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Imaginariums
Divendres, 14 de octubre de 2005

'Los asesinos' por Ernest Hemingway

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.
-Todavía no está listo.
-¿Entonces por qué carajo lo pones en la carta?
-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.
-Son las cinco.
-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.
-Adelanta veinte minutos.
-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?
-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.
-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.
-Esa es la cena.
-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?
-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...
-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.


-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.
-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.
-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.
-Dije si tienes algo para tomar.
-Sólo lo que nombré.
-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?
-Summit.
-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.
-No -le contestó éste.
-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.
-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.
-Así es -dijo George.
-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.
-Seguro.
-Así que eres un chico vivo, ¿no?
-Seguro -respondió George.
-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?
-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?
-Adams.
-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?
-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.
George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.
-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.
-¿No te acuerdas?
-Jamón con huevos.
-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.
-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.
-Nada.
-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.
-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.
George se rió.
-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?
-Está bien -dijo George.
-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.
-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.
-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.
-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.
-¿Por? -preguntó Nick.
-Porque sí.
-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.
-¿Qué se proponen? -preguntó George.
-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?
-El negro.
-¿El negro? ¿Cómo el negro?
-El negro que cocina.
-Dile que venga.
-¿Qué se proponen?
-Dile que venga.
-¿Dónde se creen que están?
-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?
-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.
-¿Qué le van a hacer?
-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?
George abrió la portezuela de la cocina y llamó:
-Sam, ven un minutito.
El negro abrió la puerta de la cocina y salió.
-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.
-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.
El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:
-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.
-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.
El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.
-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?
-¿De qué se trata todo esto?
-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.
-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.
-¿De qué crees que se trata?
-No sé.
-¿Qué piensas?
Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.
-No lo diría.
-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.
-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.
-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?
George no respondió.
-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?
-Sí.
-Viene a comer todas las noches, ¿no?
-A veces.
-A las seis en punto, ¿no?
-Si viene.
-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?
-De vez en cuando.
-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.
-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?
-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.
-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.
-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.
-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.
-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.
-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?
-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.
-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?
-Uno nunca sabe.
-En un convento judío. Ahí estuviste tú.
George miró el reloj.
-Si viene alguien, dile que el cocinero salió, si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?
-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?
-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.
George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías.
-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?
-Sam salió -dijo George-. Volverá alrededor de una hora y media.
-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.
-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.
-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.
-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.
A las siete menos cinco George habló:
-Ya no viene.
Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.
-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.
-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.
-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.
Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.
-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.
-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.
En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.
-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.
-Vamos, Al -insistió Max.
-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?
-No va a haber problemas con ellos.
-¿Estás seguro?
-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.
-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.
-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?
-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.
-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.
-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.
Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.
-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme.
Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.
-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.
-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.
-¿A Ole Andreson?
-Sí, a él.
El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.
-¿Ya se fueron? -preguntó.
-Sí -respondió George-, ya se fueron.
-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.
-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.
-Está bien.
-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.
-Si no quieres no vayas -dijo George.
-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.
-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?
El cocinero se alejó.
-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.
-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.
-Voy para allá.
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.
-¿Está Ole Andreson?
-¿Quieres verlo?
-Sí, si está.
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.
-¿Quién es?
-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson -respondió la mujer.
-Soy Nick Adams.
-Pasa.
Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.
-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.
-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.
-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.
-Le voy a decir cómo eran.
-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.
-No es nada.
Nick miró al grandote que yacía en la cama.
-¿No quiere que vaya a la policía?
-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.
-¿No hay nada que yo pueda hacer?
-No. No hay nada que hacer.
-Tal vez no lo dijeron en serio.
-No. Lo decían en serio.
Ole Andreson volteó hacia la pared.
-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.
-¿No podría escapar de la ciudad?
-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.
Seguía mirando a la pared.
-Ya no hay nada que hacer.
-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?
-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.
-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.
-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.
-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.
-No quiere salir.
-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?
-Sí, ya sabía.
-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.
-Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch -saludó Nick.
-Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell.
-Bueno, buenas noches, Sra. Bell -dijo Nick.
-Buenas noches -dijo la mujer.
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.
-¿Viste a Ole?
-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.
-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.
-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.
-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.
-¿Qué va a hacer?
-Nada.
-Lo van a matar.
-Supongo que sí.
-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.
-Supongo -dijo Nick.
-Es terrible.
-Horrible -dijo Nick.
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.
-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.
-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.
-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.
'Huellas indelebles' por Jesús Alejandro Godoy

¿Qué es un fantasma?
