Laburo España: 250.000 ofertas de empleo
Imaginariums
Diumenge, 16 de octubre de 2005

'La Luna que desapareció' de Leigh Brackett

I

Hacia el Mar del Misterio


El recién llegado estaba hablando sobre sí mismo, era alto y se encontraba muy lejos de las Tierras Altas donde había nacido, iba vestido de cuero sin adornos y se veía que no pertenecía a aquel pueblo de la costa del pantano. Preguntaba, hablaba y observaba.
David Heath se dio cuenta de ello, de la misma forma descuidada en la que se percataba que estaba en el oscuro Palacio de Todos los Placeres Posibles, cuyo propietario era Kalruna, que se encontraba muy borracho, pero no lo suficiente, que nunca podría estar lo suficientemente borracho, y que cuando cayera al suelo sería arrojado por encima de la baranda al barro en donde quizá se ahogara o se durmiera, según le apeteciera.
A Heath no le importaba, la muerte y la locura no le importaban. Yacía inmóvil en una especie de catre nativo, hecho de cuero extendido sobre un armazón metálico. Una máscara de cuero cubría la parte inferior de su rostro, a través de ella respiraba el cálido vapor dorado que provenía de un burbujeante recipiente, semejante a un narguile, situado junto a él.
Respiraba el vapor y procuraba dormir pero no podía. No cerraba sus ojos, únicamente lo podía hacer cuando estaba inconsciente.
Había un momento que no podía evitar, justo antes de que su cerebro drogado se deslizara por el borde del olvido, cuando ya no era capaz de ver nada salvo la encantada oscuridad de su propia mente. Este momento le parecía como una eternidad. Pero después durante unas pocas horas, encontraba la paz en el sueño.
Hasta que llegara ese momento observaría desde la esquina oscura en la que se encontraba, la vida que continuaba en el Palacio de Todos los Posibles Placeres.
Heath giró lentamente su cabeza, sobre su hombro se arrastraba un pequeño dragón de brillantes escamas, el animal, al moverse, hacía sonar con sus garras encorvadas, el armazón metálico del catre. La mirada del terrestre se encontró con los ojos del dragón, semejantes a joyas rojas, en los que se podía observar una simpatía y una inteligencia peculiares.


Heath sonrió y se volvió a colocar en su posición anterior. Una convulsión nerviosa corrió a través de su interior, pero la droga le había relajado de forma que el espasmo fue ligero y pasó rápidamente.
Nadie se le acercó salvo la muchacha de piel esmeralda, proveniente de lo más profundo de los pantanos y que llenó el recipiente.
La joven no era humana y por ello no le importaba quien podía ser David Heath. Era como si existiera una muralla a su alrededor, una muralla que nadie traspasaba ni siquiera con la mirada.
Salvo, por supuesto, el recién llegado.
Heath dejó vagabundear su vista. Miró más allá de la barra colocada a poca altura, junto a la cual marineros vulgares sentados, entados en cojines de musgo y piel, bebían el thul barato y fuerte; miró más allá de las mesas en las que se sentaban los capitanes y los oficiales jugando sus interminables e incomprensibles partidas de dados; miró más allá de la joven nahali que bailaba desnuda najo la luz de las antorchas, su cuerpo, recubierto de pequeñas escamas, brillaba y se mostraba tan sinuoso y silencioso en sus movimientos como el cuerpo de una serpiente.
El local era una única y enorme sala, abierta por tres lados a la noche cargada de humedad. Aquí fue donde finalmente se detuvo la mirada de Heath. En el exterior se encontraba la oscuridad y el mar, ellos habían sido su vida y el terrestre loa amaba.
La oscuridad sobre Venus no es como la oscuridad sobre la Tierra o Marte. El planeta está ansioso de luz y cuando la atrapa no la deja marchar. Las tierras y los mares de Venus jamás ven el Sol, pero, incluso por la noche, la esperanza y la memoria por el astro rey se encuentran allí, atrapadas en las eternas nubes.
El aire es de color índigo y tiene, por sí mismo, un pálido brillo. Heath estaba tumbado observando como la lenta y caliente brisa producía pequeños chispazos luminosos en el follaje de los árboles de liha y los transportaba hasta las lodosas playas junto al puerto, formando ondas de luz, que se mezclaba el agua emitiendo una continua fosforescencia, por esta razón el ese mar era denominado el mar de los Ópalos Matutinos.
Media milla hacia el sur el río Omaz fluía en silencio, hasta allí arrastraba los vapores de los Pantanos Profundos.
Mar y cielo, la vida de David Heath y su destrucción.
El pesado vapor se enroscaba en el cerebro de Heath, su respiración se volvió lenta y profunda, notó sus párpados cada vez más pesados.
Heath cerró los ojos.
Una expresión de excitación y de anhelo, todo ello mezclado con un vago malestar apareció momentáneamente en su rostro. Sus músculos se tensaron. Luego comenzó a sollozar, muy suavemente, la máscara de cuero apagaba este sonido.
El pequeño dragón alzó rígidamente su cabeza e inmóvil, como si fuera una figura tallada, observó.
El cuerpo de Heath, medio desnudo con su faldellín nativo, comenzó a temblar y luego comenzó a dar pequeños saltos espasmódicos. La expresión de malestar se hizo más profunda y poco a poco se transformó en una de auténtico horror.
Las cuerdas vocales permanecían rígidas, como si fueran de alambre. Intentaba gritar y no podía. El sudor formó grandes gotas sobre su piel.
De repente el pequeño dragón alzó sus alas y lanzó un grito silbante.
Heath se encontró encerrado en su mundo de pesadilla, atravesado por fuertes sonidos. Estaba loco de miedo, estaba muriéndose. Grandes sombras salían de la niebla brillante y avanzaban, amontonándose, hacia él. Su cuerpo se encontraba agitado, roto, sus frágiles huesos transformados en polvo, le extraían el corazón, su cerebro se transformaba en parte de la niebla, brillante, ardiente.
Se arrancó la máscara de la cara y gritó un nombre:
-¡Ethne!
Luego se calló y sus ojos se abrieron de par en par, profundos y sin ver.
En alguna parte, lejos, se oyó el fragor del trueno. El trueno habló pero no dijo cual era su nombre. Un nuevo rostro se abrió paso entre los fantasmas de su sueño. Se hinchó y borró a los demás.
Se trataba del rostro del recién llegado de las Tierras Altas. Observó cada uno de sus rasgos, grabándolos a fuego en su cerebro.
La mandíbula cuadrada, la boca rígida, la nariz curvada como el pico de un halcón, las blancas marcas de las cicatrices sobre su piel blanca, los ojos semejantes a piedras de luna, calientes y brillantes. El largo cabello plateado, peinado formando un gran moño, que se sujetaba con doradas cadenillas propias de un guerrero, según la costumbre de su tribu.
Unas manos le sacudieron y le abofetearon la cara. El pequeño dragón siguió gritando y aleteando, no pudo desgarrar los ojos del recién llegado porque se encontraba atado, con una correa corta, a la cabecera del catre de Heath.
Heath transformó su respiración en un largo y estremecido sollozo y se incorporó de un salto.
Habría matado al hombre que le había robado los escasos instantes de paz tenía. Lo intentó, rodeado de un silencio mortal. Los marineros, los patrones, los oficiales, las bailarinas, todos observaban sin moverse, sin dejar de mirar sus ojos asustados y llenos de odio.
El natural de las Tierras Altas era un hombre grande, más grande que había sido Heath en sus mejores tiempos, por el otro lado el terrestre yacía extendido en el catre, enfermo, era un hombre que se estaba muriendo lentamente y al que no le quedaban fuerzas.
El forastero dijo:
-Se dice que tú encontraste el Fuego de la Luna
Heath le miró con sus ojos drogados que veían borroso y no le respondió.
-Se dice que tú eres David Heath, el Terrestre, capitán del Ethne.
Heath siguió sin contestar. La vacilante luz de las mohosas antorchas caía sobre él dibujando las facciones de su rostro. Siempre había sido un hombre delgado y ágil. Ahora se encontraba extenuado, los huesos de su rostro mostraban sus horribles curvas bajo una delgada capa de piel. Su pelo moreno y su descuidada barba empezaban a estar manchados de blanco.
El nativo de las Tierras Altas estudió a Heath con desprecio, luego añadió:
-Pienso que los que dicen estas cosas mienten.
Hearh rió, con una risa que no era agradable, el Venusiano dijo:
-Pocos han llegado a donde se encuentra el Fuego de Luna, eran hombres fuertes, hombres sin miedo.
Pasó un espacio de tiempo prolongado hasta que Heath respondió
-Eran unos insensatos.
No le estaba hablando al hombre de las Tierras Altas, se había olvidado de él. Su mirada, oscura y enloquecida se encontraba fija en algo que sólo el podía ver. Prosiguió
-Sus barcos se están pudriendo en los bancos de algas de los Mares Superiores. Los pequeños dragones se han comido sus cuerpos dejando sólo los huesos.
La voz de Heath era lenta, ronca y su tono cambiaba continuamente.
-Más allá del mar de los Ópalos Matutinos, más allá de los bancos de algas , más allá de los Guardianes, pasada la Garganta del Dragón, todavía más allá, lo he visto, alzándose entre las nieblas, en al Océano Que No Es De Agua.
Un temblor le agitó, retorciendo los delgados huesos de su cuerpo. Levantó su cabeza, como un hombre cansado de respirar. La movediza luz de las antorchas iluminó su rostro sacándolo de las sombras.
La gran sala se encontraba absolutamente en silencio, no se oía ni un roce, al principio sólo se oyeron los pequeños y agudos suspiros de las bocas cerradas y luego el silencio absoluto.
-Sólo los dioses saben donde se encuentran ahora los hombres fuertes y valientes que buscaron el Fuego de la Luna. Sólo los dioses saben qué son ahora, en cualquier caso, si están vivos, no son seres humanos.
Sufrió un profundo escalofrío que le hizo detenerse, bajó su cabeza y continuó.
-Solo llegué al borde, a una cierta distancia del Fuego.
En medio del silencio que llenaba la sala se oyó la risa del hombre de las Tierras Altas mientras decía:
-Sigo pensando que mientes.
Heath ni levantó su cabeza ni se movió,
El venusiano se inclinó sobre él, hablándole en voz alta, para que el terrestre pudiera escucharlo a pesar de la distancia que suponían las drogas y la locura.
-Tú eres igual que los otros, los pocos que han vuelto, pero ellos nunca llegaron a sobrevivir una estación, antes murieron o se suicidaron. ¿Cuánto has vivido desde que estuviste allí?
En ese momento agarró al terrestre por el hombro y lo agitó con rudeza gritando:
-¿Cuánto has vivido?
El pequeño dragón gritó mientras intentaba romper la correa. El terrestre susurró con un gemido:
-A través del infierno, he vivido toda la eternidad.
El venusiano se contestó a sí mismo:
-Tres estaciones y parte de la cuarta.
Retiró su mano del hombro del terrestre y se retiró diciendo:
-Tú nunca llegaste a ver el Fuego de la Luna, sabes la costumbre, sabes como deben ser tratados los que rompen el tabú, hasta que termine el castigo de los dioses.
Le dio una patada al recipiente que contenía la droga y lo rompió, el fluido dorado y burbujeante se desparramó por el suelo, formando un pequeño charco del que manaba una pesada fragancia.
-Lo único que quieres es esto, y sabes como obtenerlo durante el resto de tu vida, empapada en droga.
Un gruñido de enfado, no muy fuerte, se levantó en el Palacio de Todos los Posibles Placeres.
La visión borrosa de Heath se enfocó sobre el cuerpo macizo y gordo de Kalruna que se aproximaba. Incluso en las profundidades de su agonía se rió débilmente. Durante más de tres estaciones Kalruna había obedecido a la ley de la costumbre, había alimentado y dado de comer al paria que era sagrado, pues estaba sometido a la ira de los dioses, los dioses que tan celosamente guardaban el secreto del Fuego de la Luna. Ahora Kalruna estaba lleno de dudas y enfadado, muy enfadado.
Heath comenzó a reír en voz alta. El no haberse drogado por completo provocaba que se comportara de una forma temeraria e histérica. Se sentó encima del catre y se les rió en la cara. Luego les dijo:
-Sólo llegué hasta el borde, no soy ningún dios, ahora ni siquiera soy un hombre, pero te puedo enseñar, si tu quieres que se te enseñe.
Esforzándose se puso en pie, al hacerlo, con un movimiento tan automático como el respirar, soltó al pequeño dragón que se situó sobre su hombro..
Permaneció de pie, aunque tambaleándose, durante un momento, luego comenzó a caminar, lentamente sin saber a donde se dirigía, a través de la habitación. La multitud se apartó dejándole camino, siguió caminando a través de la sala en silencio, revestido con sus últimos y tristes restos de dignidad, hasta que llegó a la baranda y allí se detuvo. Entonces dijo:
-Apagad las antorchas, todas menos una.
En ese momento Kalruna, lleno de dudas, exclamó:
-No hace falta, te creo.
En la sala ahora se notaba el miedo, miedo y fascinación. Cada hombre miraba a su alrededor buscando un camino de escape, pero nadie se fue. Heath volvió a decir:
-Apagad las antorchas.
El forastero alto alcanzó la antorcha que tenía más próxima y echó agua en su recipiente, al poco tiempo toda la gran sala se encontraba sumergida en la oscuridad, salvo por la luz que daba una antorcha en la parte de atrás de la habitación.
Heath permanecía agarrado a la barra de la baranda, mirando hacia la caliente noche color índigo.
Las nieblas se levantaban espesas, provenientes del mar de los Ópalos Matutinos y se arrastraban, espesas, saliendo del barro y juntándose con los vapores que emanaban los pantanos, como si fuera su respiración.
Un viento lento empujaba las nieblas, formando corrientes de color azul blanquecino y brillante, dentro de la oscuridad de la noche.
Heath miró ansioso a la niebla, su cabeza se echó hacia atrás y todo su cuerpo se puso en tensión. Al cabo de un tiempo alzó los brazos en un gesto de terrible cansancio, susurró:
-Ethne, Ethne.
De forma casi imperceptible se produjo un cambio en el terrestre, la debilidad y la apariencia de ser pecio húmedo y destruido le abandonó, Permaneció en pie firme y erguido y los músculos se marcaron sobre la bella y delgada estructura de sus huesos. El terrestre volvía a estar vivo y con sus fuerzas en tensión.
Su rostro se había alterado todavía más. Ahora había sobre él un aura de poder. Sus ojos oscuros quemaban con fuegos profundos, brillando con una luz que era más que humana, hasta parecía que toda su cabeza estaba cubierta con una extraña corona.
Por un instante, el rostro de David Heath fue el rostro de un dios. Luego dijo:
-Ethne
Y ella apareció.
Salió de la oscuridad azulada, salió de la niebla, desplazándose hacia el terrestre con su figura tenue y amable. Su cuerpo estaba hecho de aire brillante, de suaves gotas de niebla, formada y coloreada por la fuerza que estaba en el interior de Heath.
Ella era joven, no aparentaba más de diez y nueve años, todavía tenía en sus mejillas el tinte rosado del sol de la Tierra, sus ojos eran grandes y brillantes como los de un niño y su cuerpo era delgado, con las dulces protuberancias de la juventud.
La primera vez que la vi, estaba bajando por la rampa de la nave y miraba el suelo de Venus por primera vez, el viento tomó su pelo y jugó con él, ella bajó ligera y ansiosa de nuevas experiencias, como un potro en mañana de primavera. Siempre ligera y feliz, incluso cuando caminaba hacia su muerte.
La sombría figura sonrió y luego extendió sus brazos, su rostro era el de una mujer que ha encontrado el amor y ve todo el mundo lleno felicidad.
Cada vez se aproximaba más a Heath, el terrestre extendió sus brazos para acariciarla.
Un instante después ella había desaparecido.
Heath se cayó, hacia delante, sobre la barandilla.
Durante mucho tiempo siguió mirando hacia la oscuridad . Ahora no tenía un dios en su interior, ni tampoco fuerza. Era como una llama que hubiera ardido un instante y después se hubiera extinguido rápidamente, colapsándose sus cenizas sobre ellas mismas. Tenía los ojos cerrados mientras sus lágrimas corrían desde debajo de sus párpados.
Nadie se movió en la oscuridad, llena de vapor, de la habitación. DE repente Heath habló diciendo:
-No pude internarme lo bastante lejos en el Fuego de la Luna.
Se incorporó con dificultad y, después de un rato, se encaminó hacia los escalones, sujetándose a la barandilla, caminando como lo haría un ciego.
Descendió cuatro escalones hechos de leños cortados, luego sintió el cálido barro del camino ascender hasta sus tobillos. Pasó entre filas de cabañas barro y ramas, más que un hombre parecía un espantapájaros roto, arrastrándose en la noche de un mundo extraño.
Se dirigió por el sendero lateral que conducía al puerto. Sus pies se deslizaban, sobre el barro, cada vez más profundo y finalmente cayó al lado del camino con la cara hacia abajo.
Procuró levantarse pero no pudo, de forma que permaneció tumbado rígido, hundiéndose en el negro y fértil fango.
El pequeño dragón, que cabalgaba sobre su hombro, le pellizcaba y le gritaba, pero el terrestre no le oía.
No se dio cuenta cuando el forastero de las Tierras Altas le sacó del fango unos pocos segundos después de caer, con dragón y todo y se lo llevó hacia el mar del misterio.



