños a su alrededor, con la fies­ta que le preparan, y una cosa y la otra, nunca puede escabullirse esa noche.

De todas formas, es indiscutible que posee ri­queza, sabiduría y fama, lo que le hace creer que la visita a la morada de Davy Jones fue real. De vez en cuando piensa fugazmente que Davy le había prometido también la felicidad, pero que en el último momento pareció olvidarse de ello. Mas deja de lado tomar en cuenta este fallo, imputándolo a las muchas preocupaciones de Davy.

Lo cierto es que, casado con la mujer querida, viviendo la vida que desea vivir, y siendo la re­compensa por su trabajo ni demasiado ni demasiado poco, se siente más feliz que cualquier rey que haya existido jamás.

Sin embargo, la felicidad es algo extraño... Cuando se la posee, uno no lo percibe. De mane­ra que si Jabez O'Brien no alcanza a estimar los dones que recibió de Davy Jones, debe atribuirse a que no es más que un ser humano. Y seguirá siéndolo durante mucho tiempo.

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