Visión quimérica, dice el diccionario.
Tal vez, un alma que jamás encontró su paz.
Tal vez, un alma que aún sufre, o quizá alguien que fue rechazado a las puertas del cielo.
Quizá, alguien que no abrazó la luz, y aunque El Buen Dios lo llame, se niega a dejar el tiempo, ese tiempo que ya se le ha terminado.
¿Qué es un fantasma?
Tal vez, una de las formas más singulares, de recordar a los que ya no están.
Pero esa noche, tal vez mi pregunta, fue respondida a un matrimonio amigo, que aún, se sigue preguntado que sucedió.
.
Martín Campodónico y Elizabeth Van Tomme, son dos, de mis más grandes amigos. Ely, como yo la llamaba cariñosamente, era una de las mujeres más inteligentes y carismáticas que jamás conocí.
Martín, era un joven brillante, auténtico, atlético, y bien posicionado en la sociedad, debido a que sus padres, eran dueños de una fastuosa empresa industrial, con asentamiento en Hurlingham.
Ambos eran profesionales. Ely, era Licenciada en Administración de Empresas y Martín, Diseñador Gráfico.
Se había casado un tiempo después de egresar, cosa, que sucedió casi al mismo tiempo, ya que ambos tenían 25 años de edad.
Sus empleos eran estables, y su éxito, solamente se comparaba con el empuje y las ganas con las que cumplían sus metas.
Luego de una excitante luna de miel en Venecia, decidieron iniciar la búsqueda de una casa, y dejar el departamento que compartían en la Ciudad de Ituzaingó, más precisamente en Barrio Marina.
Estaba terminando el mes de Diciembre, hacía bastante calor y esperaban el año nuevo con expectativas. Ya que al igual que toda esta generación, ellos también vivirían el ingreso al nuevo siglo, cuando los últimos minutos del reloj, dieran paso al año 2000.
Luego de sus obligaciones laborales, Martín pasaba a buscar a Ely por su empleo en una de las empresas más grandes de logística de Argentina, y partían hacia distintas inmobiliarias, para encontrar la casa de sus sueños.
Ellos, querían buscar una vivienda en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, para no estar alejados de sus familias, para lo cual, decidieron asistir a todos los remates de viviendas de la zona y comprar todas las publicaciones de las inmobiliarias, donde editaban a todo color, las casas más imponentes.
Después de casi un mes de ir, venir, y hablar con varias inmobiliarias, habían dado con una hermosa casa, estilo Suizo, ubicada entre las localidades de Ituzaingó y Castelar.
La casa era de alto, tenía un techo a dos aguas, y se conectaba con una casa pequeña, que servía como vivienda para el personal de maestranza, o para visitas inesperadas.
La experta vendedora de bienes raíces, había ofrecido la casa a la joven pareja en una suma bastante exorbitante, pero bien valía el gasto.
Recorrieron la casa tres veces.
Las habitaciones y todas las salas, estaban impecables. Es más les pareció, como si la casa los estuviera esperando.
La habitación principal, tenía vista hacia un gran parque, donde más allá, se podía ver la autopista.
La miraron y sonrieron, cuando entraron, enseguida los envolvió una inmensa alegría. Fue tanto así, que se miraron y se abrazaron infinitamente.
La parte trasera del jardín, estaba dominada por una enorme piscina con forma de medialuna, y cóncava en su parte media.
Las ramas de los árboles más altos, llegaban casi hasta todas las ventanas de los dormitorios.
—La casa es acogedora, además, queda cerca de todas las estaciones de tren y enfrente, tiene dos paradas de colectivos— dijo la mujer, que ofrecía la propiedad, y respondía al nombre de Mabel Cantilo.
—Discúlpeme señora Cantilo— empezó a decir Martín.
—Dígame Mabel, por favor— dijo la mujer con un gesto suave.
—Mabel... si nosotros pagamos al contado, ¿Qué porcentaje, me podría descontar sobre el precio final?— preguntó Martín.
Mabel miró hacia arriba un segundo, pues ya esperaba la pregunta:
—De un 5 a un 10%, si pagan en fecha, no más— dijo la mujer con seguridad.
Ely, miró a la mujer, de reojo, pensando en la tacañería de la oferta. Pero también sabía que la inmobiliaria, le iba a descontar una buena suma de la comisión que le correspondiera.
Pero estaban muy felices. Por un día, tratarían de olvidarse de la economía, y se concentrarían en disfrutar de su día especial, y sobretodo de su posible nueva casa.