II

La vela esmeralda


Se oyó la voz de una mujer que decía:
-Dame la copa.
Health primero sintió que le levantaban la cabeza y después el sabor negro y picante del café venusiano que se deslizaba por su garganta como si fuera fuego líquido. Luego emprendió su habitual lucha contra el miedo y la realidad para despertarse, finalmente abrió lo ojos.
Estaba acostado en su propia litera, en su propio camarote, a bordo del Ente. Enfrente de él, acurrucado en un arcón tallado, se sentaba el venusiano alto, su cabeza se encontraba inclinada debajo del arco escarlata que formaba la cubierta que se encontraba encima.
Junto a Heath, mirándole desde arriba se encontraba una mujer.
Todavía era de noche, el barro que empapaba el cuerpo de Heath todavía estaba húmedo. Esta gente debía haber trabajado duro para traerlo hasta allí.
El pequeño dragón aleteaba junto a su percha, el hombro del terrestre. Heath golpeó amistosamente su cuello escamoso y se estiró para escuchar a sus visitantes. El hombre le preguntó:
-¿Puedes hablar ahora?
Heath se encogió de hombros. No dejaba de mirar a la mujer. Era alta, pero no demasiado alta, era joven, pro no demasiado joven. Su cuerpo tenía todo lo que el cuerpo de una mujer debe tener.
La mujer era del tipo de las que tienen los hombros anchos, las piernas largas y se mueven libremente en cualquier ambiente. Llevaba una túnica corta de seda de araña sin teñir, que conjuntaba perfectamente con el suave y ondulado pelo que caía sobre su espalda formando una cascada de brillante plata, con pequeñas manchas multicolores.
Su cara era de las que ningún hombre olvidaría por muy apresurado que se encontrara. Su rostro era cálido y generoso en todos los atributos propios de la mujer: pasión, risa y ternura.
Pero algo le había sucedido. Algo que le había proporcionado un aspecto amargo y oscuro. Había resentimiento en aquel hermoso rostro, y también un profundo enfado y dureza. A pesar de todo esto, sus ojos perdido y asustados, reflejaban un ansia patética.
Heath recordó vagamente un día en el que le hubiera gustado resolver la adivinanza que le planteaba una cara contradictoria. Un día muy lejano, antes de que llegara Ethne.
Dirigiéndose a los dos les dijo:
-¿Quiénes sois y qué queréis de mí?
Miró directamente al hombre con una mirada de odio agudo y profundo.
-¿No te divertiste bastante conmigo en casa de Kalruna?
El extranjero le contestó sin enfado:
-Tenía que estar seguro de ti, seguro de que no habías mentido sobre del Fuego de la Luna.
Se levantó avanzando hacia delante con sus ojos semiabiertos y lanzando una mirada penetrante. No le era fácil sentarse. Su cuerpo se encontraba curvado como un arco tenso. A la luz de la linterna colgante su cara, hermosa aunque llena de cicatrices, mostraba una fila de pequeños músculos bajo la piel.
Heath pensó, este hombre tiene prisa, este hombre tiene un aguijón que se le clava en la espalda. Por eso preguntó:
-¿Y a ti qué te importa?
Se trataba de una pregunta tonta, el terrestre ya sabía lo que le iba a responder, a pesar de ello todo su ser estaba pendiente de ello, se retiró.
El forastero no le respondió directamente, en vez de ello preguntó:
-¿Conoces la secta que se denomina a sí misma guardiana de los misterios de la Luna?
Lentamente Heath le contestó diciendo, sin ningún tipo de entonación particular:
-Se trata de la secta más antigua de Venus y una de las más fuertes y también una de las más extrañas en un planeta sin lunas. El Fuego de la Luna es su símbolo de la Divinidad.
La mujer rió sin alegría y dijo a continuación:
-Aunque ellos nunca lo han visto.
El forastero prosiguió el relato:
-David Heath, todo Venus ha oído hablar de ti. Se ha propagado la noticia y a los sacerdotes, los Hijos de la Luna, se les ha despertado un interés especial en tu persona.
Heath siguió esperando sin decir nada, pero el forastero continuó la historia
-Tu perteneces a los dioses, para que ejecuten sobre ti su venganza, pero esta venganza no ha comenzado, quizá porque eres terrestre y por tanto menos obediente a los dioses de Venus, en cualquier caso, los Hijos de la Luna están cansados de esperar. Cuanto más tiempo vivas más hombres pueden verse tentados a blasfemar y habrá menos fe en la capacidad de los dioses para castigar a los hombres por sus pecados.
Su voz presentaba un tono de sarcasmo semejante a un cuchillo de filo cortante, por último terminó:
-De forma que los Hijos de la Luna vienen hacia acá para aseguraarse de que mueras.
Heath sonrió y dijo:
-¿Te cuentan los sacerdotes sus secretos?
El hombre volvió su cabeza y dijo:
-Alor
La mujer se aproximó a Heath y se soltó la túnica descubriendo un hombro, luego con furia le dijo al terrestre:
-¡Mira aquí!
Su enfado no estaba dirigido hacia Heath, sino hacia aquello que el terrestre pudo ver: el tatuaje, entre sus dos senos, que la marcaba, el símbolo circular y rayado de la luna.
Heath contuvo su respiración y luego dio un profundo suspiro y dijo mirando a la cara de la mujer:
-Una doncella del templo.
Entonces sus ojos se encontraron con los de la mujer, los vio fríos como la plata y no oso decir nada más. Ella le contestó:
-Nos vendieron cuando estábamos en la cuna, no tuvimos elección. Nuestras familias están muy orgullosas de que una de sus hijas sea escogida para servir en el templo.
La amargura, el orgullo y el odio suavizado propios del esclavo. La mujer exclamó:
-Broca, te dijo la verdad
El cuerpo de Heath parecía haberse encogido sobre sí mismo, miró al hombre y a la mujer una y otra vez, sin decir nada, su corazón latía cada vez con más fuerza, el terrestre notaba como chocaba contra sus costillas. Alor dijo:
-Te matarán y no será una muerte agradable, lo sé. He oído historias de hombres gritando, a veces durante muchas noches, y su pecado era menor que el tuyo.
Con la boca seca Heath contestó:
-Una mujer fugitiva de los jardines del templo y un lanzador de jabalinas. Su pecado también debe ser grande, estoy seguro que no recorrieron medio Venus sólo para avisarme. Pienso que mientes, pienso que a quién buscan los sacerdotes es a ellos.
Broca le contestó al terrestre:
-Los tres estamos proscritos, pero Alor y yo aún podemos escapar, a ti te capturarán, vayas a donde vayas...salvo que vayas a un lugar determinado.
Heath dijo:
-¿Dónde está ese lugar?
-Es donde se encuentra el Fuego de la Luna.
Tras un rato de completo silencio, Heath emitió un sonido ronco, que quizá fuera una carcajada. Luego dijo:
-¡Fuera! ¡Apartaos de mí!
Se puso de pie, temblando de debilidad y de furia y les dijo:
-Los dos mentís, yo soy el único ser viviente que ha visto el Fuego de la Luna y queréis que os lleve allí. Creéis en las leyendas. Pensáis que el Fuego de la Luna os transformara en dioses. Estáis locos de ansía por el poder y la gloria que pensáis podéis alcanzar, tan locos como todos aquellos que lo intentaron antes de vosotros. De acuerdo o puedo asegurar que el Fuego de la Luna sólo o dará sufrimiento y muerte.
Levantó la voz y continuó:
-Podéis ir a mentirle a otro, asustad a los Guardianes de los Mares Superiores, sobornad a los mismos dioses para que os llevan allí, pero ¡apartaos de mí!
El venusiano se levantó lentamente. El camarote era pequeño para él, las vigas de la cubierta le llegaban a los hombros. Apartó a un lado al pequeño dragón. Cogió a Heath con sus dos manos y dijo:
-Iré a donde se encuentra el Fuego de la Luna y tú serás quien me lleve allí.
Heath le golpeó en la cara.
Un gran asombro mantuvo paralizado por un momento a Broca mientras Heath le decía:
-Todavía no eres un dios.
El venusiano abrió su boca con un gesto de asombro, estiró sus manos y las puso en tensión.
La mujer dijo con voz aguda, mientras se acercaba al venusiano y le sujetaba las muñecas:
-¡Broca!, no le mates imbécil.
Broca dejó salir con fuerza el aire entre sus dientes. Poco a poco sus manos se relajaron. La cara de Heath estaba manchada de sangre negra, se abría caído si la mujer no le hubiera sujetado, ésta le dijo a Broca:
-Pégale, pero no demasiado fuerte.
Broca levantó su puño y golpeó al terrestre cuidadosamente en la punta de la barbilla.
Pasaron más de dos largas horas venusianas antes de que Heath recuperara el conocimiento. Lo recuperó con lentitud, como siempre, pasando de una vaga extensión sin sensaciones a sentir agudamente cada una de las cosas que le importaban.
Notaba su cabeza como si hubiera sido cortada en dos partes con un hacha, desde la barbilla hacia arriba.
No llegaba a comprender el porqué se había despertado. Sólo la droga bastaba para proporcionarle varias horas de sueño pesado. El cielo que podía ver más allá del camarote había cambiado, la noche casi había terminado. Siguió tumbado un rato preguntándose si se iba a marear o no, luego comprendió porqué, a pesar de todo, había despertado.
El Ethne estaba navegando.
El enfado fue tan grande que no pudo ni siquiera empezar a maldecir. Se arrastró, con esfuerzo, hasta ponerse de pie y cruzó el camarote y entonces se dio cuenta de que el barco no iba recto, de que el viento del amanecer era fuerte y de que estaba girando, el barco hacía guiños.
Le dio una patada a la puerta y salió a la cubierta.
La gran vela latina, confeccionada con seda de araña, parecía fantasmal en el aire azul recogía y despedía el viento, temblando al golpear con los aparejos sueltos.
Heath se dirigió hacia la elevada popa, sacando fuerzas del miedo que le daba perder el barco. Broca se encontraba allí, agarrando con fuerzas la barra del timón que se encontraba a popa, intentando no ser barrido por el viento.
Se veía la estela de espuma blanca yacer sobre las aguas negras, retorciéndose como si fuera una serpiente.
La mujer, Alor, se encontraba sujeta a la barandilla, mirando a las tierras bajas que se encontraban detrás de ellos.
Broca no protestó cuando Heath lo apartó a un lado y tomó el timón. Alor se volvió y le observó, pero no dijo nada.
El Ethne era pequeño y el aparejo era tan simple que un solo hombre podía manejarlo. Heath arrió parcialmente la vela y en unos pocos segundos el barco navegaba ligero y con delicadeza, haciendo honor a su nombre, su estela se había transformado en una línea recta.
Una vez que Heath hizo esto, se dirigió a sus compañeros y les maldijo con una furia mayor que la de una madre a la que le han robado el hijo.
Broca le ignoró, siguió observando la tierra y el cielo que comenzaba a iluminarse. Cuando el terrestre se hubo cansado, la mujer dijo:
-Teníamos que partir y tú no querías colaborar, puede que incluso ahora ya sea tarde.
Heath no dijo nada más, no había palabras, siguió empuñando el tión con fuerza.
Broca estaba a su lado, de pié en un escalón, levantó la mano y de repente Alor gritó:
-Espera.
Algo en su voz hizo que los dos hombres la miraran. Se encontraba junto a la barandilla, presentando la cara al viento, sus cabellos volaban, la corta falda de su túnica azotaba sus muslos. Su brazo se encontraba levantado, con el gesto de señalar algo.
Estaba amaneciendo.
Por un momento Heath perdió todo el sentido del tiempo. La cubierta se alzaba ligeramente bajo sus pies, había niebla baja y estaba amaneciendo en el Mar de los Ópalos Matutinos.
Parecía que nunca hubiera visto el Fuego de la Luna, ni tenido un pasado o un futuro, sino que siempre hubiera sido David Heath con su barco en medio de la luz que provenía del agua.
