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Dijous, 11 de agost de 2005

'Nueve maletas' de Béla Zsolt

El Holocausto, visto por el gran escritor húngaro Béla Zsolt, en la tradición de Imre Kertész y Sándor Márai. Un testimonio literario y humano estremecedor.

Estoy echado sobre un colchón, en el centro de la sinagoga, al lado del Arca de la Alianza. La lámpara cuya bombilla el médico jefe, el doctor Németi, pintó anoche con tinta azul para asegurar un cierto ambiente de hospital, se apaga por momentos. Fuera, en la ciudad, siguen los bombardeos; pero eso a nosotros no nos interesa. La estrella amarilla, ese estigma, no solamente nos excluye de los beneficios de la vida sino también de sus temores. No tenemos miedo a los bombardeos, no tenemos miedo a ninguna forma de muerte. Yo estoy rodeado por doquier de cuerpos muertos: a mi izquierda y a mi derecha hay muertos por coma diabético, por angina de pecho, por tuberculosis y por uremia, muertos por quienes nadie se ha preocupado durante las últimas semanas; y también están los cadáveres de los suicidas, que traen sin parar, día y noche, en camillas: la mayoría de las veces se trata de matrimonios de médicos que tenían veneno a su disposición y sabían, en consecuencia, administrarse la dosis correcta.

Al lado de los servicios, sucios y malolientes, hay una sala acondicionada en el lavadero que sirve como depósito de cadáveres; pero desde ayer no se puede ni cerrar la puerta porque el lugar está saturado. Los guardias no permiten enterrar a los muertos. «¡Ya los enterraremos a todos juntos!», dice el coronel con un macabro sentido del humor, mientras los cuerpos siguen acumulándose. En lo más alto del montón, que llega hasta el techo, hay dos cadáveres desnudos de niños.


El Holocausto, visto por el gran escritor húngaro Béla Zsolt, en la tradición de Imre Kertész y Sándor Márai. Un testimonio literario y humano estremecedor.
Estoy echado sobre un colchón, en el centro de la sinagoga, al lado del Arca de la Alianza. La lámpara cuya bombilla el médico jefe, el doctor Németi, pintó anoche con tinta azul para asegurar un cierto ambiente de hospital, se apaga por momentos. Fuera, en la ciudad, siguen los bombardeos; pero eso a nosotros no nos interesa. La estrella amarilla, ese estigma, no solamente nos excluye de los beneficios de la vida sino también de sus temores. No tenemos miedo a los bombardeos, no tenemos miedo a ninguna forma de muerte. Yo estoy rodeado por doquier de cuerpos muertos: a mi izquierda y a mi derecha hay muertos por coma diabético, por angina de pecho, por tuberculosis y por uremia, muertos por quienes nadie se ha preocupado durante las últimas semanas; y también están los cadáveres de los suicidas, que traen sin parar, día y noche, en camillas: la mayoría de las veces se trata de matrimonios de médicos que tenían veneno a su disposición y sabían, en consecuencia, administrarse la dosis correcta.
Al lado de los servicios, sucios y malolientes, hay una sala acondicionada en el lavadero que sirve como depósito de cadáveres; pero desde ayer no se puede ni cerrar la puerta porque el lugar está saturado. Los guardias no permiten enterrar a los muertos. «¡Ya los enterraremos a todos juntos!», dice el coronel con un macabro sentido del humor, mientras los cuerpos siguen acumulándose. En lo más alto del montón, que llega hasta el techo, hay dos cadáveres desnudos de niños.
Por eso se han juntado a mi alrededor los cuerpos muertos de nueve hombres y de nueve mujeres que se están descomponiendo bajo el calor asfixiante. Mi vecino, el viejo señor Niszel, que dormía en el colchón junto al mío, murió con mucho sufrimiento, aunque según su médico, en su casa, entre los suyos, hubiese muerto en un instante y sin darse cuenta, puesto que su enfermedad coronaria le prometía desde hace una década una «muerte fácil». Sin embargo, aquí, en esta sinagoga convertida en hospital adonde él había llegado después de mucho trajín, tardó un día y medio en morir, soplando y resoplando sin parar como la pequeña máquina de vapor de la explotación forestal cercana. Todos terminamos hartos del pobre viejo. Las enfermeras voluntarias, poco expertas, meneaban la cabeza con desaprobación, mientras que los tres enfermos impacientes que pretendían ocupar el colchón del viejo moribundo, cercano a la ventana, se acercaban a inspeccionar cada cuarto de hora y le preguntaban al médico de bata blanca que deambulaba por ahí, cansado y aturdido, cuánto creía que le quedaba de vida al viejo. Al final murió hacia las diez, pero no se llevaron su cuerpo puesto que no había sitio en el depósito de cadáveres. Los tres enfermos que estaban en ropa interior y descalzos, y que pretendían ocupar el colchón se pelearon de todas formas por culpa de la herencia, pero al final se quedaron satisfechos con el reparto de las pertenencias del anciano: sus pantuflas, su manta y su orinal, que se llevaron con cara de satisfacción bajo la tenue luz azulada.