Revisaron la casa, como si hubieran sido dos roedores en busca de queso.
La mujer, los seguía como un perro faldero, y de vez en cuando tomaba aliento, ya que Martín y Ely, estaban en buen estado físico, pero Mabel, ya estaba pisando los cincuenta años de edad, y con sus zapatos de taco aguja, no podía estar haciendo acrobacias por todos lados.
Finalmente, y casi después de seis horas de estar dando vueltas, la pareja se convenció: Esa sería la casa donde criarían a sus hijos, a sus nietos, tendrían sus mascotas, y envejecerían juntos.
—Muy bien, la compramos— dijo Martín, mientras que Ely, lo tomaba de un brazo y sonreía.
Mabel, los miró, dio un soplo de alivio y sonrió. No tanto porque sabía que su comisión sería jugosa, sino también, porque al fin, podía sentarse, después de haber perseguido a la pareja, como si hubiese sido su sombra.
—¿Mabel...? ¿Gusta un poco de gaseosa?— le preguntó Ely sacando una lata de Pepsi, de su mochila, que aún se mantenía bastante fresca pese al intenso calor, y estirando la mano hacia la mujer, que estaba sentada en el borde de un ventanal.
—Muchas gracias querida, la necesitaba— dijo la mujer.
Martín tomó la lata, la abrió con un chasqueante sonido, y la colocó en la mano de la mujer, que estaba sudando a mares.
—¿Quién vivía antes en esta casa?— interrogó Ely a la mujer.
Mabel miró un segundo a la pareja y sonrió ante la pregunta.
—Antes que ustedes llegaran y decidieran comprar esta hermosa casa, estaba habitada por una pareja de ancianos. Como la señora de la casa falleció, después de una larga enfermedad, el esposo, decidió poner la casa en venta, y mudarse con sus hijos a España— dijo Mabel.
—¿A España...? ¿A qué lugar se fue a vivir?— preguntó Martín.
—Creo que a una ciudad que se llama Tarragona, pegada al Mediterráneo— dijo Mabel.
—¡¡¡¡Qué lindo!!!— exclamó Ely.
—¿Y cuanto de esto que me cuenta?— preguntó Martín.
—Cerca de dos años y medio, o tres— dijo Mabel.
—Qué extraño... ¿Tanto tiempo tuvo la casa en venta?— preguntó Ely.
—Lo que sucede, es que el anciano, quería reparar la vivienda, antes de venderla, y quería hacerlo con sus propias manos. Porque según lo que sé, el hombre levantó con sus manos ésta casa para su amada esposa— dijo Mabel.
—¿Él levantó con sus manos esta casa?— preguntó Martín con sorpresa y mirando a Ely.
—Sí, así es— dijo Mabel, mientras que le retornaba la lata de Pepsi a Ely.
—Perdón... ¿Puedo?— dijo Mabel, mostrando a la pareja una cajetilla de cigarrillos Gold Leafe.
—Sí, como no— dijo Martín.
—Aún no es nuestra casa, así que puede fumar tranquila— dijo Ely.
—¿Ustedes no fuman?— preguntó la mujer.
—No, yo prefiero comer chocolates, y él (señalando a Martín), prefiere comer chupetines en vez de cigarrillos— dijo Ely divertida.
Se hizo un silencio agradable, pues la conversación con la mujer era distendida. A lo lejos, se escucharon los autos que pasaban, y unos pájaros que parecían darse las noticias del día.
—La señora... ¿Falleció en esta casa?— preguntó Ely.
—No... creo, que murió en una clínica de la ciudad de Ituzaingó, no muy lejos de aquí— dijo Mabel.
—No creerás en fantasmas... ¿No?— preguntó la mujer a Ely, que tenía un gesto un poco amargo.
—En honor a la verdad...—dijo Ely sin terminar la frase.
—¡¡¡¡Síiiii!!!!!— dijo Martín sonriendo y levantando los brazos como si hubiera convertido un gol en un mundial de fútbol.
Mabel sonrió divertida, ante el comportamiento casi siempre cómico de Martín, haciendo que escupiera el humo de su boca como si fuera un dragón de tacos altos.
Todos sonrieron a la vez.
A Mabel la atacó una inmensa tos que la dejó exhausta por un momento.
—Tendría que dejar ese hábito, sino usted pasaría a ser un fantasma— dijo Martín divertido.
Mabel asintió con la cabeza.
—Tienes toda la razón Martín— dijo la mujer.