La luz llegó poco a poco, desplazándose lánguidamente como una lluvia de joyas, a través de millas de nubes gris perla. Al principio lentamente y frías, luego rápidamente y calientes, las gotas de fuego rosáceo, color ópalo, brillantes, fueron transformando el aire neblinoso, bajaron hasta el agua, de forma que el pequeño navío parecía desplazarse a través del corazón de un fuego color ópalo tan vasto como el universo.
El mar cambió su color, pasando de negro a índigo, alternado con franjas blancas, bandas de pequeños y brillantes dragones. Se levantaban como un rayo de los bancos de sargazos, que se encontraban dispersos sobre la superficie del mar, formando figuras con estructuras descuidadas de color púrpura, ocre y cinabrio. Los mismos sargazos se removían, con un sentimiento de vida, alzando sus tentáculos a la luz.
Por un breve momento David Heath fue completamente feliz.
Entonces se percató de que Broca había subido un arco de debajo de la barandilla. Heath comprendió que el hombre y la mujer habían desmontado fríamente todas las trampas que tenía en el barco, mientras el se encontraba en el antro de Kalruna. Se trataba de uno de los grandes arcos de los bárbaros de las Tierras Altas. Broca tensó el gran arco como si se tratara de una ramita y colocó en el una flecha con punta de hueso tallado para presentar más cortes.
Un barco se les estaba aproximando, una forma esbelta de color perla que volaba a través de los velos de niebla suavemente brillantes. Su vela era verde esmeralda. La nave aun se encontraba muy alejada, pero tenía el viento de popa y se les acercaba rápidamente, como si fuera un dragón. Heath dijo:
-Esa nave es el Lahal, ¿Qué se cree Johor que está haciendo?
Luego vio, sufriendo un sobresalto de horror incrédulo, que en la proa de la nave que se aproximaba, se había colocado, en posición de ataque, un espolón puntiagudo.
Durante un instante, el cerebro de Heath intentó comprender la causa de que Johor, un vulgar capitán de un vulgar barco mercante, intentara hundir su nave. Entonces Alor dijo cinco palabras:
-Los Hijos de la Luna.
En ese momento, en la cubierta superior del Lahal, Heath pudo distinguir cuatro figuras vestidas de negro.
El largo y brillante espolón, cubierto de agua brillaba a la luz de la aurora.
Heath se arrojó hacia el timón de la popa. La vela dorada del Ethne se encontraba tensa ya que se encontraba cara al viento. Heath midió tristemente la distancia y luego cambió de dirección.
Broca se volvió hacia el terrestre con furia y le dijo:
-¿Estás loco? Nos atraparán enseguida, sigue de la otra manera.
Heath, que de repente se sintió lleno de un odio ciego hacia Johor y los cuatro sacerdotes vestidos de negro, le contestó:
-No hay otra manera, me han atrapado a sotavento de la costa.
No había nada que hacer, salvo esperar, aguardar y navegar con el corazón pendiente de un hilo, con la esperanza de que todavía viviera lo suficiente de David Heath para poderles hacer cruzar la trayectoria de su perseguidor . Y si no, pensó Heath, hundiré el Lahal junto conmigo.
Broca y Alor permanecían de pie, juntos, en la barandilla, observando la carrera de la gran vela verde. No hablaban, no tenían nada que decir. Heath se dio cuenta de que una y otra vez la mujer se volvía para estudiarlo.
Sobre el agua se podían ver las estelas de las dos naves, como dos lados de un triángulo, acercándose a su vértice.
Ahora Heath podía ver a Johor manejando el timón. Podía ver a la tripulación, estaban inclinados por la cintura, eran marineros asustados que rodeaban a los sacerdotes que estaban orando. Estaban armados con arpones y preparados para el combate.
En la cubierta superior pudo ver a los Hijos de la Luna.
Eran hombres altos, llevaban túnicas de malla negra con el símbolo rayado de la luna, confeccionado con joyas, brillando sobre su pecho.
Rodearon la cubierta embreada, con su cabello color de plata ondeando al viento, sus cuerpos eran semejantes a los cuerpos de lobos que corrían rtas su presa y la devoraban.
Heath luchaba en el timón de popa, luchaba para mantener recto el curso de la nave, luchaba contra el viento y la distancia para imponerles su voluntad.
La mujer, Alor, seguía observando a David Heath con sus amargos y desafiantes ojos, Heath la odiaba, al igual que odiaba a los sacerdotes. Con un odio mortal, por que sabía el aspecto que debía tener con su cara morena en donde se marcaban los huesos, su cuerpo consumido, dando tumbos y temblando, conforme se aferraba a la barra del timón.
La vela esmeralda, redonda y brillante como el pecho de un loro, se veía, a la luz, cada vez más cerca. Eran dos perlas verde y blanca, púrpura y oro, sobre un mar azul oscuro, el puntiagudo espolón brillaba. Eran dos dragones corriendo hacia su encuentro, hacia su matrimonio, hacia su muerte.
Cada vez más próximos, los rayados símbolos de los Hijos de la Luna brillaban en sus pechos.
La mujer llamada Alor alzó su cabeza al viento y lanzó un grito, largo y agudo, como el grito de un águila. El gritó terminó con un nombre que ella pronunció como si fuera una maldición:
-¡Vakor!
Uno de los sacerdotes, que llevaba la insignia rodeada de un galón dorado que lo señalaba como el superior, alzó los brazos y lanzó una maldición cuyas palabras llegaron ardientes y amargas transportadas por el viento.
La cuerda del arco de Broca sonó como si fuera la cuerda de un arpa, pero el tiro quedó corto y la flecha cayó al mar. Vakor rió.
Los sacerdotes fueron a popa para estar seguros escudados en las maderas del barco, las caras de los marineros se vieron llenas de espanto.
Heath lanzó un aviso y vio a Alor y Broca echarse cuerpo a tierra sobre la cubierta, Vio sus rostros, eran los rostros de un hombre y una mujer que están a punto de morir y eso no les gusta, pero no tienen miedo. Broca se estiró y cubrió el cuerpo de la mujer con el suyo propio.
Heath empujó la proa del Ethne directamente a favor del viento y la dejó seguir libremente su rumbo hacia la otra nave.
El Lahal, con su estruendo, se encontraba a no más de tres yardas, no era posible hacer nada para evitar el choque.
Cuando este se produjo, la barra del timón golpeó a Heath y lo dejó medio atontado. Oyó el ruido que producía la vela al desgarrarse encima de donde el terrestre se encontraba, sintió el golpe que hizo temblar al Ethne, hasta su última astilla y rezó para que el mástil siguiera en su sitio. Cuando se volvió para ver que pasaba, pudo contemplar al sacerdote Vakor que había saltado a la alta popa del Lahal. Estaba lo suficientemente próximo a Heath para poder verle la cara.
Se miraron el uno al otro, los ojos del uno se encontraron con los ojos del otro. Los ojos de Vakor eran brillantes y salvajes, los ojos de un fanático. No era viejo, su cuerpo era viril y fuerte, en su rostro estaban talladas las líneas que le imprimían carácter, los labios eran gruesos, sensuales y orgullosos. Se encontraba tenso y hablaba con furia, su voz sonaba entre el viento, como si fueran los aullidos de una bestia.
-¡Os seguiremos! ¡Os seguiremos y los dioses os matarán!
Como el impulso del Lahal le alejaba, Heath únicamente alcanzó a oír el último eco de su grito:
-¡Alor!
Con todas las fuerzas que le quedaban, Heath consiguió controlar su maltrecho barco, viró a estribor y se alejó lo más rápidamente posible.
Broca y Alor, se pusieron de pie lentamente, El hombre dijo:
-Pensaba que habías hundido el barco.
A esto Heath le contestó:
-El viento estaba a su favor y no me dejaban pasar como pasa aun cristiano.
Alor se encaminó a la popa y observó el lugar en el que el Lahal daba vueltas y se tambaleaba, como si intentara detener su temerario impulso y susurró para sí misma:
-¡Vakor!
Después de haberlo hecho escupió al mar.
En ese momento el corpulento Broca dijo:
-No seguirán. Alor me dijo de que disponían de una carta marina, la única existente, que muestra el rumbo a seguir para alcanzar el Fuego de Luna.
Heath se encogió de hombros. Estaba demasiado cansado para que eso le importara. Señaló hacia la derecha y dijo:
-Una fuerte corriente oceánica fluye por aquí, como si fuera un río en el mar. La mayor parte de los capitanes la temen, pero sus barcos no son como el Ethne. Nosotros la atravesaremos, después que la hayamos cruzado tendremos que confiar en la suerte.
A su lado Alor, que daba grandes oscilaciones siguiendo las del barco, dijo:
-Después tu irás a donde se encuentra el Fuego de la Luna.
-Yo no dije nunca que iría. Broca, tráeme mi botella del armario que hay en mi camarote.
Pero fue la mujer la que le trajo la botella y le miró mientras bebía, luego le preguntó:
-¿Estás bien?
La respuesta del terrestre le llegó llena de tristeza:
-Me estoy muriendo y me preguntas si estoy bien.
La mujer le miró fijamente a los ojos por un momento. De forma sorprendente no había burla en su voz cuando volvió a hablar, sólo había respeto.
-No morirás, dijo Alar y se retiró.
En pocos momentos la corriente oceánica atrapó al Ethne y lo arrastró en dirección norte. El Lahal desapareció entre las nieblas detrás de ellos, esta no estaba preparada para maniobras delicadas y Heath sabía que Johor no se arriesgaría a penetrar en la rápida corriente.
Durante casi tres horas el terrestre permaneció en su puesto y condujo el barco hacia delante. Cuando la corriente oceánica se curvó hacia el este la abandonó y pasó a navegar sobre aguas tranquilas. Después se acostó sobre la cubierta y se quedó dormido.
Nuevamente el bárbaro alto lo levantó, como si fuera un niño, y lo acostó en su litera.
A lo largo del resto del día y de la larga noche venusiana Broca estuvo al timón mientras Heath dormía un profundo sueño. Alor se encontraba sentada al lado del terrestre, observando las sombras de las pesadillas que aparecían en su rostro, escuchando como gemía y hablaba, calmando sus peores temblores.
Repitió el nombre de Ethne una y otra vez, un rompecabezas de extraños anhelos apareció ante los ojos de Alor.
Cuando amaneció, Heath se despertó y nuevamente subió a cubierta. Broca le preguntó con su tono ronco de bárbaro:
-¿Ya te has decidido?
Heath no le respondió, entonces Alor le dijo:
-Vakor te dará caza. Por todo Venus se ha extendido el mensaje, mientras haya hombres no habrá refugio para ti...salvo en un lugar.
Heath sonrió, simplemente enseñó sus dientes sin manifestar la más mínima alegría y contestó:
-Y ese lugar es donde se encuentra el Fuego de la Luna, lo haces todo muy simple.
El terrestre sabía que la mujer decía la verdad. Los Hijos de la Luna, nunca abandonarían su persecución. Era una rata en un laberinto en el que cada camino conducía a la muerte.
Pero existían diferentes tipos de muertes. Si tenía que morir no sería en la forma en que Vakor quería que muriera, sino con Ente nuevamente entre sus brazos...una Ethne más real que una sombra.
Comprendió entonces lo que había sabido siempre, en lo más profundo de su mente, durantes las más de tres estaciones. Que estaba viviendo una existencia que no merecía la pena de ser vivida. Sabía que algún día debía volver allí nuevamente. Entonces dijo:
-De acuerdo, iremos hacia el Fuego de la Luna, y quizá todos nos transformemos en dioses.
Broca le dijo:
-Terrestre estás débil, no tienes el suficiente coraje.
A esto Heath le respondió con una única palabra:
-Espera.