Las enfermeras desaparecían para reunirse en uno de los rincones. Eran hijas de familias burguesas, de familias bien, y no sabían nada de enfermería: se habían apuntado como voluntarias porque así podían andar libremente por todo el territorio del gueto. Las demás jovencitas se quedaban sin poder hacer nada, encerradas en unos dormitorios con otras quince; no podían ni acercarse a la ventana, porque si los guardias las divisaban podían incluso disparar contra ellas. Aquí, en la sinagoga con patio interior, el gueto presentaba un aspecto más sereno. En los colchones, los enfermos se revolcaban en su propia suciedad, se quejaban, gemían, rezaban y maldecían, y durante los primeros días causaron muchos problemas a las enfermeras, pues había que lavarlos, limpiar sus heridas, ponerles el orinal, el termómetro, la lavativa, la cataplasma. Durante esos días, incluso los médicos trabajaron con todas sus fuerzas: ponían inyecciones, lavaban el estómago de los suicidas y también operaban y ayudaban a las parturientas en una sala acondicionada al efecto. Luego corrió la noticia de que se llevarían de allí a todos los habitantes del gueto. Unos treinta vagones aparecieron en las vías del tren que atravesaba el barrio separado de la ciudad. Entonces los médicos empezaron a titubear, se hacían los olvidadizos, no aparecían, se iban a sus casas varias veces al día para consultar con su familia, para decidir si no sería mejor acabar con sus vidas de una vez. Las enfermeras también desaparecían, se iban por ahí o se sentaban en un banco, cerca del depósito de cadáveres. Eran jóvenes, limpias, iban bien vestidas y bien peinadas, y los hombres se juntaban alrededor de ellas como si estuvieran en un parque público. Su conversación resultaba tan amena como la de cualquiera, pero con más chispa, puesto que las muchachas aprendieron pronto las maneras de hablar de los médicos, esos profesionales que están en contacto directo y permanente con los secretos y las inmundicias corporales.

Cuando los herederos se repartieron en la oscuridad las pertenencias del viejo Niszel, las enfermeras se apartaron. Una de ellas, sin embargo, se separó de las demás y se acercó a mí. Era una joven alta y delgada, rubia y guapa, ligeramente bizca; se detuvo junto a mi colchón, se puso en cuclillas y me dijo, susurrando:

—Señor Hirschler... Acaba de pasar por aquí ese guardia tan amable. Me ha dicho que mañana empiezan a interrogar a la gente para saber dónde han escondido sus joyas. Irán por orden alfabético, y el apellido de mi padre empieza por la B.

—¿Han escondido ustedes algo?

—Sí. Mi padre tiene la tensión alta. No aguantará ni un solo golpe.