—¿Pero la señora? ¿No se murió aquí, y luego la llevaron a la clínica?— preguntó Ely, preocupadísima.
—No, nada de eso— dijo Mabel
—Es más, como ustedes de ahora en más serán los propietarios de esta hermosa casa, les contaré lo que sucedió— dijo Mabel.
—Por favor, cuéntenos— dijo Martín expectante.
Mabel se reacomodó un poco en su improvisado asiento, sonrió levemente y empezó a hablar.
—Creo que era cerca del año 1950, cuando un hombre que se llamaba Uriel, contrajo matrimonio con una hermosa mujer de nombre Chiara. Ambos eran profesionales, él era Arquitecto, y ella Abogada, y por esos años, ser profesional, no solamente era pertenecer a otra "clase", sino también, equivalía a ser muy respetado en todo el entorno de las personas que podían acceder a una educación. Uriel compró este lote, y junto a su esposa, diseñaron la casa de sus sueños. Entre muchas idas y vueltas, la pareja decidió empezar con una pequeña casa prefabricada, mientras que construía a su alrededor, la casa que ven hoy ustedes— dijo la mujer extendiendo los brazos—Chiara ayudaba a su esposa en todo lo que podía, y luego de un tiempo, la primera sorpresa llegó a sus vidas: El médico de la familia, les dijo que Chiara, estaba embarazada de trillizos.
Martín y Ely se miraron preocupados por un instante, mientras que se pasaban de mano en mano la lata de Pepsi.
—Fue entonces, que Uriel, decidió apurar la construcción de la casa, para que, aunque sea, una sola habitación estuviera lista, cuando sus hijos nacieran. Los planes iban viento en popa, y de vez en cuando, los amigos de Uriel, se reunían para ayudar en la construcción de la casa. Pero otra vez, algo inesperado sucedió, el embarazo de la mujer se complicó, empezó a tener pérdidas, y llegaron a una conclusión terrible: tendrían que salvar la vida de la mujer o la vida de los niños. La mujer se negó rotundamente, y con el apoyo a medias de su marido, dijo que correría el riesgo de dar a luz en el tiempo estipulado. Su esposo Uriel, mientras tanto, seguía con la construcción de la casa, pero sus fuerzas ya no eran las mismas. Estaba más que preocupado por la salud de su mujer y de sus hijos. Finalmente, cuando el tiempo de dar a luz llegó, ambos partieron para un hospital cercano. La mujer dio a luz a tres niños saludables, pero a la vez que estaban felices, Uriel se dio cuenta que la salud de Chiara, después de tanto esfuerzo, no era la misma. Luego de un tiempo, la pareja se fue reacomodando a su nueva vida, y siguieron adelante con sus planes. Después de casi diez años de duro trabajo, entre la construcción de la casa y la crianza de sus tres hijos, la pareja por primera vez, podía descansar en su nido de amor. Los años pasaron, y su vida fue siempre como habían soñado: juntos, y más enamorados que nunca. Sus hijos se hicieron hombres en poco tiempo, y profesionales como ellos. No tardaron en llegar los nietos. Chiara y Uriel, se descubrieron siendo abuelos casi cuando empezaban los años 90. Como todo en la vida, existe un principio y un final. La salud de Chiara empezó a deteriorarse, debido a las secuelas que le había dejado su embarazo. Tiempo después, falleció en paz, no muy lejos de aquí. Su esposo, para honrar su memoria, no solamente terminó de reparar casi toda la casa, como lo hacían en vida, juntos, sino que grabó su nombre y el de su familia en uno de esos árboles, los cuales quedarán por siempre, hasta que algún día, el árbol sea derribado. Tiempo después, Uriel viajó a España, para estar con sus hijos y sus nietos, ya que todos, le insistieron hasta el hartazgo que vaya a vivir con ellos, y no, que se quede como un lobo solitario en la casa. Finalmente, el anciano, apesadumbrado, pero alegre de empezar una nueva etapa en su vida, se despidió de todo lo que había hecho, puso la casa en venta y se marchó— dijo finalmente Mabel.
Ely y Martín se miraron.
—¡¡¡¡Ayyyy!!! ¡¡¡Qué linda historia, pero un poco triste también— dijo Ely, abrazando a Martín.
—Sí, es una buena historia— dijo Martín mientras que se ponía de pie.
—Muy bien, ya que están conformes con la casa, y con el valor, los invito que vayamos a la inmobiliaria a firmar el contrato de la propiedad— dijo Mabel.