III

Sobre la barrera


Pasaron los días y las noches y el Ethne siguió navegando rumbo al norte a través del mar de los Ópalos Matutinos, su rumbo hacia el norte los acercaba al ecuador. Se encontraban alejados de las rutas comerciales. Todas estas vastas extensiones eran desconocidas.
Ni siquiera había pueblos de pescadores a lo largo de la costa. Los grandes acantilados se elevaban agudos directamente desde el borde del mar, por lo que allí no se podía hacer pie en la costa. Más allá, pasada la Garganta del Dragón, únicamente se encontraba la trampa mortal de los desolados Mares Superiores.
El Ethne navegaba tan velozmente como si disfrutara de estar nuevamente libre del puerto lleno de lodo y de las cadenas que lo habían amarrado.
También se produjo un cambio en Heath, nuevamente volvió a ser un hombre. Comenzó a aparecer afeitado, limpio y a caminar erguido sobre su propia cubierta, ya nunca más fue preciso preguntarle por la decisión que había tomado, ya no había duda. El largo tiempo en que había pasado miedo, el largo tiempo en que había estado detenido ya habían pasado, a su amarga manera el terrestre era feliz.
No habían vuelto a tener noticias del Lahal, pero Heath sabía muy bien que la nave se encontraba en alguna parte, siguiéndoles. El barco perseguidor no era tan rápido como el Ethne, pero estaba bien construido y Johor era un buen capitán. Además el sacerdote Vakor se encontraba a bordo y para atraparlos, era capaz de conducir al Lahal por encima de las Montañas de la Nube Blanca.
El terrestre le dijo a Alor:
-Parece ser que Vakor te tiene un odio especial.
Su rostro se contorsionó con asco y el recuerdo de la vergüenza sufrida, luego respondió:
-Es una bestia, es una serpiente, es un lagarto que camina como si fuera un rey.
Tras un instante la mujer añadió:
-Se lo hemos puesto fácil, al estar los tres juntos nos podrá atrapar a la vez.
Desde el lugar en el que se encontraba sentado, controlando el timón, Heath miró a la mujer con una remota curiosidad. Ella permanecía en pié, con sus largas piernas y su boca audaz, mirando hacia atrás con sus neblinosos ojos, hacia la blanca estela que el barco dibujaba, tras ellos, sobre el mar.
El terrestre dijo:
-Debes haber amado mucho a Broca para romper tus votos por él, sabiendo lo que significa esto si ellos te atrapan.
Alor le miró y luego se rió, fue un sonido breve y sin ningún tipo de humor. Luego l dijo al terrestre:
-Me habría ido con cualquier hombre lo bastante fuerte como para sacarme del templo. Broca es fuerte y me adora.
Heath se quedó verdaderamente sorprendido por lo que le preguntó a la mujer:
-¿Entonces no le amas?
Alor se encogió de hombros y contestó:
-Broca es guapo y es un jefe guerrero, además es un hombre, no un sacerdote. Pero amarlo...
Luego, de repente, la mujer le preguntó:
-¿Cómo es el amor... el amor como el que tu le tenías a Ethne?
Heath le preguntó con rudeza:
-¿Qué sabes tu de Ethne?
-Has hablado de ellas en tus sueños, además Broca me contó como la invocastes y la hiciste aparecer en casa de Kalruna. Te atreviste a llegar hasta el Fuego de Luna para que regresara del más allá.
Alor miró el marfileño mascarón en que terminaba la alta y elevada proa, era la imagen de una mujer, joven delgada y que sonreía. Luego bruscamente le dijo a Heath:
-Pienso que eres un imbécil, creo que sólo un imbécil puede amar a un fantasma.
La mujer le abandonó y bajó al camarote antes de que pudiera reunir las palabras necesarias para contestarle, antes de que pudiera coger su blanco cuello entre sus manos y retorcerlo.
-¡Ente, Ethne!
Maldijo a la mujer de los jardines del templo.
Todavía estaba incubando su furia cuando Broca subió de la cabina para relevarlo al timón. Heath le dijo secamente:
-Seguiré pilotando un poco más, creo que una tempestad va a empezar en breve tiempo.
Conforme se iba cerrando la noche se veía a las nubes acumularse al sur. El mar seguía con sus olas mansas, como todos los días anteriores, pero había una sutil diferencia, un empuje y un arremolinarse del agua que hacían temblar toda la quilla de la nave.
Broca encogió sus enormes hombros, miró hacia el sur y luego a Heath. Luego le dijo al terrestre:
-Pienso que hablas demasiado con mi mujer.
Antes de que Heath pudiera responder, Broca colocó su mano, al parecer suavemente, sobre el hombro del terrestre y apretó, al parecer ligeramente. El apretón tenía la suficiente fuerza como para romper los huesos de Heath. Luego le dijo:
-No le hables a Alor demasiado.
Heath le respondió airado:
-Yo no la he buscado, si ella es tu mujer, ¡Preocúpate tú por ella!
Con calma, Broca le respondió:
-No estoy preocupado sobre mi mujer, al menos no por lo que pueda haber entre ella y tú.
Mientras hablaba, el bárbaro miró a Heath por encima del hombro, el terrestre se dio cuenta del contraste que hacía, su cuerpo esquelético y su cara delgada frente a la magnífica potencia del gran bárbaro. Broca dijo:
-A pesar de todo, ella está siempre en cubierta contigo, escuchando tus historias sobre el mar, no hables tanto con ella.
Un tono cortante de voz apareció en la última frase del bárbaro. Heath contestó y sus palabras estaban llenas de escarnio hacia Broca:
-¡Por amor de Dios! ¿Si yo soy un imbécil que eres tú? Un hombre lo bastante loco como para buscar el Fuego de la Luna y esperar fidelidad de una prostituta del templo. Y ahora estás celoso.
En ese momento, el terrestre odiaba amargamente a Broca y a Alor, así que lleno de odio siguió hablando.
-Espera a que te alcance el Fuego de Luna, romperá tu fuerza y tu orgullo. Después no te importará con quién hable tu mujer ni donde.
Boca le dirigió una mirada de desprecio absoluto, luego se volvió, le dio la espalda y comenzó a mirar al mar que se iba oscureciendo.
Después de un rato, Heath llegó a ver el lado humorístico del asunto y comenzó a reír.
Allí se encontraban los tres, dirigiéndose a la muerte. En algún lugar, al sur de donde se encontraban Vakor se dirigía hacia ellos como si fuera un negro pastor que los conducía hacia la muerte.
Sueños de imperio, sueños de gloria y un viaje que suponía una tentación a la venganza de los dioses...y en tal situación el jefe bárbaro se mostraba celoso.
De repente se dio cuenta de cuanto tiempo Alor había pasado a solas con él. Siguiendo una costumbre, tan vieja como el mar, ella le había ayudado a pasar las duras y largas horas de marinero permitiéndole contar las historias fantásticas del mar. Recordando los días pasados podía ver el rostro de Alor, extrañamente joven y ansioso de aprender, podía recordar como la mujer siempre le hacía preguntas y quería aprender la forma en que funcionaba el navío.
Ahora recordaba lo hermosa que parecía mientras el viento hacia ondear sus cabellos con su cuerpo, firme y fuerte manteniéndose sobre el Ethne en un mar embravecido.
Conforme pasaban las horas la tormenta fue fraguándose y finalmente estalló.
Heath sabía que el Mar de los Ópalos Matutinos no les dejaría escapar sin lucha. Ya había intentado retenerlos con bajíos, con arrecifes que se desplazaban, con calmas chichas y brillantes mareas solares, con todo tipo de corrientes, nieblas y sargazos flotantes. Heath había derrotado a todos los contratiempos que le envió el mar. Ahora, casi a la vista de la Garganta del Dragón, la entrada a los mares Superiores, era el momento más oportuno para una tempestad asesina procedente del sur.
La noche era negra. El mar ardía con fosforescencia blanca como si fuera un caldero hirviente lleno de fuego mágico. El viento tenía una fuerza que asustaba. El Ethne subía y bajaba arrastrado por el viento, con todas las velas arriadas, por una vez, Heath celebró que Broca, junto al que luchaba con el timón por mantener el rumbo, fuera tan fuerte como era.
Se percató de que había alguien a su lado, era Alor.
-¡Vete abajo!
Le gritó el terrestre que sólo llegó a oír el eco de una respuesta. La mujer no le hizo caso y sumo su fuerza con la de los demás en el timón.
Rayos y relámpagos, tan anchos como la cola de un cometa golpeaban aquí y allí. Con un impulso y una furia como si hubieran comenzado su camino en otra estrella y hubieran ido cogiendo velocidad a lo largo de media galaxia. Los rayos iluminaron el Mar de los Ópalos Matutinos con una luz púrpura, hasta que el trueno volvió a traer la oscuridad, luego la lluvia cayó como si fuera un río que venía directamente de las capas de nubes que envuelven el planeta.
Heath gritó en su interior. El viento y las corrientes marinas habían atrapado al pequeño barco entre ambas y lo arrastraban hacia delante. A la velocidad que ahora llevaba la nave, alcanzarían la Garganta del Dragón al amanecer. Lo malo es que llegaría allí totalmente volcada y tan indefensa como una astilla de madera arrastrada por la corriente.
La luz de los relámpagos le mostró el cuerpo en tensión del gran bárbaro, empapado en agua que brillaba al ser iluminado por las centellas. Sus largos cabellos, azotados por el viento y el agua, caían sueltos y empapados, desde los moños unidos por cadenas que constituían su peinado.
La misma luz le permitió también vislumbrar a Alor, sus manos y sus hombros se tocaban con los del bárbaro mientras ambos se afanaban al timón.
Parecía que la lucha contra el mar duraba siglos cuando de repente la lluvia cesó, el viento se suavizó y comenzó un período de silencio fantasmal.
La voz de Alor sonó fuerte en los oídos de Hearh, al preguntar, casi gritando:
-¿Ha terminado todo?
El terrestre le respondió:
-No, ¡Eschcha!
Oyeron un estampido profundo, largo y distante en dirección hacia el norte, el sonido de la resaca.
La tormenta comenzó nuevamente.
Llegó la aurora, apenas más luminosa que la noche. A través de la niebla Hearh pudo ver los acantilados que se elevaban a ambos lados, donde las montañas se aproximaban entre sí, el lugar por donde se vertía el Mar de los Ópalos Matutinos en el estrecho denominado la Garganta del Dragón.
La corriente marina los arrastraba con rapidez, haciendo brotar espuma blanca al chocar con la piedra negra.
El Ethne era arrastrado de forma temeraria, como una hoja que se dirigiera a un molino.
Los acantilados seguían aproximándose entre sí, hasta que el hueco existente entre ellos no era de más de una milla. Negros titanes incubando la muerte. En el espacio que se encontraba a sus pies, se podía ver la furia del agua cubierta de espuma al chocar con las rocas semejantes a colmillos.
La Garganta del Dragón.
Cuan Heath la había atravesado anteriormente, el tiempo era bueno y tenía hombres en los remos. Aun así no había sido fácil atravesarla. Ahora intentaba recordar donde se encontraba el canal e intentaba dirigir el barco hacia lo que parecía ser un camino despejado por en medio de las rocas.
El Ethne ganó velocidad y salió disparado hacia la Garganta del Dragón.
La nave navegaba con rapidez a través de la espuma, el viento y el sonido en una ciega locura. Una y otra vez Heath vio surgir ante el una inmensa roca y fue capaz de desviar el barco a un lado y mantenerse apartados de la muerte segura que se encontraba oculta bajo superficie hirviente. Dos veces, tres veces el Ethne sufrió un estremecimiento y el terrestre pensó que la nave se hundía.
Una vez, hacia el final, cuando parecía que ya no había ninguna esperanza, el terrestre notó la mano de Ethne sobre la suya.
La mar gruesa los salvó, arrastrándolos, con su impulso, a través del canal, haciéndoles pasar por encima de las rocas y finalmente por encima de la lengua de tierra que se encontraba al final del paso.
Finalmente, el Ethne llegó tambaleándose a la calma relativa de los Mares Superiores, en donde las grandes olas parecían amables. El trayecto se realizó rápidamente, muy rápidamente. Durante mucho tiempo los tres permanecieron abrazados al timón, incapaces de comprender que todo había pasado y todavía estaban vivos.
La tormenta se agotó por sí misma, el huracán cedió su lugar a una fuerte brisa. Heath consiguió izar el harapo a que habían sido reducida su vela, después se sentó junto a la caña del timón y colocó su cabeza entre sus rodillas pensando en la forma en que Alor había cogido su mano, cuando pensaba que iba a morir.

IV

¡Esperaré!