—Quizá convendría decirlo, así no le harán daño.

—¡Le harán daño de todas formas!

—Pues entonces...

—El guardia me dijo —me susurró la muchacha al oído— que si me acuesto con él, salvará a mi padre. Yo sé, señor Hirschler, cómo se llama usted en realidad. He leído sus artículos... Usted me podría aconsejar.

No es que yo sintiera allí, en el centro de la sinagoga, en esa situación, en medio de ese horror, la seria responsabilidad de aconsejarle a esa muchacha que se acostara con el guardia. ¿Qué se ha perdido desde el 19 de marzo?1 Ahora ya no hay en mí ningún seudo pathos ni ningún tipo de falsa consideración. Lo digo como alguien que pierde su tesoro más preciado, algo verdaderamente importante, algo vital: ante todo se ha perdido la patria. Esa patria me importaba más que a la mayoría de los humanos: me ocupaba de ella constantemente, con una dedicación febril, por escrito, de viva voz, en mis sueños, y hubo algunos años, justamente los años de mi juventud, en que la patria me tuvo tan ocupado que no me dejó tiempo ni para el amor. Esto había ocurrido cuando, tras el fracaso de dos revoluciones2, yo esperé durante una década a que mis ideales políticos llegasen a triunfar de nuevo, que mis ídolos y mis amigos desterrados volvieran para salvar a la patria de los criminales y de los inútiles. Esperé durante diez años en los cuales no tuve ni amante. Cuando me cansé de esperar, cuando ya casi había renunciado a mantener los ideales de mi vida, me casé, aferrándome de este modo a la vida privada como el náufrago que se agarra a una tabla para salvarse; pensaba que a lo mejor así llegaría a algún puerto, aunque no albergaba mayores ilusiones sobre ese tipo de puertos. Pretendía, de forma concienzuda, abandonar «todos mis ideales llenos de locura y todas mis manías», pero el idilio de mi vida matrimonial no duró casi nada y me sumergí de nuevo en la vida pública; la más mínima razón para la esperanza lograba que olvidara dónde vivía y hasta quién me estaba esperando para cenar. Unos meses después de separarme de mi primera esposa, intentamos en una atmósfera amistosa descubrir los antecedentes de nuestra separación. «Para empezar —me dijo ella—, yo sólo tenía dieciocho años, llevaba seis semanas casada y entonces una mañana tú te despiertas y pronuncias el nombre de Bethlen3, en vez de fijarte en la mañana tan bonita del primer día de la primavera y en el sol que bañaba de oro nuestro lecho conyugal.»

El hecho es que yo odiaba a Bethlen con un profundo odio personal, porque con su obstinación, su crueldad y su terquedad aniquilaba la esperanza de que la revolución pudiera volver. Había vivido muy joven, a los dieciocho años, la caída de mis ideales y de mi patria, y no solamente habían fracasado mis sueños políticos, sociales e intelectuales, sino que con ellos había desaparecido casi todo. Ese fracaso es uno de los mayores de mi vida. Aniquiló en mí cualquier interés por los temas sociales y también cualquier interés por la lírica y la estética, algo todavía más arraigado en mí. También me produjo serios problemas nerviosos y físicos, dejándome casi inválido: causó graves trastornos en mi vida sexual, además de problemas de insomnio, de falta de apetito, de tendencias autodestructivas, dejándome al borde de la muerte. Padecía fiebres altas y escupía sangre —Sándor Bródy4 me dijo, en pleno invierno, que no llegaría a ver la primavera—, pero pasaba mis noches en los cafés, albergando esperanzas y odios profundos. Soy consciente de que en esta pena política que me corroía cabían también otras cosas: sin ir más lejos, la amargura por mi fracaso personal; el hecho es que yo a los veinte años ya había liquidado mi juventud. Durante los años siguientes —al fin y al cabo seguía siendo joven— el tiempo y la naturaleza contribuyeron a pacificar y a regenerar muchas cosas; pero ya nunca más me he vuelto a sentir bien. Todo me sabía mal, cualquier alimento o bebida, y tenía la sensación constante de cometer una infidelidad si intentaba hacer algo más en el mundo aparte de alimentar mis esperanzas y mis odios de tipo político e intelectual. Incluso cuando hacía el amor sentía remordimientos por estar malgastando en esa relación algo que debería haber reservado para mi única y exclusiva pasión. Al mismo tiempo, veneraba casi de forma enfermiza a ciertos hombres mayores, de quienes suponía que sus pasiones eran más pulcras y más leales que las mías. Me resistía a creer lo que sin embargo estaba viendo constantemente con mis propios ojos: el hecho de que muchos de ellos, afligidos por la suerte de la patria, buscaban, sin embargo, su tratado de paz particular, y de que todos alcanzaban sus compromisos inteligentes y se pasaban al otro bando.

