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Imaginariums
Dissabte, 17 de desembre de 2005

'La pequeña zapatería' por Mark Van Doren

Mark van Doren, autor del siguiente rela­to, es un distinguido poeta, galardonado con el premio Pulitzer, que realiza frecuentes in­cursiones en la narrativa fantástica. Prueba de ello es este breve relato, un típico "cuento de hadas" lleno de poesía.

El viejo Henry descendía por la calle Edén, contando los bloques de casas hasta llegar al sec­tor comercial, para encaminarse luego hacia el sur, hacia su hogar. Hacía lo mismo todas las tardes al volver del trabajo. Pero ahora, cuando encendieron las luces, perdió la cuenta.

–No recuerdo esta zapatería –musitó para sí, a medio camino entre las calles Polk y Van Me­ter–. Nunca estuvo en esta acera.

Por eso creyó preferible investigar un poco. No comprendía cómo podía estar bajando por la calle Edén y, sin embargo, ver aquella tienda. Y en realidad, no la veía, porque al cabo de un ins­tante estuvo delante de un espejo alto, contem­plándose a sí mismo, y oyó una voz masculina que le decía:

–La zapatería está detrás de usted.



Se volvió y comprendió que hasta entonces ha­bía visto sólo un reflejo. Con toda seguridad era la zapatería más pequeña del mundo, apartada y situada en un extraño ángulo de la calle; ocupaba apenas un hueco en la pared, entre las tiendas ante las que acababa de pasar. No había maqui­naria dentro, ni hileras de zapatos remendados esperando ser recogidos. No había más que un pequeño banco de zapatero, con seis o siete suelas de cuero apiladas encima, al lado de la acostum­brada bandeja de clavos y diversas cuchillas, agu­jas y martillos. Había dos hormas, claro, una grande y otra pequeña. Y detrás del banco, a la tenue luz de una lámpara de aceite, se hallaba sentado un joven, muy sonriente.

–Entre –le invitó–. Hay sitio para uno más... sólo uno. Le vi en la calle y esperé que...

–Me vio por el espejo.

El viejo Henry avanzó sus cansados pies, pre­guntándose por qué perdía el tiempo de aquella forma.

–Claro. Así veo a todo el mundo. Aunque no todo el mundo me ve. Casi todos sólo se ven a sí mismos... como hizo usted.

–Sí, pero antes le vi a usted... y a la tienda, no a mí.

–El cristal pudo haber girado un poco.

El viejo Henry miró a su alrededor.

–¿Lleva aquí mucho tiempo? Yo paso por aquí todas las tardes y nunca...

–No, soy nuevo. El motivo de que deseara que usted entrase fue que... perdone, pero me pareció cansado.

–Siempre lo estoy.

–Le creo.

–Soy viejo.

–Le creo. Y tal vez un par de suelas nuevas le harían olvidarlo. Esperaba que...

–No les pasa nada a mis zapatos –el viejo Henry desvió la mirada–. Ni a mis pies, excepto que son viejos. Se trata de un truco para conseguir clientes, ¿eh? Ah, no soy rico.

–Entonces, no habrá negocio. Bien, ya que está usted aquí, podría mirar sus zapatos, remendar alguna puntada, poner algún clavo... de bal­de. Si quiere quitárselos...

–No es necesario.

–Aquí hay un taburete. Siéntese. Quíteselos.

El viejo Henry se sentó, contemplando las ma­nos del zapatero, al ayudarle a quitarse los za­patos.

–Tiene razón –asintió el joven–. Están en muy buen estado. Y sin embargo... aquí, por ejemplo, podría perfeccionar algo...

Señaló unas grietas en los bordes de las suelas; y antes de que el viejo Henry pudiera protestar, agrandó las grietas con una cuchilla de hoja corta y gruesa.

–¡Oh! –exclamó el viejo–. ¿Qué ha hecho?

–Aguarde a ver lo que haré –replicó el zapa­tero, canturreando mientras cogía el resto de sus herramientas. El viejo Henry escuchó la cancioncilla:

Cansado vengo, cansado voy.
Soy lento, pues viejo soy.
Mas no volveré a estar cansado,
aunque ande en seco y mojado.
Soy viejo y mis pies me arrastran,
y todos mis huesos se cansan.
Es bueno saber lo que soy.
Cansado vengo, cansado voy.

El zapatero, antes de dar la última puntada a la suela, deslizó entre las capas de piel un pedazo de papel, asegurándose de que entraba por la par­te de arriba. En dicha parte había algo impreso, ya que el viejo percibió unos versos... no muy lar­gos, pero con las palabras muy apretujadas en­tre sí.

–¿Qué ha metido ahí? –preguntó.

–Lo que acaba de oír. Ahora, con mis mejores saludos... buenas noches.
Antes de que el viejo Henry pudiera dar las gracias estaba ya en la calle, caminando cuidado­samente hacia el siguiente cruce.

Era verdad. No estaba cansado... aún. Bah, esto se debía a haber descansado. Otro bloque... o dos o tres, o nueve o diez, y estaría cansado como siempre. Con dolor en todas partes; con las articulaciones inflamadas; con el corazón opri­mido.

El zapatero vio a tres muchachos andrajosos corriendo por la calle Edén, sorteando a los tran­seúntes como sabuesos tras un rastro. Lo hacían todas las tardes y, como siempre, el más pequeño iba detrás de los otros dos. No sólo era el más pequeño, sino que estaba cojo; o si no exactamen­te cojo, sí padecía alguna debilidad que le impedía correr, y que se deducía por su cara alargada y sus ojos anormalmente grandes. Pero no se le ocurría que los otros debían permitir que los al­canzase. Nunca miraba hacia atrás.

Y aquí estaba ahora, con sus ojos enormes mi­rando al interior de la tienda.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó el zapatero.