Aunque era temprano hacía calor. Los Mares Superiores se extendían a lo largo del ecuador, eran aguas poco profundas, llenas de rocas y cubiertas de sargazos. Se encontraban infestadas de acantilados de barro que se desplazaban de un lugar a otro, dando lugar a un laberinto de lagos y canales sin salida rodeados de montañas.
El viento dejó paso a una calma chicha. Dejaron tras ellos el agua abierta, que se mantenía despejada por las corrientes procedentes del Mar de los Ópalos Matutinos y penetraron en una zona en la que, conforme avanzaban, los sargazos flotantes aparecían cada vez más espesos a su alrededor. Era una llanura de un ocre desvaído, que se removía con su propia vida no inteligente.
El aire olía a podrido.
Bajo la dirección de Heath colocaron la cuchilla para el sargazo en su posición. La gran hoja fue colocada, con abrazaderas sobre la proa. Luego, empleando el timón como si fuera un remo, comenzaron a empujar al Ethne, con el esfuerzo de sus sudorosas espaldas.
Nubes de pequeños dragones de brillantes escamas, al ser molestados por el barco, se levantaron lanzando gritos que parecían silbidos. Este era el territorio en el que se criaban. Se apareaban y hacían sus nidos en los sargazos. El aire, que estaba caliente, se encontraba lleno del sonido que producían sus alas.
Los pequeños dragones se posaban sobre la barandilla, sujetándose a la misma, y les observaban con sus ojos rojos. La criatura que Heath llevaba en su hombro comenzó a emitir chillidos agudos de excitación. El terrestre la lanzó al aire y el pequeño dragón corrió a unirse con sus compañeros.
También había vida bajo los sargazos, criándose en las cálidas aguas estancadas. Esta vida, a la vez multiforme y sin forma, formaba enjambres eternamente hambrientos. Pequeñas criaturas, con forma de reptil, flotaban y se desplazaban sobre los sargazos, comiéndose los huevos de los dragones. Aquí y allá, una oscura cabeza aplastada, rompía la cubierta de juncos y aparecía en el exterior en medio de un crujido, observando al Ethne con unos ojos que no manifestaban ninguna curiosidad, mientras mascaba y tragaba.
Heath seguía continuamente en guardia.
El sol se elevó, por encima de la cubierta de nubes eternas. El calor, reuniendo sus fuerzas, cayó sobre los viajeros. La caña del timón se movía hacia delante y hacia atrás, la cuchilla avanzaba cortando.
Aunque el sargazo había sido cortado, se pegaba al casco y, una vez que la nave pasaba se volvía a cerrar, lentamente, como si los juncos se juntaran y doblaran sobre sí mismos.
Los ojos de Heath se mantuvieron vueltos en la dirección en la que se encontraba Alor.
El terrestre no quería mirar a la mujer ni tampoco recordar la caricia de su mano sobre la suya. Únicamente quería recordar a Ethne, recordar la agonía que había sufrido en medio del Fuego de la Luna y pensar en la recompensa que le esperaba allí, si era capaz de aguantar. ¿Qué podía representar, frente a esta recompensa una prostituta del templo?
Pero siguió mirándola a escondidas. Las blancas piernas de la mujer brillaban con el sudor y sus labios rojos se veían sombríos por el cansancio, pero a pesar de todo se percibía en ella una belleza salvaje y extraña. Una y otra vez su mirada se cruzó con la de la mujer, una mirada rápida que, debajo de las pestañas, se veían llena de pasión. Sus ojos no eran los de una prostituta del templo. En su interior, Heath maldijo a Broca por hacerle pensar en Alor y después se maldijo a sí mismo pues no podía dejar de pensar en la venusiana.
Siguieron esforzándose en la nave hasta que ya no podían permanecer de pie, entonces se tendieron sobre la cubierta y el calor sofocante hizo el resto. Broca tomó a la mujer, la llevó junto a sí y dijo:.
-Dentro de poco todo habrá terminado, dentro de poco alcanzaremos el Fuego de la Luna. Alor, ¡Seguro que te gustará estar casada con un dios!
La mujer rodeada por los brazos de Broca no decía nada, su cabeza se volvió para no verle y no contestó. El bárbaro se rió.
-Seremos dios y diosa, los dos de la misma clase, como lo somos ahora, construiremos nuestros tronos tan altos que hasta el sol podrá contemplarlos.
Giró su cabeza sobre sus hombros, miró intensamente el rostro de la mujer y continuó diciendo:
-Alor, estoy hablando de poder y de fuerza, poseeremos ambos.
Luego cubrió los labios de la mujer con los suyos y la acarició, deliberadamente, de forma posesiva.
Alor lo apartó de su lado diciendo con enfado:
-¡No!, hace demasiado calor y estoy demasiado cansada.
Se levantó y se alejó del lado de Broca, dándole la espalda.
Broca la miró, luego se volvió y miró a Heath. Un oscuro impulso hizo enrojecer su piel. Entonces dijo con lentitud:
-Demasiado calor y demasiado cansada y además el terrestre está mirando.
Estiró sus brazos, acogió a Alor y le hizo girar para darle la cara, con su enorme mano comenzó a jugar con el pelo de la mujer. En el momento en que la tocó Heath saltó y le dijo:
-¡Déjala en paz!
En ese momento Broca le contestó:
-Es mi mujer y sin embargo no la puedo tocar.
Miró los ojos de Alor, que desprendían fuego y preguntó:
-¿Eres mi mujer o no eres mi mujer?.
El bárbaro bloqueó el camino de la mujer, volvió su rostro. Medio ciego de rabia y gritó con voz ronca.
-¿Crees que no te veo? Os estáis mirando el uno al otro todo el día.
En ese momento el terrestre le contestó:
-Estás loco
A esta observación el bárbaro le respondió:
-Sí, lo estoy
Dio dos pasos hacia el lugar en el que se encontraba el terrestre y dijo en tono amenazador:
-Estoy lo bastante loco como para matarte.
En ese momento la mujer habló;
-Si lo haces nunca llegarás a encontrar el Fuego de la Luna.
Broca se detuvo, dudando por un instante entre su pasión y su sueño. Se encontraba de cara a la popa, algo hizo que su mirada se dirigiera más allá de donde se encontraba Heath y entonces, gradualmente, cambió la expresión de su rostro. Heath se giró y Alor emitió un grito apagado.
Muy por detrás de ellos, borrosa en medio del aire saturado de vapores, se podía ver una vela esmeralda.
El Lahal debía haber pasado a través de la Garganta del Dragón nada más que terminó la tempestad. Con hombres remando en los bancos, se había aproximado al Ethne, durante la calma chicha. Ahora la nave también se encontraba en medio de los sargazos y los remos eran inútiles, pero tenía hombres para que la arrastraran remando desde barcas. Se movía más rápido que el Ethne y sin hacer pausas.
A partir de ese momento hubo poco tiempo de descanso para Heath, Broca y la mujer.
Remaron con la barra del timón, toda la tarde sofocante y toda la noche, en la que no se movía el aire, llegando a alcanzar un ritmo monótono y que casi los había hipnotizado, como las bestias que hacen girar siempre monótonamente, la rueda de una noria. Siempre dos estaban remando mientras el tercero dormía.
Broca nunca apartó sus ojos de Alor, con su tremenda vitalidad, parecía que nunca dormía. En los períodos en los que Heath y Alor estaban solos en el remo, procuraban no intercambiar ni palabras ni miradas.
Al amanece vieron que el Lahal se encontraba más próximo.
Broca se acurrucó sobre la cubierta. Levantó su cabeza y miró a la vela verde. Heath se percató de que sus ojos estaban muy brillantes y de que estaba tiritando a pesar del calor bochornoso que hacía.
El corazón de Heath se sobresaltó. Es conocido que en los Mares Superiores las fiebres son endémica y si, como parecía, el gran bárbaro había enfermado, este sería un mal asunto. Heath era casi inmune a las fiebres, pero Broca estaba acostumbrado a aire limpio de las Tierras Altas y el veneno de la fiebre estaba actuando en su sangre.
El bárbaro midió la velocidad que llevaban las dos naves y dijo:
-No tiene sentido que sigamos huyendo, debemos quedarnos aquí y luchar.
A esto Heath le contestó con rabia:
-Pensaba que querías encontrar el Fuego de la Luna, pensaba que eras un hombre lo bastante fuerte como para vencer en los lugares en los que los demás hombres han fracasado, pensaba que ibas a ser un dios.
Broca se puso de pie y le contestó al terrestre:
-Con fiebre o sin fiebre soy más hombre que tú.
-¡Entonces ponte a trabajar!, si seguimos delante de ellos podemos seguir abriéndonos pasos entre los sargazos.
En ese momento Broca le preguntó al terrestre:
-¿Y alcanzar el Fuego de la Luna?
-Sí
-Seguiremos navegando delante de ellos.
Dobló su espalda y siguió remando con la caña del timón, el Ethne siguió arrastrándose hacia delante sobe la capa de sargazos. Su vela doraba, colgaba del mástil con una terrible quietud. El calor apretaba en los Mares Superiores, como si el mismo sol bajara por en medio de la neblina. A popa se podía percibir que el Lahal proseguía su movimiento con regularidad.
La fiebre de Broca fue en aumento, de vez en cuando seguía maldiciendo a Vakor y gritándole a la nave de la vela esmeralda:
-¡Maldito sacerdote, nunca nos atraparás! ¡Yo soy Braca de la tribu de Sarn, te venceré y luego conseguiré el Fuego de la Luna! .¡Pronto yacerás boca abajo, maldito sacerdote, y lamerás mis sandalias antes de morir!
Luego se volvía para mirar a Alor con sus ojos brillando y le decía gritando:
-¡Alor, tú conoces las leyendas!. El hombre que pueda bañarse en el corazón del Fuego de la Luna tendrá el poder de los Elevados, podrá construir un mundo a su conveniencia y ser rey, señor y maestro. Podrá construirle a su divina esposa un palacio de diamantes, con el suelo de oro. Alor, esto es cierto, has oído como los sacerdotes lo decían en el templo.
La respuesta de Alor fue breve:
-Es verdad
-Alor, será un nuevo mundo. Un mundo que será nuestro.
El bárbaro hizo, con un esfuerzo frenético, que el pesado remo que era el timón, girara. Una y otra vez el misterio del Fuego de la Luna pasó por la mente de Heath. ¿Por qué, si los sacerdotes conocían la ruta hasta donde se encontraba el Fuego de la Luna, no habían ido hasta allí y se habían convertido en dioses?,¿ Por qué ningún hombre había vuelto de allí siendo un dios?
Sólo unos pocos, un puñado de hombres como el mismo, se habían aproximado, pero no habían tenido el valor de llegar hasta el final del camino.
Y sin embargo, allí había algo divino. Lo sabía porque en su interior había una sombrad e algo que era más que humano.
Conforme transcurría el interminable día, la vela esmeralda estaba cada vez más cerca.
Hacia la mitad de la tarde, se produjo un repentino revoloteo de los pequeños dragones, luego todos los seres vivientes que se encontraban entre los sargazos quedaron como paralizados. Las criaturas semejantes a reptiles quedaron inmóviles, con huevos de dragón sin romper entre sus mandíbulas. Ninguna cabeza apareció en la superficie del agua para alimentarse. Cuando la bandada de dragones se alejó volando, formando una nube en la que se oían algunos silbidos, todo quedó en completo silencio.
Heath se inclinó sobre el timón y lo detuvo., luego les dijo a sus compañeros:
-Quedaros en silencio y mirad hacia allí.
La pareja siguió con la vista la mano del terrestre. Muy lejos, en la dirección de proa, hacia babor, sobre los sargazos, se dirigía hacia ellos una gran ondulación, era una cresta tan grande como si el mismo fondo de los Mares Superiores estuviera en movimiento. Alor susurró:
-¿Qué es eso?
La mujer vio el rostro de Heath y se calló.
De forma como indolente, pero con increíble velocidad, la cresta llegó al lugar en el que se encontraban. Heath tomó un arpón del cajón de popa. Observó el movimiento de los sargazos, viendo como disminuían gradualmente su velocidad y finalmente se detenían con un aspecto de rompecabezas.
Entonces el terrestre arrojó el arpón, con toda la fuerza que tenía y aun más, tan lejos del barco como pudo.
La cresta comenzó a moverse nuevamente, se alejaba de ellos y se aproximaba rápidamente al lugar en el que había caído el arpón. Heath dijo:
-Atacarán cualquier cosa que se mueva, nos ha perdido porque nos hemos detenido, observad.
Los sargazos se elevaron y luego, de repente, se rompieron dejando un espacio despejado, los juncos unidos entre sí se deslizaron sobre un titánica espalda cubierta de escamas. Parecía que la inmensa criatura no tenía forma, no tenía cabeza distinguible. Era simplemente una inmensa y hambrienta negrura que se extendía en todas direcciones. Los desgraciados animales que se encontraban a su alrededor silbaban y se agitaban en sus inútiles esfuerzos por escapar, antes de ser engullidos por este ser y desaparecer. Nuevamente Alor susurró
-¿Qué es esto?
A esta pregunta el terrestre le respondió:
-Es uno de los Guardianes. Los Guardianes de los Mares Superiores. Destrozarán cualquier barco hasta dejarlo reducido a astillas y se comerán a su tripulación.
Miró hacia atrás al Lahal, también se había detenido por completo. El astuto Vakor también había olido el peligro. Heath dijo a continuación:
-Tendremos que esperar hasta que se vaya.
Esperaron. La enorme y oscura forma sorbía y daba sacudidas entre los sargazos y no parecía tener prisa en retirarse.
Broca se sentó mirando a Heath. Tenía mucha fiebre y sus ojos estaban enloquecidos. Comenzó a hablar en voz baja consigo mismo, se trataba de una serie de sonidos incoherentes entre los cuales únicamente se distinguía el nombre de Alor y la palabra Fuego de la Luna.
De repente y con una claridad asombrosa dijo:
-El Fuego de la Luna no significa nada para mí, si no tengo a Alor.
Repitió varias veces ¡nada!, cada vez que repetía la palabra se golpeaba las rodillas con sus enormes puños.
Luego comenzó a mover su cabeza ciegamente de un lado para otro, como si estuviera buscando algo, tras un tiempo dijo:
-Se ha ido, Alor se ha ido, se ha marchado con el terrestre.
Alor le habló al bárbaro, tocándole, pero Broca la apartó. En su cerebro enloquecido por la fiebre, sólo había sitio para una verdad. Se levantó y se dirigió hacia David Heath.
Heath se levantó y le gritó al bárbaro:
-¡Broca! ¡Alor está detrás de ti, no se ha marchado!
Broca no oía nada, no nada le detuvo. Alor volvió a gritar:
-¡Broca!
Entonces Broca contestó a la mujer que creía le había abandonado:
-No, tú le amas a él. Tú ya no eres mía. Cuando me miras yo no soy nadie para ti, ya no hay ninguna pasión en tus labios.
Siguió avanzando hacia donde se encontraba David Heath, estaba ciego y sordo para todo, salvo para la idea de que su vida había sido desgarrada, despreciada y destruida.
En el pequeño espacio que se encontraba detrás de la cubierta no había mucho espacio para moverse. Heath no quería pelear. Procuró sujetar al gigante enfermo pero Broca le empujó contra la barandilla. Tuviera o no tuviera fiebre Heath tenía que luchar contra él y el hecho de que estuviera enfermo no suponía una gran ventaja para el terrestre porque el bárbaro no sentía el dolor.
El enorme peso del venusiano aplastó a Heath contra la barandilla, he hizo que su columna vertebral se doblara casi hasta romperse; las manos de Broca alcanzaron la garganta del terrestre.
Heath le golpeó una y otra vez, preguntándose si habría recorrido tan largo camino para morir de esta forma en una pelea sin sentido a causa de una mujer.
De repente, se dio cuenta de que Broca estaba aflojando la presión que ejercía sobre él, deslizándose hacia atrás por la cubierta. A través de una neblina vertiginosa vio a Alor, de pie con un gancho de abordaje en su mano.
Heath comenzó a temblar, en parte como reacción a la situación por la que había pasado pero principalmente por la furia que sentía de haber necesitado la ayuda de una mujer para salvar su vida. Broca yacía quieto en la cubierta respirando pesadamente. Heath dijo cortésmente:
-Gracias, es una pena que le hayas tenido que golpear, no sabía lo que estaba haciendo.
Sin alzar la voz Alor preguntó:
-¿Estás seguro de que no sabía lo que hacía?
Heath no le respondió y comenzó a alejarse de la mujer, entonces ella le hizó dar la vuelta y le obligó a mirar su rostro. Luego le dijo:
-Es muy verosímil que encuentre la muerte en el Fuego de la Luna, yo no tengo la fe en mi fuerza que tenía Broca, por ello te lo voy a decir ahora: David Heath, te quiero, no me importa lo que pienses o hagas sobre esta cuestión, te seguiré queriendo.
Sus ojos buscaron el rostro del terrestre, como si quisiera grabar en su cerebro cada línea y cada plano de su cara. Luego le besó y sus boca era tierna y muy dulce.
Alor dio un paso hacia atrás y dijo en voz baja:
-Creo que el Guardián se ha ido, el Lahal sigue nuevamente su ruta.
Sin decir una palabra Heath la acompañó hasta el timón, los besos de la mujer le quemaban los labios, como si fueran un dulce fuego. El terrestre estaba emocionado y totalmente confundido.
Los dos siguieron trabajando conjuntamente mientras Broca dormía, no se atrevieron a hacer ninguna pausa, Heath podía distinguir ahora a los hombres que se encontraban a bordo del Lahal, eran pequeñas figuras dobladas que remaban y remaban, siembre había remeros para sustituir a los cansados.
Podía ver las túnicas negras de los Hijos de la Luna que se encontraban esperando su momento en la parte delantera de la cubierta.
Conforme pasaban las horas, el Ethne se movía cada vez más despacio y por tanto la distancia entre las dos naves era cada vez más pequeña. Llegó la noche y en medio de la oscuridad pudieron oír la voz de Vakor que aullaba tras ellos.
Broca se levantó alrededor de la media noche, la fiebre se había retirado pero le había dejado hosco y silencioso. Apartó con brusquedad a Alor y tomó el timón. El Ethne aumentó su velocidad. Le preguntó al terrestre:
-¿Cuánta distancia les sacamos?
A esta pregunta Heath respondió:
-Por ahora no mucha.
Cuando llegó la aurora todavía no habían salido de la zona cubierta de sargazos. El Lahal se encontraba ahora tan cerca de ellos que Heath podía ver la enjoyada diadema que cubría la frente de Vakor. El sacerdote estaba solo, en la abrazadera superior de la cuchilla que se abría paso entre los sargazos, les estaba mirando mientras se reía. Les gritó a los tripulantes del Ethne:
-¡Trabajad! ¡Esforzaos y sudad!. Alor, prostituta de los jardines ¿Es esto mejor que el templo?. Broca, caudillo e infractor de la ley ¡Pon aquí tus músculos en tensión!. Y tú, terrestre ¡Por segunda vez desafías a los dioses!
Se inclinó sobre la superficie de sargazos, como si quisiera adelantarse y atrapar el Ethne con sus manos desnudas y arrastrarlo hacia su barco.
-¡Sudad y esforzaos perros! ¡No podéis escapar!.
Sudaron y se esforzaron, pero en la nave perseguidora turnos de hombres descansados remaban con las largas palas, rompiéndose las espaldas para ir más deprisa, siempre más deprisa. Desde su elevada posición Vakor se reía, le parecía inútil que el Ethne prosiguiera la carrera que ya tenía perdida.
Pero Heath miraba hacia delante, sus hundidos ojos ardían. Vio como se levantaba la niebla y se arremolinaban en dirección al norte, vio como cambiaba el color de los sargazos, urgió a sus compañeros a proseguir su esfuerzo. Ahora estaba furioso, su mirada era más brillante y más dura que la de Broca.
Su furia le convertía en un hombre de hierro, al que ni los propios dioses impedirían alcanzar el Fuego de la Luna.
Seguían manteniendo la delantera, pero una delantera tan escasa que el Lahal se encontraba ya casi a tiro de flecha de ellos. En ese momento los sargazos comenzaron a escasear y el Ethne comenzó a alejarse de su perseguidor, primero poco a poco y después rápidamente, antes de que se pudieran dar cuenta, ya se encontraban en aguas abiertas.
La corriente se fue haciendo cada vez más fuerte, mientras abigarrados peces de color dorado bailaban en el agua. El rostro de Heath adoptó un extraño e inhumano aspecto. Los remos del Lahal se hundían sin tregua en el mar. Ahora, en la parte delantera de la cubierta estaban dispuestos arqueros, preparados para disparar en cuanto la presa se encontrara a su alcance.
Luego, de forma increíble, Vakor lanzó un potente grito que retumbó durante largo tiempo. Bajó su mano y los remos se detuvieron. El sacerdote cruzó sus brazos sobre su cabeza, apretó sus puños y lanzó una terrible maldición.
¡Os esperaré blasfemos!, ¡Si conseguís salir vivos de ahí, yo estaré aquí esperándoos!
La vela esmeralda fue disminuyendo de tamaño tras la estela del Ethne, se hizo borrosa y finalmente se desvaneció entre la niebla. Broca dijo:
-No tenían atrapados, ¿por qué nos dejaron escapar?
Heath señaló con su mano hacia delante, hacia el norte cubierto de niebla, en donde se empezaba a vislumbrar un fuego dorado y contestó a la pregunta del bárbaro:
-¡El Fuego de la Luna!