Fue Bethlen, sí, fue Bethlen quien acabó poco a poco con la oposición interna, en cuyo seno resistimos heroicamente, sin hacer nada, hasta la muerte de Lajos Purjesz5. Muchos se cambiaron de bando y, como cuidaban las apariencias, se fabricaron una ideología para explicar el hecho, para justificar la traición. Fühlung mit dem Feinde, es necesario mantener una relación directa con el enemigo. La mantuvieron y así ganaron dinero, hicieron sus carreras galopantes, crearon un periódico opositor a Bethlen —es decir, más bien a su servicio—, a quien asistían desde las filas de la oposición; mientras que nosotros éramos cada vez menos y muchos estaban cansados, se sentían perezosos o inútiles para hacer lo que fuera y justificaban su cansancio, su pereza y su inutilidad por el hecho de pertenecer al Salon des réfusés de la política.

Nunca un ídolo hecho con un bloque de hielo ha sido capaz de despertar pasiones tan ardientes como Bethlen entre los usureros, magnates, abogados y demás arribistas cínicos. Nunca se ha visto tampoco ninguna sociedad cuya élite —cristiana y judía— disfrutara con un masoquismo entusiasmado de los placeres de su insignificancia y de su debilidad, en medio de la vanidad y de la crueldad extremas de Bethlen. Yo también odiaba a ese hombre porque no me podía resignar a sentirme impotente frente a él tanto desde el punto de vista intelectual como desde el moral. Atacaba con furia cualquier discurso suyo en el que el entusiasmo acústico pretendiera ocultar la falta de lógica y la vanidad del todopoderoso intentara suplantar la autoridad intelectual y la valentía viril. Despedazaba todos sus discursos, revelaba sus contradicciones, su falta temeraria de moral, su ignorancia. No sirvió para nada. No logré convencer a nadie ni volver a nadie en su contra. Hasta mis compañeros me desaprobaban, diciendo que estaba buscándole tres pies al gato, que estaba dañando los intereses de una gente a quien de todas formas no podía ayudar. No abandoné, no podía abandonar. Con el tiempo, Bethlen se convirtió en el símbolo de todos mis fracasos, públicos y personales. Y la batalla infértil e infantil —que sin embargo, como me enteraría más tarde, incluso Bethlen consideraba una batalla— se convirtió para mí en una manía. ¿Es, pues, de extrañar que me despertara con su nombre en la boca en aquella mañana del primer día de la primavera? ¿Es, pues, de extrañar que ni siquiera el lecho conyugal, bañado por la luz dorada del sol, pudiera aplacar mis manías? Sí, mi idea fija era que primero había que cambiar el orden del mundo, el orden de la patria, para poder después estar yo contento en mi casa y en mi cama.

Bombas, trampas, bestias y piratas:

así el muchacho no besa a la muchacha.

Estos dos versos escribí entonces, porque pensaba que mis besos eran forzados, peligrosos y amargos.

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