–Tonio.

–Buen nombre. Pero tus zapatos... no están en buen estado. No puedes correr.

–No son mis zapatos. Yo no... no puedo...

–Veamos, Tonio. Quítatelos.

El muchacho se inclinó y escuchó al zapatero, mientras éste daba vueltas a los zapatos entre sus manos y canturreaba suavemente:


Lo mejor es lo peor.
El último es el primero.
Tonio, Tonio... volar quiero.
Tan lejos como los otros...
De prisa como los potros...
Ah, ya puedes correr,
y a lo alto trepar,
un río cruzar,
y subir al cielo
y bajar al mar.
Tan de prisa iré,
que antes llegaré.
Si llego el primero,
morirme ya puedo.

–¿Morir? –preguntó receloso el muchacho–. ¿Qué le pone a mis suelas? ¿Por qué las ha abier­to tanto?

–¡Cuántas preguntas! –rió el zapatero–. Adiós, Tonio. Corre ahora y atrapa a esos dos. ¿Cómo se llaman?

Pero Tonio ya había desaparecido.

Un hombre con un sombrero negro estaba en la tienda. Miró al zapatero con socarronería, que­riendo saber dónde estaba y por qué le había des­viado el espejo de su camino.

–Siéntese aquí y quítese los zapatos –el za­patero señaló el taburete–. Sí, los zapatos.

El hombre se los quitó.


Un paso...
Pies míos descansad.
Un monumento feo de voluntad...
Mas no el poder
de moverme y matar.
Levantar sólo un pie
y nada más.
Como una estatua
te has de quedar
delante de este cristal giratorio...
de este local ilusorio...

¿Por qué estaba allí sentado, haciendo lo que el otro decía? El asesino, al que aquellas palabras irritaban en extremo, levantó ambos brazos como para abatir al zapatero. Pero lo único que sucedió fue que se encontró con los zapatos en sus manos, dando la vuelta en dirección a la acera por la que había llegado.

Dio un paso y no pudo dar ninguno más.

Estuvo allí hora tras hora, incapaz de moverse, hasta que un individuo de mirada aguda, que le contemplaba desde el otro lado de la calle Edén, se le acercó.

–¿Qué ocurre? Nunca nos habías dado este dolor de cabeza... deteniendo el tráfico.

Aunque era medianoche, se había formado un corro de curiosos. Entre ellos se hallaban un an­ciano y su hija. Y tres muchachos, la cara de uno de los cuales resplandecía con tanto placer que era raro que el hombre de mirada aguda no lo hubiese observado cuando le miró.

–Bien –retrocedió y añadió–, si no quieres hablar aquí, sé dónde lo harás. Tenemos que escuchar muchas cosas. ¿Dónde te escondías, Smithie? Vamos. Orden del teniente. Te llevaré has­ta él.

Pero el otro continuaba sin moverse. Al fin, con gran dificultad, como si le doliera la garganta, susurró:

–Allí... en la zapatería... me hicieron esto.

–¿Qué zapatería?

Los ojos de los curiosos siguieron rápidamen­te la mirada del policía.

–Detrás del espejo... una zapatería... allí.

–¿Qué espejo? ¿Dónde?

No había ningún espejo. Ni tampoco zapatería alguna.

–¿Es usted policía? –el viejo Henry dio un paso al frente, mientras su hija le apretaba el brazo–. No se trata de ninguna denuncia, entién­dalo... pero también a mí me remendaron allí los zapatos esta noche... ¡y fíjese! He andado todo el trayecto... con gran contento... Y mi hija me ha obligado a volver para decirle al zapatero...

–Bien, ¿qué?

La única respuesta fue una sonrisa serena e incomprensible de la joven al llevarse a su padre calle Edén abajo.

–Como yo –intervino Tonio–. También le vi... hace poco, y después pude atraparles.

Pero los otros chicos, poco amantes de la po­licía, ya se habían esfumado. Tonio oyó cómo corrían hacia la esquina siguiente y voló tras ellos.

«¡Vaya atleta! –se admiró el policía–. Sus pies no tocan el suelo.»
Pero ¿qué estaba ocurriendo?

–¿Alguien sabe algo más?

El sarcasmo obtuvo lo que buscaba: silencio.

–Entonces, circulen. Vamos, muévanse todos.

Se deshizo el corro y volvió a quedarse a solas con el del sombrero negro.

–Te llevaré ante el teniente aunque tenga que cargarte a la espalda. ¿Te mueves o no?

Diez minutos más tarde, con ayuda de otros policías, lo condujo ante el teniente.

Referencias

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Comentarios

  1. saludos a todos en imaginariums,gracias por compartir toda esta información.
    Quisiera por favor cuando tengan un tiempecito libre,postear una guia basica para poder acceder a toda información en cuanto a descargas,enlaces,claves,etc.Se los agradeceria bastante.FELIZ NAVIDAD 2005 Y UN ESPLENDOROSO 2006,LLENO DE BENDICIONES. A TODO EL MUNDO

    javos — 18-12-2005 21:55:41

  2. Uffff sería largo de explicar y me gustaría hacerlo pero no sé cómo lograría tener tiempo para esto. En todo caso si tienes algún problema coméntalo y se tratará de solucionarlo.

    Algunas descargas con el tiempo caducan, es el precio que pagas por ser gratuitas, otras veces incluso pasan días y las borran del servidor. Los Keygens son una serie de cifras que sirven para registrar el producto y los cracks como dice el nombre, es para liberarlo. Sólo es cuestión de fijarse en qué diretorio está el archivo ejecutable para crackearlo.

    Sefarad — 18-12-2005 23:37:08

  3. Ah y Feliz Navidad, Bon Nadal.

    Sefarad — 18-12-2005 23:37:35

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