V

En el interior del Fuego de la Luna


Este era el sueño que había conducido a Heath al borde de la locura, la pesadilla que le acechaba por las noche, el recuerdo que le había hecho volver allí, a pesar del terror que sentía y de la certeza de su destrucción.
Ahora se encontraba inmerso en una realidad que era incapaz de separar de su sueño.
Una vez más observó como cambiaba el mar, hasta que el Ethne no se deslizó ya sobre el agua, sino sobre un líquido dorado, que se adhería a su casco como si fuera un ola de fuego. Una vez más la brillante niebla le envolvió.
Notó en su sangre el primer escalofrío, todavía muy débil y supo lo que vendría después. El placer que le haría pasar del éxtasis al dolor insoportable. Vio las islas oscuras, bajas y negras, un laberinto a través del cual un barco podía navegar durante toda la eternidad, sin encontrar nunca la fuente de la que manaba aquella maravillosa luz viviente.
Vio los pecios de los barcos que habían perecido en la búsqueda, yacían sobre las playas de las islas, formando la niebla que les envolvía, un brillante sudario. No había muchos, algunos eran tan antiguos que la raza que los construyó ya había desaparecido de la memoria de Venus.
La silenciosa belleza de fuera de este mundo apretó el corazón de Heath que temió morir allí y no poder satisfacer sus deseos, la terrible ansia que le embargaba.
Broca aspiró el aire hasta lo más profundo de sus pulmones, como si pensara que así podía conseguir el poder del Fuego de la Luna. Luego preguntó:
-¿Puedes volver a encontrarlo?, me refiero al corazón del Fuego de la Luna.
-Sí, puedo encontrarlo.
Alor permanecía en silencio y sin moverse. A la luz que se filtraba entre la niebla, parecía enteramente de plata, punteada de pavesas doradas. Heath dijo en aquel momento:
¿Tienes miedo de romper el tabú?
La mujer le respondió:
-Es difícil abandonar las creencias de siempre.
En ese momento Heath le preguntó:
-¿Qué es el Fuego de la Luna? ¿Qué te han dicho los sacerdotes sobre él?
-Los sacerdotes dicen que Venus tuvo una luna en la antigüedad, que giraba alrededor del planeta a través de la capa de nubes, como si fuera un disco de fuego. El dios que habitaba en esta luna era superior a todos los demás dioses. Este dios observaba la superficie del planeta y todo lo que se hacía sobre su superficie. Sin embargo, los dioses menores estaban celosos de él y un día, fueron capaces de destruir el palacio del dios de la Luna.
-Todo el cielo de Venus se iluminó por esta destrucción. Las montañas se hundieron y los mares se desbordaron fuera de sus lechos, naciones enteras perecieron.
-El dios de la Luna pereció, su cuerpo brillante cayó a través de las nubes, como si fuera un meteoro.
-Pero un dios no puede morir realmente, sólo duerme y espera. La niebla dorada es el aliento de su respiración, el brillo de su cuerpo es el Fuego de Luna. Un ser humano puede alcanzar la divinidad en el corazón del dios de la Luna que ahora duerme. Pero ten en cuenta que todos los demás dioses de Venus maldecirán a quien lo intente, porque el hombre no tiene derecho a robar sus poderes.
Cuando Alor terminó de hablar Heath le preguntó:
-¿Tú te crees esta historia?
La mujer se encogió de hombros y le contestó al terrestre.
-Tú eres el que ha visto el Fuego de la Luna, los sacerdotes no lo han visto.
Heath explicó lo que había sucedido.
-Yo no llegué al corazón del Fuego de la Luna, únicamente llegué a ver el borde del cráter y la luz que brota de allí, la adorable luz infernal que sale de aquel lugar.
Se detuvo, temblando y con sudores, como le había sucedido antes tantas veces, al razonar sobre la realidad que existía detrás del misterio del Fuego de la Luna. Entonces, lentamente, midiendo sus palabras, dijo:
-Por supuesto existió una luna, pues de no haber sido así, no hubiera podido aparecer una en las leyendas de este planeta. Creo que fue radiactiva, pero que la radiación la produce algún elemento que no ha sido descubierto todavía ni en la Tierra ni en Marte.
A la observación del terrestre Alor contestó:
-No te entiendo, ¿Qué quiere decir la palabra “radiactiva”?
Empleó la palabra terrana, la que había empleado Heath, ya que en venusiano no existía ningún vocablo para este concepto. El terrestre le respondió:
-Es una especie extraña de fuego que arde en ciertos elementos, los va consumiendo alimentándose de sus átomos, la radiación que emana de este fuego es muy poderosa.
Por un instante permaneció silencioso y con los ojos medio cerrados, luego le preguntó a la mujer:
-¿Puedes sentirlo? ¡Es un fuego que quema tu propia sangre!
Con un susurro Alor le respondió.
-Sí, ahora puedo sentirlo.
Broca se incorporó a la conversación añadiendo:
-Es como el vino.
Heath prosiguió hablando expresando con palabras ideas que llevaba en la cabeza desde hacía mucho tiempo:
-La luna fue destruida, pero no por dioses celosos sino por la colisión con otro cuerpo celeste, quizá un asteroide, o quizá explotó en pedazos por la misma energía que brillaba en su interior. Creo que un fragmento de la luna sobrevivió y cayó aquí; su radiación se difundió alrededor y modificó el mar y el aire que lo rodeaba.
-En la misma forma la radiación modifica a las personas, parece alterar toda la configuración eléctrica del cerebro, amplificando su poder para colocarlo más allá de la potencia de un cerebro humano. Le da a la mente fuerza suficiente como para poder controlar los electrones libres que se encuentran en la atmósfera y con ellos crear...
Se detuvo y luego, en voz baja, terminó su explicación.
En mi caso únicamente he llegado a crear sombras. Cuando esta mutación ocurre, un hombre no tiene necesidad de que los dioses de Venus le maldigan. Yo sólo llegué a crear una sombra y esto ya fue demasiado par mí.
Entonces Broca dijo:
-Vale la pena soportar el dolor si así llegas a ser un dios, tu no tuviste la fuerza suficiente.
Heath sonrió con la boca torcida, luego miró al bárbaro y le contestó:
-¿Cuántos dioses han salido del Fuego de la Luna?
Broca le respondió inmediatamente.
-Pronto habrá uno.
Luego tomó a Alor por los hombros, la atrajo hacia sí y mirándole profundamente en el rostro dijo:
-No, no habrá uno sino que habrá dos.
Heath añadió:
-Quizá haya tres.
Broca se volvió y la lanzó una fría mirada a la vez que decía:
-No creo que tu fuerza, ahora, sea mayor que antes.
Después, durante un rato los dos hombres permanecieron silenciosos. El Ethne seguía avanzando, deslizándose sobre las lentas corrientes que se movían entre las islas. A veces remaban con la gran pala del timón oculto entre la espuma que brillaba como si fuera un fuego. El resplandor dorado seguía fulgurando cada vez más, también la sangre les hervía cada vez más.
Heath permanecía de pie y manifestando la fuerza que había recobrado, junto al timón, el viejo Heath que había navegado por entre los estrechos de Lhiva, arrastrado por las fauces de una galerna de verano y se había reído de su hazaña. Aunque ahora se encontraba lleno de heridas, de dolor y de debilidad, estaba nuevamente al timón.
Lo mismo les pasaba a los demás, Alor permanecía con la cabeza en alto y Broca daba saltos junto al mascarón de proa, lanzando un gran grito, un desafío a los dioses que se encontraran allí con intención de detenerles.
Si pretenderlo Heath se encontró a sí mismo, mirando a Alor a los ojos. Ello sonrió y esta sonrisa fue una mezcla de lágrimas, ternura y despedida. La mujer le susurró:
-Pienso que ninguno de nosotros sobrevivirá, David, quizá consigas encontrar su sombra antes de morir.
Luego Broca se volvió hacia donde se encontraban y una vez más la magia del momento se perdió.
En el interior del velo que recubría el Fuego de la Luna, no había ni noche ni día ni tiempo. Heath no tenía ni idea de cuanto tiempo hacía que el largo casco color púrpura del Ethne navegaba por la corriente dorada.
La fuerza, que parecía zumbar, se extendía a lo largo de todo su cuerpo, pulsando y fortaleciéndolo hasta que llegó a estar borracho de placer. Las islas se deslizaban, no había ningún sonido ni ningún movimiento, salvo el propio del solemne mar.
Finalmente se encontraron delante del brillo sobrenatural que manaba del corazón del Fuego de la Luna, el núcleo vivo de la niebla brillante. Vieron la tierra alzándose oscura y borrosa, sumergida en la neblina cuyo resplandor quemaba y se dirigieron hacía este núcleo a través de un camino que del que se acordaba el terrestre. Ahora Heath ya no tenía miedo, se encontraba más allá del terror.
De repente Broca lanzó un grito:
-¡Un barco!
Heath asintió a lo que decía el bárbaro diciendo:
-Ese barco estaba allí antes que nosotros y seguirá en el mismo sitio cuando el próximo hombre encuentre el camino que conduce aquí.
Dos largos promontorios de la isla se extendían formando una escabrosa bahía. El Ethne penetró en esta abrupta ensenada. Pasaron junto al barco abandonado que flotaba pacientemente, estando allí protegido del viento, la marea o la podredumbre del océano.
Su vela azul se encontraba plegada, sus aparejos limpios y dispuestos para navegar. El barco esperaba para iniciar el viaje de vuelta a casa. Podía esperar tiempo, muchísimo tiempo.
Cuando se aproximaron a la costa vieron otros barcos. No se habían movido ni habían cambiado desde que Heath los había visto la otra vez que estuvo allí, tres años antes.
Eran muy pocos los que habían vivido para encontrar la Garganta del Dragón y franquearla, sobrevivido a los Mares Superiores y al laberinto de islas del Fuego de la Luna y finalmente, alcanzar su objetivo. Algunos barcos flotaban en el mismo lugar en que sus tripulaciones los habían abandonado y sus tristes velas caían desde los mástiles.
Otros barcos yacían, volcados sobre sus costados, embarrancados en la playa, como si estuvieran durmiendo. Había antiguas y extrañas quillas que no se habían visto en los mares de Venus desde hacía mil años. La niebla dorada los preservaba, los barcos esperaban el retorno de sus señores como si se tratara una manada de perros fieles.
Heath llevó el Ethne al mismo lugar de la costa al que lo había llevado la otra vez que estuvo allí. La nave llegó gentilmente a la orilla y el terrestre los condujo a la playa. Recordó la extraña textura de la arena negra bajo sus pies.
Estaba sorprendido por la fuerza que latía a través de su sangre. Al igual que sucedió la otra vez la sensación que sentía estaba muy próxima al dolor.
El terrestre dirigía la marcha hacia el interior, nadie pronunció una sólo palabra.
La niebla, llena de chispas de luz que no paraban de bailar, se espesaba alrededor de los caminantes.
Perdieron de vista la bahía, oculta por una cortina de niebla. Siguieron caminando hacia delante y notaron que el terreno comenzaba a elevarse lentamente bajo sus pies.
Se movían como si se encontraran en medio de un sueño, la luminosidad y el silencio les causaban tal respeto que les oprimía.
Llegaron ante el cadáver de un hombre.
Yacía boca abajo con los brazos extendidos hacia el misterio que se encontraba más adelante, sus manos todavía se alargaban hacia la gloria que nunca alcanzarían. Lo dejaron que siguiera descansando en paz.
La niebla era cada vez más densa y el brillo más fuerte, las pequeñas pavesas doradas giraban, mientras su luz disminuía y aumentaba en una danza de locura. Heath escuchó la voz del dolor que le hablaba desde su interior, aumentando con cada paso que daba hacia un grito sin sonido.
¡Recuerdo! ¡Recuerdo!, Los huesos, la carne, el cerebro, cada átomo de su cuerpo era una llama separada de las demás, quemando y desgarrando para independizarse de las otras. No puedo continuar, ¡no puedo aguantarlo!, pronto me despertaré y estaré seguro, tirado en el barro que está detrás de la casa de Kalruna.
Pero no se despertaba y el suelo seguía elevándose firmemente bajo sus pies. No taba una locura en su interior, una pasión y un sufrimiento que se encontraban más allá de la fortaleza y el aguante de los seres humanos. Sin embargo él todavía lo soportaba.
Las pavesas que giraban comenzaron a estructurarse formando vagas figuras sin forma, gigantes inmensos que caminaban a su alrededor.
Heath oyó a Alor sollozar de terror y se obligó a sí mismo a decir:

-No son nada, no existen, son sombras de nuestras propias mentes. El comienzo del poder.
Siguieron caminando hacia delante, cada vez más hacia delante. Finalmente Heath se detuvo, levantó su brazo para señalar, miró a Broca y le dijo:
-Tu divinidad se encuentra delante de ti ¡ve y tómala!
Los ojos del bárbaro tenían un aspecto salvaje y estaban deslumbrados, fijos en la oscura línea, entrevista a distancia, que marcaba el borde del cráter, fija en la gloria increíble que allí brillaba. Susurró.
-Late, como el latido de un corazón.
Alor retrocedió, alejándose de él y mirando a la luz, luego dijo:
-Tengo miedo, no iré.
Heath vio que el rostro de la mujer tenía un aspecto agonizante y su cuerpo se veía encogido, como el suyo propio. La vos de Alor se levantó formando un gemido.
-¡No puedo ir!, ¡Tampoco puedo seguir aquí! ¡Me estoy muriendo!
De repente tomó las manos de Heath y le suplicó:
-¡David llévame de vuelta!¡llévame de vuelta, por favor!
Antes de que pudiera pensar o hablar Broca había apartado a Alor de su lado y le había propinado al terrestre un golpe muy fuerte. Heath cayó al suelo y lo último que alcanzó a oír fue la voz de la mujer llamándole por su nombre.