La pareja dio un último vistazo a la casa, y se despidieron, hasta que tomaran posesión de ella.
Finalmente cerraron la puerta y apagaron todas las luces.
El 29 de diciembre, casi dos días después, que la pareja firmó el contrato, estacionó un enorme camión de mudanzas frente a la casa.
Mudanzas Bonette Hermanos, decía la leyenda, en las puertas y en la caja del camión.
—Perdón... ¿los conozco de algún lado? — les preguntó Martín a los tres hombres que bajaban del camión, que se parecían a Los Tres Chiflados.
—Puede ser, siempre hacemos mudanzas por toda la zona oeste— dijo el hombre más parecido a Moe.
—Qué raro, me son tan familiares— pensó Martín, mientras que entraba al parque de la casa, seguido por Ely, y veía, como uno de los hombres, le daba un fuerte tirón de oreja a otro y zapateaba en el piso, como si estuviera matando hormigas.
Mabel les entregó las llaves de la casa, y tomados de la mano, Ely y Martín abrieron la puerta de la gran sala.
Los primeros en entrar, fueron sus dos enormes perros, raza labrador, a los que habían bautizado Quico y Caco.
Después de haber bajado durante más de tres horas, todo tipo de muebles, adornos y demás cosas, se dispusieron a ordenar.
Invitaron a los tres hombres y a Mabel con un refresco, y un tentempié, en forma de agradecimiento, luego de que los hubieran ayudado con la pesada tarea. Se sentaron a la mesa del gran quincho, mientras que hablaban de bueyes perdidos.
—Les deseo toda la suerte del mundo— dijo Mabel después de un largo rato, al momento que se despedía, mientras que los tres hombres de la mudanza, hacían lo mismo.
Quedaron los dos solos, mirando el gran parque de la casa, mientras que observaban como danzaban las ramas de los pinos, haciendo un pequeño silbido en el aire.
Estaban felices, realmente felices, tal vez, no tanto por su nueva casa, sino porque dos días antes, le habían informado a la pareja, que Ely estaba embarazada de un niño.
Caco ladró hacia un árbol y Quico lo siguió.
Martín y Ely miraron en la dirección de los ladridos, y vieron a los perros, al lado de un inmenso árbol, plantado casi en la mitad del parque.
Ambos al instante recordaron la historia de Mabel, y decidieron ir a buscar el árbol que el anciano había tallado con el nombre de su amada.
Caminaron de la mano, mientras que se besaban apasionadamente.
Llegaron al pie de un árbol, pero no vieron nada.
—Aquí está— dijo Ely colocando su mano en las hendiduras de unas gruesas letras, que estaba talladas en el tronco, y acariciando a los dos perros que estaban olfateando algo, alzando sus cabezas.
Atardecía, las sombras de las copas de los árboles, ocultaban intermitentemente la inscripción, pero aún se podían divisar las letras, parecía un escrito de un par de líneas.
Martín que era de estatura elevada, alzó un poco la vista, y comenzó a leer...
—"A mi amada esposa: Chiara Rosa Iturralde de Montefusco. A mis hijos: Santiago, Máximo y Daniel. A mis nietos Uriel, Alejandro, Rocío y Esteban. Donde siempre vivirá mi alma y mi corazón" (Uriel Alejandro Mostefusco/ 13 de Enero de 1997).
—Qué linda inscripción— dijo Ely.
—Sí, es verdad—- dijo Martín mientras que besaba a su esposa.
—Espera, hay algo más escrito aquí debajo— dijo Martín agudizando la vista.
—Y para mis... — dijo Martín.
Pero en ese momento, se quedó en silencio y con la mirada clavada en la inscripción...
—¿Qué pasa amor? — dijo Ely, mientras que se colocaba los anteojos, para mirar de cerca la inscripción.
Martín se compuso y Ely se tomó de su brazo fuertemente, casi cortándole la circulación sanguínea.
—"Y para mis sucesores: Martín Campodónico y Elizabeth Van Tomme de Campodónico" (Uriel Alejandro Montefusco/ 29 de Diciembre de 1999) — dijo Martín, mientras miraba a Ely, que se tapaba la boca con una mano, y abría sus ojos como si hubiera visto a un fantasma...
Cinco minutos antes, un anciano, exhalaba su último aliento, en una cama de un hospital de Tarragona, frente al Mediterráneo, y rodeado de toda la gente que amaba.
¿Qué es un fantasma...?
Tal vez, esa persona, que deja huellas indelebles en nuestra memoria, antes de entregarse a los brazos del Buen Dios..

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