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Dimecres, 19 de octubre de 2005

'La merienda' por Marcelo D. Ferrer

Cada domingo subíamos al tranvía tras una espera de cuarto de hora. Teníamos por delante un recorrido de cincuenta minutos, a lo menos. Los asientos de madera, con ondulaciones apenas anatómicas, hacían que el trayecto fuere algo menos incómodo. Pero un viaje en domingo a medio día a las afueras de la ciudad, era siempre penoso; los pasajeros iban cargados de bultos con provisiones que depositaban en el pasillo central, que una vez que se colmaba de paquetes y de gente asida de los pasamanos, hacía que todos abordo, incluso los sentados, terminaran apretujados. En general la gente era de clase baja y con mal aseo, para cuando el tranvía se llenaba, los tufos obligaban a la apertura de las ventanas, que sueltas de sus trabas, iniciaban un tintineo en armonía con el traquetear de las ruedas sobre los rieles de acero. Mientras el carro estaba en movimiento se hacía difícil conversar; aunque mamá hablaba poco y sonreía todavía menos, sólo cuando nos deteníamos para el descenso y ascenso de pasajeros, hacíamos algún comentario.



No es que mamá y yo perteneciéramos a una estirpe superior, vivíamos muy modestamente después de fallecer papá. Mamá era zurcidora y cocía botones para una reconocida tienda de la ciudad; nos diferenciaba la pulcritud. Los tramos finales del recorrido se hacían en descampado y el paisaje que se observaba desde las ventanillas variaba diametralmente según la época del año. En invierno, la ocre sequedad de los yuyales se poblaba de motas negras a medida que la gente descendía y se perdía con sus bultos entre los matorrales. En verano, con el amarillo de las totoras en flor y el bullicio de los niños, había más colorido. Para cuando el tranvía llegaba a su destino, jamás había más de seis o siente personas abordo, incluidas, mamá, yo, y algunos años atrás, la abuela Rosario.

Vestíamos invariablemente de negro: ella con lentes oscuros y un pañuelo de seda que le cubría la cabeza; pendiendo de su codo derecho, el bolso con la merienda; en su mano, un ramo de frecias. Yo con dos moños de raso sobre mis orejas, mi tapadito de paño y medias hasta la ingle.

El guardia de la puerta era un amable anciano con deseos de conversar, después del saludo formal, descerrajaba una andanada de preguntas que mamá contestaba con leves movimientos de cabeza y expresiones onomatopéyicas, que dejaban al pobre el deseo de repreguntar. Por unos pasos me lo quedaba mirando comprendiendo su necesidad, mientras el individuo, sonriendo, agitaba su mano tan veloz como un colibrí bate sus alas, hasta que lo dejaba de mirar.

El arco de acceso era una imponente construcción de amarillo descolorido sobre dos torres con molduras. A cada lado, un paredón de varios metros de alto que repetía los arreglos del arco central. Más allá de la escalinata de entrada se abrían en abanico senderos de grava roja delimitados por setos bajos bien cortados. La sombra de enormes cipreses y cedros proveía cierta serenidad. Lo peculiar era el silencio. Ni bien trasponíamos la enorme reja de la entrada, las personas hablaban en un murmullo apenas audible; entonces, preguntas como: ¿Qué? ¿Cómo dijo? Y otras parecidas, era usual escucharlas a cada rato.

Nuestro sendero —en diagonal a la izquierda— nos dirigía a una pequeña fuente llena de musgo cuyo motivo eran tres ángeles jalados por un cóndor; la sequedad del mármol denunciaba que la fuente, como la mayoría de las cosas en ese lugar, estaba muerta. Más allá de la fuente, nos adentrábamos a un pasadizo rodeado de construcciones grises de pesada arquitectura barroca. Mármoles oscuros, crucifijos, rejas, floreros de chapa, bronces y epitafios, se sucedían sin solución de continuidad. Dolientes mujeres -de riguroso negro- entregadas con devoción a la tarea de acomodar flores, persignarse o rezar, daban movimiento al rígido silencio.

Papá estaba en un panteón más bien modesto. De esto me había percatado cierta vez que mamá me llevo a que viera las bóvedas de las familias adineradas: tenían varios pisos y subsuelos. Algunas se encontraban en tal abandono, que a través del biselado de sus puertas se podía observar féretros abiertos o corridos de lugar, pedazos de florero esparcidos por el suelo, y en general, suciedad. Ni bien llegábamos donde papá, mamá extraía de su bolso implementos para limpiar. Esto, aproximadamente, le demandaba una hora. Mientras ella se ocupaba de esa tarea, yo salía a caminar.

Al fallecer papá, tenía apenas seis años. Mamá era una joven ama de casa de veintiocho. Abuela Rosario, que también había enviudado joven, se mudó con nosotras. Por años la peregrinación de los domingos la hicimos las tres. Bien temprano, luego de almorzar —a menudo sin siquiera lavar los trastos—, tomábamos el tranvía con todo lo necesario para pasar la tarde. Algunas veces lo hacíamos también los miércoles. Ellas pasaban por mí a la salida de la escuela y allá íbamos. Mientras mamá y la abuela tomaban mate sentadas en el umbral del panteón, yo hacía mis tareas. Abuela Rosario, que padecía diabetes, quedó imposibilitada de caminar, por eso, no nos acompañó mas; pero siempre tenía encomiendas que dar o instrucciones de cómo quería ella que luciera el lugar. Mamá lustraba bronces, barría el piso, sacaba brillo a los vidrios, enceraba el cedro de los cajones y refrescaba el agua de las flores mientras dialogaba con papá. Yo, deambulaba entre las tumbas jugando a las escondidas, o imaginaba que de una cripta, se asomaba un muerto de verdad. Al cabo de un rato mamá me llamaba a merendar. Entonces, entorno al mantel blanco con puntillas que cubría el féretro de papá, nos reuníamos los tres.

Cuando la sombra de los crucifijos se extendía a lo largo de los pasillos, emprendíamos el regreso. La vuelta tenía de desolado lo que la ida de poblado. Cuando languidecían los domingos, muy pocos retornaban al centro. En el vacío... retumbaba el traquetear del tranvía sobre los rieles de acero.

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