VI

El fin de un sueño


Heath no permaneció mucho tiempo inconsciente, cuando pudo alzar la cabeza aún podía ver a los otros a distancia. Broca corría como un loco subiendo por la cuesta del cráter, llevando a Alor en su brazos. Con in aspecto fantasmal y como indiferente, permaneció un instante en el borde y luego saltó al interior desapareciendo.
Heath se encontraba solo.
Todavía yacía en el suelo, luchando por poner su mente en orden, luchando contra la tortura de su carne. Susurró para sí mismo:
-Ethne, Ethne, es el final del sueño.
Comenzó a arrastrarse, pulgada a pulgada, cada una de ellas más dolorosa que la anterior, hacia el corazón del Fuego de la Luna.
Ahora se encontraba más próximo a su destino de lo que lo había estado la vez anterior. La extraña y gruesa tierra cortaba sus manos y sus rodillas desnudas. La sangre le manaba por varias heridas, pero el dolor que esto le producía era como el pinchazo de un alfiler comparado con la agonía cósmica del Fuego de Luna.
Broca también debía haber padecido, aunque había ido corriendo a enfrentarse con su destino. Quizá su sistema nervioso era menos delicado, más hecho a soportar los golpes de dolor, o quizá era simplemente que el ansia de poder le arrastraba.
Heath no tenía ningún deseo de poder, tampoco quería ser un dios. Lo único que deseaba era morir y sabía que lo conseguiría muy pronto. Pero antes de morir quería realizar la tarea en la que había fracasado la vez anterior.
Quería que Ethne regresara, quería volver a oír su voz nuevamente, y mirar en sus ojos, y poder esperar juntos el inmediato y oscuro final.
La imagen de la amada se desvanecería con su muerte, para entonces su mente y su recuerdo habrían desaparecido.
Sin embargo el no volvería a ver la vida brotar del cuerpo de su amada, como en los años pasados en el mar de los Ópalos Matutinos. Ethne, o más bien su imagen, estaría con Heath hasta el fin, dulce amable y contenta, como siempre había sido.
Conforme se iba arrastrando decía una y otra vez su nombre. Procuró no pensar en ninguna otra cosa con el fin de poder olvidar las cosas terribles e inhumanas que estaban sucediendo en su interior. Susurró:
-Ethne, Ethne.
Su manos se agarraron a la tierra y sus rodillas se arañaron sobre el áspero suelo. El fulgor del Fuego de la Luna le envolvía en dorados penates de niebla.
Sin embargo no se detuvo, aunque notaba como le estaban arrancando el alma.
Llegó al borde del cráter y miró hacia abajo, hacia el corazón del Fuego de la Luna.
Todo el vasto cráter era un mar de brillante vapor, tan denso que formaba pequeñas olas onduladas al moverse, las olas estaban cubiertas de espuma chispeante. En el interior de este mar había una isla, con la forma de una montaña caída que hubiera ardido con cegadora intensidad, con una intensidad tal que sólo los ojos de un dios soportarías contemplar semejante fuego.
La isla flotaba sobre las nubes como si fuera un disco de fuego.
Heath se dio cuenta de que su teoría era correcta. Pero ya nada importaba. Fuera el cuerpo de un dios durmiente o los últimos restos de una luna caída, serviría para traer de vuelta a Ethne y esto era lo único que le importaba.
Se obligó a sí mismo a arrastrarse hasta el borde y allí se dejó caer hacia abajo de la cuesta que se encontraba en la cara interior del borde del cráter. Gritó cuando el vapor lo envolvió y se cerró a su alrededor.
Después llegó un período en el que todo resultaba extraño.
Parecía como si alguna fuerza separara los átomos que componían el organismo llamado David Heath y los volvía a ordenar de diferente forma. Había una lucha, una agonía mucho más fuerte que las que había conocido anteriormente. De repente el dolor desapareció. Sintió su cuerpo entero y lleno de bienestar, su mente despierta, alerta y clara, con la conciencia recién adquirida de su nuevo poder.
Miró hacia abajo, hacia sí mismo, acarició con sus manos su nuevo rostro. No había cambiado, pero sin embargo, notaba que era diferente. Esta vez había adquirido toda la fuerza de la radiación y, a lo que se veía, había terminado la mutación que se había iniciado varios años antes. Quizá no era el mismo David Heath, pero lo que sí era seguro es que ya no se hallaba atrapado en la tierra de nadie entre su antigua condición y la presente.
Ya no volvió a sentir que iba a morir y tampoco deseó terminar su existencia. Se encontraba lleno de fuerza y presa de una gran alegría. Podía conseguir que Ethne volviera de nuevo junto a él. Juntos podrían vivir aquí, en el dorado jardín del Fuego de la Luna.
Tendría que ser allí, estaba seguro de esto. Antes sólo había llegado a estar en el borde del Fuego de la Luna, pero no creía que esta fuera la única razón por la que no podía crear nada más que sombras. No había suficiente concentración de energía bruta sobre la que el poder electrocinética de su mente pudiera actuar.
Probablemente, no existiera el número de electrones libres suficientes en las nieblas que rodeaban al Fuego de la Luna por su exterior.
Pero aquí, junto a la fuente, el aire estaba cargado con estos electrones. Esta era la sustancia bruta a partir de la cual se creaba la materia, dispuesta a ser formada y moldeada.
David Heath se puso de pie. Alzó su cabeza y extendió longitudinalmente sus brazos. Así, erguido, brillante y fuerte permaneció en medio de la luz viviente. Su oscuro rostro era el rostro de un dios feliz. Entonces susurró:
-Ethne, Ethne. Este no es el fin de un sueño ¡es el comienzo!
En ese momento ella apareció.
Con el poder, la fuerza exultante que se encontraba en él, Heath la creó a partir del Fuego de la Luna. Una Ethne delgada y sonriente, primeramente indistinguible, una sombra entre la niebla, pero cuyos rasgos fueron dibujándose cada vez más, siendo más nítidos conforme transcurría el tiempo. La mujer se dirigió hacia él. Podía observar sus piernas blancas, la pálida llama de su cabello, su roja boca, audaz y dulce, sus ojos ardientes.
Heath la recibió con un grito, No era Ethne quien permanecía ante él. Era Alor.
Durante un tiempo no pudo moverse, sino que permaneció fijo observando su creación. La aparición le sonrió y su rostro era la cara de una mujer que ha encontrado el amor y junto a él el mundo entero. El terrestre dijo:
-No, no eres tú a quien yo quiero, ¡yo amo a Ethne!
Rechazó en su mente el pensamiento de Alor, entonces la imagen comenzó a difuminarse. Heath nuevamente volvió a llamar a Ethne a su lado.
Cuando la imagen volvió a aparecer nuevamente era la de Alor, no la de Ethne.
Destruyó la visión y lleno de una rabia y un disgusto casi demasiado grande para soportarlos comenzó a vagabundear por entre la niebla. ¡Alor!¡Alor! ¿Por qué esta prostituta de los jardines del templo le obsesionaba?
La odiaba, sin embargo su nombre cantaba en su corazón y no era posible silenciar ese canto. No podía olvidar como le había besado, como sus ojos le habían mirado entonces y sobre todo que su último grito le había sido dedicado a él.
No podía olvidar como su propio corazón había formado la imagen de Alor, mientras que sólo su mente, su mente consciente, había pronunciado el nombre de Ethne.
Se sentó, dobló su cabeza sobre sus rodillas y lloró. Lloró porque se había dado cuenta de que había llegado al final de su sueño. Había perdido para siempre a su antiguo amor, sin ni siquiera haberse dado cuenta de ello. Era algo cruel, pero era verdad. Tenía que aceptar esta situación.
Ahora Alor podía estar muerta.
Este pensamiento, hundiéndose en su tristeza, hizo que la olvidara. Se levantó de un salto, asustado, se puso en pie mirando salvajemente a su alrededor. El vapor era como agua dorada de forma que sólo podía ver unos pocos pies delante de donde se encontraba.
Comenzó a correr gritando el nombre de la mujer.
Corrió buscándola durante un período de tiempo tal, tal que en aquel lugar intemporal, podía haber durado siglos. No hubo ninguna respuesta a sus gritos. A veces pudo vislumbrar una figura borrosa ocultándose en la niebla y pensó que por fin la había hallado, pero todas las veces, cuando se acercó, pudo comprobar que se trataba del cadáver de un hombre, muerto Dios sabe cuantos siglos antes.
Todos los cadáveres eran parecidos, estaban consumidos, como si hubieran muerto de hambre. Parecía como si sus ojos abiertos, siguieran contemplando las perdidas visiones.
Estos eran los dioses que había producido el Fuego de la Luna, el puñado de hombres que a través de las edades habían conseguido completar el camino hasta el destino final.
Heath se dio cuenta de la crueldad del chiste. Un hombre podía encontrar la divinidad en el lago dorado. Podía crear su propio mundo en su interior. Pero no podía abandonar el lago, pues hacerlo suponía abandonar el mundo del que era rey y dios. Aquellos hombres lo debían haber comprendido, pues habían iniciado el camino de vuelta hacia el puerto, alejándose de la fuente de la radiación.
O quizá tampoco era esto, quizá ellos nunca intentaron abandonar el lago dorado.
Heath prosiguió por entre la hermosa y permanente niebla dorada, gritando el nombre de Alo, pero no hubo respuesta. Comprendió que cada vez le era más difícil mantener en su cerebro cual era el objeto de este viaje. Vagas imágenes medio formadas se arremolinaban a su alrededor. Cada vez se encontraba más excitado, sentía en su interior la necesidad de detenerse y definir las visiones que tenía a su alrededor, es decir de construir y crear.
Luchó contra esta tentación, pero llegó un momento en el que no tuvo más remedio que detenerse, porque se encontraba demasiado agotado para continuar. Se derrumbó, a la vez que comenzaba a estar consciente de que su búsqueda era cada vez más desesperanzada.
Alor se había ido y nunca más la encontraría.
Completamente derrotado se acurrucó allí mismo, con el rostro enterrado entre sus manos, pensando en ella. Un momento después oyó su voz llamándole por su nombre. Se levantó de un salto y ella estaba aquí, tendiendo las manos en la dirección en que él se encontraba.
La cogió, la abrazó, le tocó el cabello y la besó, medo llorando de alegría por haberla encontrado. De repente un pensamiento recorrió su mente. Se apartó y le dijo:
-¿Tú eres la verdadera Alor o una sombra de mi mente?
La mujer no respondió, mantuvo su cara junto a la suya y le besó de nuevo.
Heath se giró, demasiado cansado y falto de esperanza como para destruir esta visión. Luego pensó:
¿Por qué la iba a destruir? Si he perdido a la mujer ¿Por qué no voy a guardar el sueño?.
La volvió a mirar yu seguía siendo Alor, recubierta de carne y con sus ojos ardientes.
La tentación recorrió su cuerpo y esta vez no intentó resistirse. Era un dios, tanto si lo quería como si no. Se dedicaría a crear .
Lanzó toda la fuerza de su mente contra la niebla dorada, la intoxicación que le produjo la constatación de su gran poder le hizo sentirse borracho y loco de alegría.
La nube brillante se retiró hacia atrás, convirtiéndose en un horizonte y un cielo. Una isla creció a los pies de Heath, tierra dulce y caliente, rica en césped y punteada de flores, un paraíso perdido en medio de un mar de sueños. Pequeñas olas susurraban en las amplias playas, las ramas de los árboles de liha se removían perezosamente por el viento, mientras pájaros brillantes volaban a la vez que cantaban.
Abrigado cómodamente en una pequeña cueva flotaba un barco, se trataba de una nave tan hermosa que, sin lugar a dudas, podía haber sido construida por los propios ángeles.
La perfección es el anhelo inalcanzable que cada alma lleva en su interior, y ¡David Heath la había alcanzado!. Además, Alor se encontraba allí con él para compartirla.
Ahora, el terrestre sabía porqué nadie había vuelto al mundo exterior desde donde se hallaba el Fuego de la Luna.
Cogió de la mano a la visión de Alor y comenzó a pasear con ella a lo largo de las playas. Hasta que se dio cuenta de que había perdido algo. Sonrió y nuevamente el pequeño dragón cabalgó sobre su hombro, le dio un pequeño golpecito y sintió que en aquellos Campos Elíseos no había ningún defecto.
David Heath había encontrado la divinidad.
Pero algún testarudo rincón de su mente, le traicionó susurrándole:
-Todo esto es una mentira, Alor te está esperando, si te demoras, tú y ella seréis igual que todos esos otros, que han muerto sonriendo en el Fuego de la Luna.
El hombre de la Tierra no quería escuchar. Era feliz, sin embargo, algo hizo que tuviera que escuchar a la voz de su interior que le decía que en tanto la verdadera Alor estuviera viva no debía contentarse con sólo un sueño, una copia generada por su mente de la auténtica Alor.
Se dio cuenta de que debía destruir este paraíso antes de que aquel paraíso lo destruyera a él. Sabía que el Fuego de la Luna era algo mortal.
Los hombres no podían disfrutar del poder de los dioses y seguir cuerdos.
Y sin embargo no podía destruir la isla ¡No podía!
El horror se apoderó de su alma, haciéndole ver que había terminado sucumbiendo al Fuego de la Luna, que ya no controlaba su propia voluntad. Entonces destruyó la isla, el mar y el hermoso barco, esto fue más duro para él que si le hubieran arrancado la carne de los huesos.
Destruyó la visión de Alor
SE dio cuenta que si quería escapar de la locura y de la muerte del Fuego de Luna no debía volver a crear ni tan siquiera una hoja de hierba. No debía crear nada. Porque si lo hacía ya nunca podría resistir la demoníaca ansia de creación.

VII

El caminar de los dioses


Una vez más Heath recorrió gritando la niebla dorada. Pudo haber estado así un año, o un simple momento, no podía medir el tiempo. Entonces oyó la voz de Alor muy débilmente, en la distancia, llamándole por su nombre.
Siguió corriendo en dirección a donde se oía el sonido, sin dejar de llamarla cada vez con voz más fuerte, pero no volvió a oír a la mujer. De repente, surgiendo a través de la niebla, con toda su sombría grandeza, vio un castillo. Se trataba de un típica fortaleza de las Tierras Altas, pero mucho más grande que el castillo de cualquier rey bárbaro.
La fortaleza estaba tallada en una única gema de color carmesí, del tipo llamado sangre de dragón.
Heath comprendió que estaba viendo el sueño de Broca.
Escalones de oro pulido conducían a una gran puerta. Dos guerreros de elevada estatura, cuyos arneses brillaban con las joyas que llevaban incrustadas, permanecían allí de guardia.
Heath intentó pasar entre ellos y entonces los guerreros lo cogieron y lo sujetaron. El odio que Broca sentía por el terrestre estaba implícito en todos los seres que había creado su mente.
Heath intentó liberarse de los guerreros, pero la fuerza de los guardianes del castillo era sobrehumana. Le arrastraron hacia el interior de la fortaleza a través de fantásticos corredores, sobre suelos de perla, cristal y metales preciosos. Junto a las paredes se alineaban arcones abiertos, llenos a rebosar de cualquier tipo de tesoro que la mente de un bárbaro pudiera concebir.
Esclavos silenciosos recorrían el palacio ocupándose en los recados que les habían encomendado. El aire se notaba pesado con el olor de perfumes y especias.
Heath pensó lo extraño que era pasear a través de los sueños de otra persona.
Lo condujeron a un enorme salón, en donde e celebraba una fiesta en la que había muchos invitados. Había arpistas, cantantes, bailarinas y montones de esclavos. Había hombres que luchaban y también hombres que luchaban y a la vez bailaban con las espadas.
Los hombres y las mujeres que se sentaban en las largas mesas, parecían caudillos tribales y sus mujeres, sin embargo sus ropas eran de cuero sencillo, sin adornos y sus túnicas carecían de cualquier decoración, tampoco llevaban adornos.
Por ello, los guardias de Broca, e incluso sus mismos esclavos, aparecían como mucho más elegantes, e incluso resplandecientes, que los invitados.
Encima de ellos se sentaba, gritando en medio de la orgía, Broca. Estaba en lo alto, sentado sobre un trono fabricado en forma de un dragón de plata con sus alas, llenas de joyas, completamente extendidas.
Broca portaba un arnés magnífico y, sujeto sobre su frente, un diamante labrado que sólo un gran rey podía llevar. Bebía vino en una copa dorada mientras observaba el festín con unos ojos en los que no quedaba la más mínima traza de humanidad.
Quizá fuera un dios o quizá un diablo, pero lo que era seguro es que Broca ya no era humano.
Alor se sentaba a su lado. Llevaba puestos los vestidos de una reina, pero tenía el rostro oculto entre sus manos y su cuerpo estaba rígido, como si estuviera muerta.
El grito de Heath se escuchó por encima de todos los demás sonidos de la fiesta. Broca dio un salto y se puso de pie, un silencio de muerte se extendió por el salón de banquetes del castillo.
Todo el mundo: guardias, caudillos, esclavos se volvieron para observar a Heath que era conducido hacia el trono, todos le odiaron al igual que Broca le odiaba.
Alor alzó su cabeza y le miró a los ojos y luego, con sus propias palabras le preguntó directamente:
-¿Eres realmente David? ¿o , simplemente, eres una criatura, una sombra creada por mi mente?
El terrestre se dirigió a la mujer y le contestó:
-Yo soy David
Al contestarle se sintió feliz de haber destruido su paraíso.
La mirada de Broca, en la que se podía leer la locura, se fijó en Heath. Luego el señor del castillo dijo:
-Pensé que tenías la fuerza.
Luego estalló en carcajadas y prosiguió diciéndole al terrestre:
-¡Pero tú no eres un dios!. Tú estás aquí en condición de prisionero y no tienes ningún poder.
Heath sabía que podía luchar contra Broca empleando sus mismas armas, pero no se atrevía. El saborear brevemente el éxtasis casi lo había destruido. Si procuraba emplear otra vez ese poder sabía lo que sucedería: mientras vivieran, él y el bárbaro lanzarían a combatir entre sí a sus ejércitos de fantasmas. En no mucho tiempo él estaría tan loco como Broca.
Miró a su alrededor y vio a las criaturas hostiles que le rodeaban, que parecían lo bastante sólidas y reales para matarle si Broca daba la correspondiente orden. Entonces le preguntó a Alor:
-¿Ahora prefieres quedarte en este lugar?
La mujer le contestó rápidamente:
-Lo que quiero, David, es salir juntos del Fuego de la Luna si podemos, si esto no es posible, deseo morir.
El veneno todavía no había alcanzado a la mente de la mujer. Ella había llegado allí sin deseo de encontrar el Fuego de la Luna, por ello, aunque se había bañado en sus nieblas, todavía estaba cuerda.
Heath se volvió a Broca y le dijo:
-Mira, ella no te merece.
El rostro de Broca estaba oscuro con furia, tomó a Alor con sus rgandes manos y le dijo a la mujer:
-Tú te quedarás conmigo, tú eres ahora parte de mí. Escúchame Alor, no hay nada que no te pueda regalar. Construiré otros castillos, crearé otras tribus, lo venceré todos y los pondré a tus pies. ¡Alor! Somos un dios y una diosa y debemos permanecer juntos. Reinaremos juntos en medio de la gloria.
Alor le respondió de inmediato.
-Yo no soy una diosa, déjame marchar.
Broca se agachó primero miró a la mujer y dijo:
-Te mataré antes que permitir que te vayas.
El bárbaro siguió bajando su mirada hasta que alcanzó a Heath, en aquel momento le dijo al terrestre:
-Os mataré a los dos.
A esto el terrestre contestó:
-¿Se detienen los grandes dioses a hablar con hormigas o con gusanos?. Nosotros no merecemos ese honor. La mujer y yo somos débiles, ni siquiera el Fuego de la Luna ha podido fortalecernos.
Heath vio una sombra cruzar el rostro de Broca y prosiguió con su discurso.
-Vosotros sois todopoderosos, no hay nada que no podáis hacer. ¿para qué quieres cargarte con una compañera demasiado débil para darte el culto debido?. ¡ Broca, crea otra Alor! ¡Crea una diosa a tu medida!
Tras esperar un momento Alor dijo:
-Broca, créate una mujer a tu medida, que pueda amarte y deja que nos marchemos.
Durante un tiempo un profundo silencio se apoderó del lugar. Los invitados a la fiesta, las bailarinas y los esclavos permanecían inmóviles, mientras en sus ojos brillaba una luz fantasmal. Luego broca asintió:
-De acuerdo, levántate Alor.
La mujer se puso en pie. La cara del gran bárbaro adoptó el aspecto del rostro de un dios, la alegría salvaje de poder moldear los deseos del corazón partiendo de la nada.
A partir del aire dorado se formó otra Alor. No era una mujer sino un ente hecho de nieve, de llama y de maravilla, de forma que a su lado la realidad parecía deslucida y sin belleza. El ser recién creado subió al trono y se sentó junto a su creador, puso su mano en la del bárbaro y sonrió.
Broca ordenó a los guardias que liberaran a Heath. Elterrestre se dirigió a por Alor, en ese momento el bárbaro dijo con desprecio:
-Arrojadlos fuera de mi vista.
Los dos se fueron juntos, atravesando el salón atestado, dirigiéndose hacia el pasadizo a través del cual Heath había penetrado en el salón. Todo proseguía en silencio, sin que nadie se hubiera movido más que ellos.
Cuando llegaron al inicio del pasadizo, este desapareció, dejando ante ellos una sólida pared. Tras ellos Broca comenzó a reír y de repente, todos los que se encontraban en el salón, invitados guardias, bailarinas y esclavos explotaron con risas salvajes y burlonas.
Heath apretó la mano de Alor con más fuerza y la condujo hacia otra puerta. Ésta también desapareció, lo que hizo que las risas aumentaran su volumen, de forma que comenzó a oírse el eco que en la bóveda producían los gritos burlones.
En ese momento Broca gritó:
-¿Creíais que os dejaría marchar, a vosotros dos que me traicionasteis cuando era sólo un hombre? ¡Incluso los dioses podemos recordar!
Heath se percató que tanto los guardias como los demás ocupantes del salón se estaban aproximando al lugar en donde se encontraban, también vio como brillaban sus ojos.
El terrestre se encontraba lleno de un miedo pavoroso, por lo que pudiera pasar puso a Alor tras él.
Broca volvió a gritar:
-¡Alfeñique! ¡No eres capaz de crear ni aun para salvar tu miserable vida!
Era cierto, no se atrevía. El pueblo de las sombras se arrastraba hacia donde ellos se encontraban. Los ojos sin alma y sus rostros mortecinos, eran espejos del ansia de matar de su creador.
Entonces, de forma inesperada dio la contestación al grito de Broca. La respuesta de Heath se extendió hacia atrás por todo el salón.
-No crearé...¡pero destruiré!
Una vez más arrojó toda la fuerza de su mente contra el Fuego de la Luna, pero esta vez, lo que hizo, no fue una atracción insana. No había ningún deseo en su interior, sólo había amor por Alor y la necesidad de mantenerla alejada del peligro.
La manos del pueblo de las sombras le alcanzaron y le arrastraron, apartándolo de Alor. Oyó el grito de la mujer y se dio cuenta de que si fallaba, los dos serían asesinados y hechos trozos.
Se concentró para reunir toda la fuerza que tenía en su interior. Para reunir todo su amor.
Vio como los rostros del pueblo de las sombras se encontraban cada vez más distorsionados y borrosos. Sintió como la presa que le habían hecho con sus manos en sus brazos y piernas se debilitaba por momentos.
Un momento después todos ellos eran sólo sombras, una multitud borrosa en medio de un castillo de sueños que comenzaba a derrumbarse.
La diosa de Broca se desvaneció, junto con el trono del dragón. El arnés real del bárbaro pronto fue solamente una red de recuerdos extendido sobre cuero sencillo, sin ningún adorno.
Broca saltó y se puso en pie, a la vez que emitía un gran grito ronco, más propio de las fieras salvajes que de los seres humanos.
Heath podía sentir como su mente y la del bárbaro chocaban, y luchaban una contra la otra, avanzando y retrocediendo, en aquel extraño campo de batalla.
Mientras Broca luchaba por intentar mantener la fantasmagoría del castillo y sus habitantes, haciendo que las partículas de energía tomaran el aspecto de materia, Heath se esforzaba en lo contrario, en desgarrar la apariencia de materia y hacer que volviera a ser nuevamente energía, a dispersarla.
Durante un tiempo, las sombras se mantuvieron en un semimundo, intermedio entre la existencia y la nada.
Al cabo de un tiempo, las paredes del castillo comenzaron a oscilar y a fluir como si estuvieran constituidas por agua roja, después desaparecieron.
La diosa Alor, las bailarinas, los esclavos y los caudillos bárbaros, todos habían desaparecido, lo único que permanecía era la niebla dorada, el gran bárbaro, despojado de sus sueños, Heath y la mujer Alor.
Heath miró a Broca y le dijo:
-Soy más fuerte que tú porque me he despojado de mi divinidad.
Suspirando Broca le contestó:
-¡Nuevamente volveré a crear!
Heath le dijo tranquilamente:
-Entonces, crea.
Y efectivamente creó, sus ojos ardían como carbones, su pesado cuerpo temblaba por el esfuerzo realizado por la voluntad del bárbaro.
Todo volvió a aparecer nuevamente allí, el castillo, la multitud de los invitados al festín y las joyas.
Una vez que hubo terminado su creación, Broca le gritó al pueblo de las sombras:
-¡Matad!
Pero nuevamente, cuando sus manos se alzaron para destruir a Heath, se debilitaron y luego las criaturas comenzaron a desvanecerse.
Heath le gritó a Broca:
-Si quieres tu reino ¡Déjanos marchar!
En ese momento el castillo simplemente era una silueta fantasmal. El rostro del bárbaro estaba perlado con el sudor. Su manos se aferraban al aire. Temblaba por el terrible esfuerzo que estaba realizando su voluntad, pero los oscuros ojos de Heath seguían firmes, como helados. Si tenía el aspecto de algún dios se trataba, sin duda, de un dios implacable e inamovible, como el destino.
La visión se derrumbó y desapareció.
La cabeza de Broca se derrumbó, no le miró desde la amargura de la derrota, se limitó a susurrarle:
-Vete, vete y deja que Vakor te de la bienvenida.
A esta observación Heath le contestó:
Eso sería una muerte más limpia que la que te alcanzará si sigues aquí.
Alor tomó la mano del terrestre y los dos se alejaron caminando a través de la niebla dorada. Se volvieron a mirar hacia atrás y contemplaron que las murallas del castillo habían sido reconstruidas de nuevo. Elevándose magnificentes hacia las alturas.
Entonces Heath le dijo a la mujer:
-Broca será feliz, hasta que muera.
Alor tembló y le dijo a su acompañante:
-Vámonos.
Marcharon juntos, alejándose del corazón palpitante del Fuego de la Luna. Pasaron los bordes que delimitaban el cráter, las cuestas en donde se elevaba, e hicieron el largo viaje hasta llegar al puerto.
Finalmente se encontraron de nuevo a bordo del Ethne.
Comenzaron su camino de vuelta, cuando encontraron su camino a través del laberinto de islas Heath tomó a Alor en sus brazos. No hablaban, sus labios se encontraban frecuentemente con la tristeza de que los besos no durarían mucho tiempo.
La niebla dorada era cada vez más tenue, el fuego que recorría su sangre fue apagándose y el ansía de poder había desaparecido, claro que de eso ni se habían percatado ni les importaba.
Finalmente llegaron a donde comenzaba el velo que ocultaba al Fuego de la Luna y vieron, delante de ellos, la gran vela verde del Lahal, allí era en donde Vakor les estaba esperando.
Alor le dijo al terrestre con un susurro, dejando en su boca el sabor amargo de las lágrimas:
-¡Adiós amor mío, adiós mi David!
Las dos naves permanecían juntas, borda con borda , flotando sobre las aguas tranquilas. Vakor aguardaba a que Heath y Alor llegaran a bordo, conducidos por otros Hijos de la Luna que se encontraban junto a ellos. Se giró al marinero que permanecía allí, a su lado y le dijo:
-Agarradlos.
Pero los hombres tenían miedo y ninguno se atrevió a tocarlos.
Heath vió sus caras y se sorprendió, luego miró a Alor y comprendió que la mujer no era igual a como había sido anteriormente. Ahora había algo limpio y brillante a su alrededor, se percibía una nueva profundidad y una fuerza tranquila. Sus ojos eran extraños y , en una nueva forma, hermosos. El terrestre sabía que él también había cambiado.
Ahora, ni él ni Alor eran dioses, pero se habían bañado en el Fuego de la Luna y nunca volverían a ser como antes.
Se encontró con la mirada de Vakor, pero no tuvo miedo.
El rostro cruel y con aspecto de lobo del sacerdote, perdió parte de su seguridad. Una aguda sombra de duda cruzó su cara.
El sacerdote les preguntó:
-¿Dónde está Broca?
Heath le contestó con tranquilidad:
-Le dejamos construyendo imperios entre la niebla.
Vakor seguía teniendo curiosidad.
-¿En el corazón del Fuego de la Luna?
-Sí
Entonces Vakor le gritó:
-¡Mientes! No has podido volver del corazón del dios durmiente, nadie lo ha hecho.
Sin embargo en sus palabras se notaba la sombra de una duda. Heath se encogió de hombros y le dijo:
-Realmente, el que lo creas o no lo creas no tiene ninguna importancia para mí.
Se produjo un largo y extraño silencio. Luego, los cuatro altos sacerdotes vestidos con túnicas negras le dijeron a Vakor:
-Debemos creerlos, mira sus ojos.
Realizando un solemne gesto ritual, se dirigieron hacia atrás y dejaron sólo a Vakor.
El sumo sacerdote susurró:
-Esto no puede ser verdad, la ley y el tabú están construidos sobre esta roca. Algunos hombres retornaron del borde que rodea al Fuego de la Luna, como tú lo habías hecho Heath, destrozados y malditos por su blasfemia. Pero no habían llegado al mismo fuego ¡Nunca!. Para esto fue dictada esta ley, para que todos los habitantes de Venus no mueran víctimas de sus sueños.
Alor le respondió tranquilamente:
-Todos los otros querían poder, nosotros sólo queríamos amor, no necesitamos ninguna otra cosa.
Se produjo un largo silencio mientras Vakor les miraba y luchaba consigo mismo. Luego, muy lentamente, les dijo:
-Vosotros dos estáis más allá de mi poder. El dios durmiente os recibió y decidió dejaros marchar sin que recibáis ningún daño. Yo sólo soy un Hijo de la Luna. No puedo juzgaros.
Cubrió su rostro, dio la vuelta y se alejó de donde se encontraban.
Uno de los sacerdotes menores le habló a Johor diciéndole:
-Déjales algunos hombres para los remos.
En ese momento Heath y Alor comprendieron que eran libres.
Varias semanas después Heath y Alor, se encontraban, al amanecer, en la costa del Mar de los Ópalos Matutinos. La brisa, que soplaba desde el interior de tierra firme, era fuerte, hinchaba la vela dorada del Ethne poniendo en tensión los cables de atraque que la sujetaban a tierra, como si la nave estuviera ansiosa de ser nuevamente libre.
Heath se agachó, soltó los cables de atraque y dejó marchar a la nave.
El hombre y la mujer permanecieron juntos en silencio, observando como el pequeño navío iba ganando velocidad, partiendo ligero, dulce y solo a la gloria de la mañana.

La figura de marfil que era su mascarón de proa, alzaba sus brazos a la aurora y sonreía. Heath permaneció en la playa hasta que perdió de vista el último destello brillante de la vela.
Con la nave había perdido su vida pasada, sus memorias y sus sueños.
Alor le acarició con gentileza. El terrestre se volvió y la tomó en sus brazos, luego comenzaron a pasear bajo los árboles de liha, .alejándose de la costa, mientras que la luz del nuevo día brillaba en el cielo.
Pensaban como la luz del sol, que ellos nunca verían, era más hermosa y estaba más colmada de promesas que toda la desnuda maravilla del Fuego de la Luna que habían tenido en sus manos.


The moon that vanished, © 1948 (Thrilling Wonder Stories, octubre de 1948).

Referencias

URL para referencias

Comentarios

Comentar


Recordar datos



<<
Octubre de 2005
>>
Dl Dt Dc Dj Dv Ds Dg
1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31



Locations of visitors to this page

Categorías

Actualidad (144)
Alojamientos gratuitos (0)
Animaciones (91)
Anuncios (24)
Artículos (0)
Audios (15)
Blogs (0)
Cine (1)
Curiosidades (0)
Enlaces - Links (127)
General (823)
Historia (0)
Imágenes (2)
Internet (0)
Juegos (0)
Literatura (75)
Música (0)
Presentaciones (72)
Programas (0)
Programas gratuitos (2)
Viñetas (2)
Vídeos (148)

Últimos comentarios

  • Atze
    mP
    cerol
    CEROL
    cerol
    mP
    glopy
    glopy
    paty
    Publicidad en internet
  • Posts más comentados

  • Babylon Pro 5.0.6
    Los Sims 2
    Spyware Doctor 3.2
    Ilusión óptica
    Sony Sound Forge 8.0a
    El nombre de la rosa
    Los 50 mejores goles de Ronaldinho
    Anti Porn 6.1.2.25
    El último anuncio de Paris Hilton
    Estrenos de la semana
  • Top comentaristas

  • Sefarad (71)
    mP (38)
    Julius (26)
    Nubemana (22)
    24 (17)
    Hojabr (15)
    erre (11)
    vera (8)
    OSCAREX (8)
    SomeoneSomewhere (8)
  • Estadísticas

  • 1800 días on-line
  • 1526 anotaciones
  • 955 comentarios
  • 1620 referencias
  • 0.85 anotaciones / dia
  • 0.53 comentarios / dia
  • 0.63 comentarios / anotacion
  • Archivos

    Desembre 2009 (0)
    Novembre 2008 (2)
    Novembre 2007 (1)
    Agost 2006 (5)
    Maig 2006 (12)
    Març 2006 (4)
    Febrer 2006 (84)
    Gener 2006 (99)
    Desembre 2005 (127)
    Novembre 2005 (152)
    Octubre 2005 (130)
    Setembre 2005 (100)
    Agost 2005 (144)
    Juliol 2005 (125)
    Juny 2005 (138)
    Maig 2005 (119)
    Abril 2005 (132)
    Març 2005 (47)
    Febrer 2005 (55)
    Gener 2005 (47)
    Desembre 2004 (3)



    Web Counter
    Free Website Counter
    Silktide Sitescore for this website

    Sindicación

    RDF 0.91
    RSS 1.0
    XML/RSS 2.0
    Atom 0.3

    Créditos

    Diseñado por Manu Contreras
    Creative Commons License

    Anotaciones







    Recordar


    ¿Olvidaste tu contraseña?
    LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009